20 de noviembre de 2011

El séptimo item del menú (final)

Caminó mecánicamente hacia el vehículo que los llevaría al lugar. Sabía que habían tenido una reunión donde habían afinado los detalles de la operación pero no recordaba nada. No le importaba, estaba demasiado golpeado por lo que se acababa de enterar.

Subió con los otros soldados. No pensaba más que en liberarla. Y también a su cuñado, que había terminado teniendo la razón y había pagado por éso.

-Les vamo a romper el orto a esos animales. Les vamo a dar pa’ tabaco.

-Tendríamos que inventar un himno, tendríamos.

-Dejá, un himno. Vamos a cantar las que sabemos todos. Donde dice: “un puto tricolor”, ponemos “un puto humano” pa que rime ma o menos.

-Más puta será tu hermana. Que nosotros tenemos los huevos bien puestos, tenemos.

-Ta, dejá. Ahora vamo a clavarnos a los humanos y ya está.

Todos cantaron espantosamente mal, excepto Ivo que disimuló como pudo su estado de ánimo. Los dos desconocidos que no paraban de hablar estaban sentados frente a él.

-Tendríamos que averiguar qué cantan los androides porteños, tendríamos.

Llegaron finalmente y comenzaron a bajar. Él recordaba lejanamente que pensaban hacer un ataque frontal y sorpresivo y trataba de recordar algo más. Pero más bien, se dejó llevar por la fila de compañeros que, armados y en actitud decidida, se abalanzaron sobre la vigilancia.

Uno de ellos intentó enviar un mensaje en la computadora de la ventanilla de entrada, pero fue abatido. Hegel ordenó que mataran a los otros tres. Ivo escuchó los apagados estampidos de las armas, mientras avanzaba hacia el comando central, que era su misión.

-Ya somos de Inteligencia, ya somos.

-A que reviento más animales que vo.

-Una cerveza de a litro.

-Dale.

Ivo estaba preocupado. Tenía que ingresar al lugar donde estaban reunidos a esa hora los oficiales principales e inmovilizarlos, mientras los demás liberaban a los presos. No habían hablado de matarlos o tomarlos de rehenes. La decisión era suya, pero no podía estar seguro de que nadie se descontrolara en esa situación y arruinara la oportunidad de estar nuevamente con Inés.

-¿Todo bien, Descartes? –escuchó la voz de Kant por su auricular.

-Sin novedad. No he tenido que actuar aún.

-¿Considera que habrá que hacer algún cambio en el plan?.

-No, todo parece estar bien. Pero creo que tenemos que apurarnos. Me preocupa el factor sorpresa.

-Está bien. Adelántese y trate de llevarse algún novato para allá.

-Corto.

Le hizo una seña a los dos que hablaban permanentemente entre ellos y corrieron por el pasillo que los llevaría al comando. Cuatro o cinco más se unieron y pronto llegaron hasta el final. Ivo se detuvo y abrió los brazos, intentando que los demás hicieran lo mismo. Diez soldados enemigos estaban escondidos en las escaleras laterales y comenzaron a disparar. Los androides estaban en una posición totalmente descubierta. Trataron de contestar el fuego, pero dos o tres cayeron enseguida.

-¡Atento, Kant, atento!. ¡Es urgente, nos emboscaron!.

Nadie contestó al llamado desesperado de Ivo. Llamó a Hegel y a Sócrates, pero tampoco recibió respuesta. Ni siquiera escuchó el zumbido que provocaba el aparato cuando funcionaba.

-No te calenté, botija, agachate má que yo los voy a sacar del apuro. Yo soy Heráclito, el primer androide de segunda generación y fui creado para solucionar estos problema.

-De segunda generación las pelotas, de segunda generación. Yo soy el único que puede visualizar su programación. Aguantá un cacho que se me perdió el contacto por el aparato éste, pero ya te lo arreglo enseguida.

Una mano que surgió de no se sabe dónde empujó a Ivo hacia atrás. Intentó defenderse, pero cuando se dio vuelta, vio a Silvia.

-Vení por acá, antes que vengan otros por la retaguardia y los cocinen a todos.

-¿Qué hacés acá?.

-Apurate.

La mayoría de los androides habían caído y algunos estaban vivos porque habían podido retroceder y tirarse al suelo. Pero los humanos disparaban permanentemente y hacían blanco casi a voluntad. Ella lo guió arrastrándose por el piso hacia una puerta disimulada que estaba al comienzo del pasillo donde había comenzado el tiroteo.

Pudieron entrar en un descanso de una escalera, donde no había el infernal barullo que parecía haberse apoderado de todo el edificio. No era lo previsto.

-¿Qué vamos a hacer ahora?.

-En situaciones como éstas, la confusión es total. Vamos a tratar de escaparnos por algún lugar que no esté muy vigilado, Ivo.

-¿Pero, vos no eras androide?. ¿Qué hacés acá, precisamente en el comando de Inteligencia?.

-Yo soy humana. Mi hermano es el androide. ¿Nunca lo pensaste?. Él es el genio de la familia y yo estoy al pedo, a la sombra de él. Le hago los mandados acá, al igual que voy al hipermercado a comprarle la comida.

-¿Qué mandados acá?. ¿Christian, androide?.

-No te puedo explicar ahora. Tenemos...

La puerta por la que habían llegado ellos se abrió nuevamente. Sócrates irrumpió y, sin decir nada, derribó a Silvia de un golpe con su arma. Se tiró sobre ella en el piso tal como parecía ser su marca registrada y comenzó a estrangularla. Ivo recordó que todavía tenía la ametralladora en la mano, aunque aún no había disparado. Silvia gritaba por auxilio.

-¡Es una puta humana, Descartes!. Limpiala, que de algo quería convencerte para que te atrapen.

-¡Por favor, Ivo, me está matando!.

-Mirala, pide ayuda. Te la dejé para que vos la liquidés. Esta chupapijas te quería engatusar para que los suyos te atrapen vivo y te estudien.

-¡Ivo, por favor!. ¡Vos me querés!.

-¡La querés, dice!. Descartes, acordate de lo que hicimos juntos. Matala de una buena vez, y cuando terminemos con la misión vamos a tener el segundo round de aquello.

Ivo Mantero amartilló su ametralladora, pero le destrozó la cabeza a Sócrates. Silvia se levantó, desesperada, intentando recuperarse del ahogo.

-¡Por Dios!. Pensé que me ibas a disparar a mí.

-No tengo ni idea de lo que hice. Vas a tener que explicarme muchas cosas.

-Lo que quieras, pero salgamos.

-Sí, pero primero tenemos que encontrar a Inés y sacarla de acá.

-¿Qué Inés?.

-¿Cómo qué Inés?. Mi novia, ¿quién mierda va a ser?.

-¿Tenés una novia nueva?.

-¿Lo qué?. No es momento para que me tomés el pelo. La conocés bien.

-No sé de qué estás hablando. Nunca conocí a ninguna Inés. Por supuesto que conozco a tu novia Daniela, pero por suerte no tiene nada que ver con ésto. Ayer me llamó y me dijo que hace rato que no sabe nada de vos.

-¿Daniela?.

-¿No te acordás de ella?.

-Estoy bien seguro de lo que digo. No sé quién es esa Daniela. Yo vine a liberar a Inés, que la torturaron acá.

-Dejate de joder, confiá en mí como confiaste recién. Salgamos de una vez.

-No me puedo ir sin ella.

-¿Sin cuál ella?. Esa Inés debe de ser otro invento que te injertaron en la cabeza. ¿No te das cuenta que todo es mentira?.

Ella lo tomó de la mano y se dejó llevar. Tenía razón en que todo había sido un engaño. Los habían dejado en el medio de un tiroteo que no esperaban sin ninguna posibilidad de salvarse. Pero, ¿y si Kant y los suyos hubieran sido atacados también?.

¿Por qué apareció detrás suyo Sócrates?. ¿Lo había seguido para liquidarlo?. ¿O sería Silvia la que le estaba mintiendo ahora?.

¿Cómo podía no ser real Inés?.

Silvia guiaba la búsqueda de una salida. Trataba de orientarse, esquivando los lugares de donde venían los sonidos de corridas, de gritos, de disparos. Comenzaron a percibir un relativo silencio. Era probable que se hubiera terminado todo.

-¡Ay, que suerte!. Por acá salimos al fondo, Ivo.

Habían entrado a una especie de galpón o depósito de materiales. Hacia el final había una puerta mal cerrada que les permitió llegar a un desatendido jardín. Corrieron a través del pasto que les llegaba hasta las rodillas y saltaron dificultosamente el muro.

Cayeron en los fondos de una casa. Sólo tenía una cucha de perro y un galpón. Nadie reaccionó cuando ladró el animal, por suerte encadenado. Silvia se asomó por las enredaderas que rodeaban el lugar a uno y a otro lado y señaló, finalmente, a la derecha.

-Hay un baldío. Podemos rajarnos por ahí.

Cruzaron el terreno y encontraron un hueco en el alambrado que protegía el baldío. Era probable que lo hubiera hecho gente que dormía en la calle, pero eso poco importaba en esos momentos. Se escondieron en un edificio de apartamentos e Ivo se encontró, por primera vez en mucho rato, seguro de no tener su vida en peligro.

-¿Y ahora qué vamos a hacer?.

-Vamos a esperar un buen rato. Trataremos de encontrar un baño donde nos podamos lavar la cara y presentar un aspecto más sereno y saldremos de paseo como una pareja común y corriente.

-¿Y adónde vamos a ir?. ¿A la casa de ustedes?.

-No. Me fui de la casa de mi hermano. Bueno, no es de él. La casa es de los dos, ahora que lo pienso.

-¿Te fuiste?.

-Estaba podrida de hacerle los mandados. ¿Para qué carajo mantiene a Héctor?. Que se los haga él.

-Tendría que creerte, entonces, que te escapaste porque querías vivir tu propia vida, no querías seguirle comprando las verduras para la casa y por eso me fuiste a buscar a la Dirección de Inteligencia. No te creo nada.

-No. No es así como lo decís vos. No hablo sólo de los mandados para la casa. Venía casi todos los días a la Dirección. Por éso es que conozco bastante bien el edificio.

-Vos sos humana ahora y él es un androide. Pero trabaja para el espionaje humano. Sigo sin entender nada, perdoname.

-No entendés nada porque tengo mucho que explicarte. El espionaje humano es el único que existe. No hay un espionaje androide, ni un ejército androide ni unos guerrilleros androides. Es todo mentira, Ivo.

-¿Cómo que es mentira?. Yo estuve ahí. Yo lo vi.

-Es todo mentira.

-Me enseñaron a pelear, a disparar. Viste cómo le disparé a la mina que quería estrangularte. Lo aprendí ahí, con ellos. Yo vi las instalaciones que tienen.

-Me imagino que deben ser verdad esas instalaciones. Pero no son opositores. Ellos también son parte del gobierno. Christian trabaja para el gobierno, también.

-¿Cómo del gobierno?. Si lo quieren derrocar y quieren que la guerra la ganen los androides.

-¡La guerra es una mentira!. ¡No hay guerra entre humanos y androides!.

-¿Cómo que no hay guerra?. ¿Estás loca?.

-Es otra mentira del gobierno. No hay guerra, ni nunca la hubo.

-¿Me vas a decir que el gobierno inventó todo ésto?. ¿Que nos estuvo engañando durante décadas inventando una guerra?. ¿Que la prensa de todo el mundo estuvo mintiendo todo el tiempo?.

-La prensa también es parte del gobierno. Hay una oficina que se encarga de escribir los cuatro diarios que hay acá.

-Esto es demasiado. ¡Nunca hubo guerra!. Claro, y vos sos la única viva que lo sabe.

-No soy la única, pero soy una de las pocas. Christian, también. Por ejemplo, los que escriben en los diarios que vos leés después en tu computadora creen que trabajan para una empresa privada, pero el supuesto dueño de cada diario es un jerarca elegido por el ministerio y sus sueldos son pagados por el Estado. Pero no lo saben.

-Y no saben que la guerra no existe.

-Por supuesto que no. Sólo escriben lo que les dicen que escriban. No te olvidés que nunca hubo periodismo de investigación en Uruguay.

-No, no me cierra.

-Es muy largo de explicar, Ivo. Hay muchos intereses en juego. Fortunas inmensas que dependen de la industria de armamentos. No pueden permitir que no haya guerras.

-No entiendo. Me decís que no hay guerra y ahora, que tiene que haber.

-Claro. Descubrieron que no es necesario que haya guerras. Basta con que la gente crea que hay una para que se vendan armas, se mantengan los ejércitos y la gente crea en los esfuerzos del gobierno en luchar antes que en mejorarle las condiciones de vida. No te olvidés que no hay mejor forma para que un presidente consiga popularidad y respaldo, que con una guerra. Con unos bombardeos por aquí y por allá, alcanza y sobra. Pero los androides nunca han organizado nada contra los humanos. Sólo bastó con manijear los prejuicios raciales de la gente y nada más.

-Es demasiado, es demasiado todo ésto. ¿Entonces toda mi vida ha sido una mentira?.

-Les mienten a todos nosotros. Cuando mi hermano me contó ésto, yo tampoco quería creer. Igual que vos.

-Esperá un momento. Vos me hablaste exactamente igual cuando me convencieron que yo era un androide y me dijiste que vos también. ¿Por qué tendría que creerte ahora si aquello era mentira?.

-No era mentira. Vos sos un androide. Tal como te dijo Christian.

-¿Y por qué mintió acerca de ustedes?.

-Pensó que si te decía que yo era igual a vos, lo tomarías mejor. Él sabía lo que sentís por mí.

Ivo se quedó callado.

-Ese es otro tema que vamos a hablar otro día. Lo que no sabés es la tarea que desarrolla mi hermano para el gobierno.

-¿Cuál es?.

-Trata de encontrar androides que no sean conscientes de su situación. Intenta protegerles de gente como los que te agarraron a vos. Todavía no entendemos por qué te escapaste de la casa y le pegaste al novio de él.

-No pude evitarlo. Estos tipos me convencieron que era un sistema de seguridad que se activaba automáticamente para defenderme cuando estuviera en peligro. Aunque yo mismo no lo supiera.

-No existe ese tipo de cosas, que yo sepa. Alguien dirigió tu conducta.

-No puedo creerlo. Había podido dejar atrás todo lo que había creído en mi vida y me estaba comenzando a sentir a gusto con esos tipos. Estaba deslumbrado. Parecía que yo podía ser capaz de cualquier cosa y me entero que a todos los demás giles les habían dicho lo mismo.

-¿Te das cuenta?. Te manipularon, pero no te pongas así. ¿Quién no iba a caer?.

-¿Y vos cómo me viste ahí?.

-Tuviste mucha suerte que yo justo hubiera ido a dejar una carpeta de mi hermano cuando empezó el tiroteo. Miro por una ventanita que hay sobre el costado y te veo a vos. ¡Me quería morir!. Conseguí llegar hasta donde estabas vos, de casualidad. Fue muy probable que me hubiera quedado mirando cómo te mataban, sin poder hacer nada.

-Te arriesgaste mucho por mí.

-No seas bobo. Lo haría mil veces más. Vamos a aprovechar que creo que ahora podemos salir a la calle sin miedo.

Ella le tomó de la mano y caminaron, no sin tensión, hasta la Rambla. Allí fue fácil conseguir un taxi que los llevara hasta la pensión cerca del Palacio donde estaba viviendo Silvia.

-Teoricamente, no se aceptan visitas. Pero la dueña se ve que está tan en falta que se hace la sota. No vamos a tener problemas.

Efectivamente, pudieron entrar a la pieza mientras una desagradable gorda los quedaba mirando en silencio. Silvia se tiró en la cama e Ivo se sentó en la única silla, no del todo seguro de que lo pudiera sostener.

-El lugar es feo pero seguro. Digamos que para superar una crisis familiar, no está mal.

-No entiendo algo. Te fuiste de la casa de Christian, pero seguís haciéndole los mandados.

-¡Ufa!. ¿Seguís desconfiando de mí?. ¿Y de tu amigo, también?.

-No, es que...

-¿En quién confiás, entonces?. ¿En los que te pusieron servido en bandeja para que te masacraran, como masacraron a todos los demás?. Convencete, hace rato que ellos están todos muertos, como tendrías que estar vos también. Con éso, ya tienen el invento de la guerra por bastante rato. Entrá en la máquina de esta pieza de mierda y leé las noticias. Adiviná qué dicen de ustedes. Y mañana va a salir el ministro de Defensa y va a pedir más presupuesto para la guerra y el ministro del Interior va a conseguir más censura y más represión, para evitar más “ataques subversivos”. Y todo el mundo va a aplaudir al gobierno.

-No lo puedo creer.

-Ya dejaste de creer en tus revolucionarios cuando mataste a la marimacho ésa que casi me estrangula.

-Pero hay algo que no me cierra...

-A ver qué es ahora.

-No te enojés, pero si el gobierno inventa la guerra y manda a unos androides a que los maten para conseguir más fondos para la mentira...

-¿Sí?.

-¿Por qué, al mismo tiempo, le paga a Christian para que proteja a los androides que manda matar?.

-Porque son distintos ministerios, Ivo. Son diferentes dependencias compitiendo entre sí. Ha habido incluso hasta muertos por esos enfrentamientos. Pero, por supuesto, éso no sale en la prensa.

-¿Y el presidente por quién se vuelca a favor?.

-Por ambos. No le conviene un desequilibrio entre los sectores de las “palomas” y de los “halcones”. Exactamente igual que en todos los gobiernos del mundo. Imaginate que si en vez de matar a diez androides matan a mil, no es tan fácil de ocultar. O de mentir. Tienen que frenar un poco a los fanáticos, sin dejar de seguir la farsa.

-Parecés saber mucho de todo esto.

-Ha sido mi única vida, lamentablemente. ¿Sabés cuánto hace que no estoy sola en un cuarto con un hombre?.

Ivo quedó en silencio, sin tener la menor idea de qué decirle. Ella se sonrió y se levantó de la cama, sentándose sobre él. La silla, naturalmente, no soportó y se fueron al piso. Ella se rió a carcajadas.

-¿Te lastimaste, mi amor?.

-No, estoy bien.

-Y pronto vas a estar mucho mejor –contestó Silvia.

Despertó en la mañana siguiente, no muy temprano. Estaba sólo en la pieza y no tenía posibilidad de hacer otra cosa que mirar la calle Madrid desde la ventana. Había sol, niños jugando, viejas haciendo los mandados. No parecía haber nada de qué preocuparse.

Recordó lo que le había dicho ella y conectó el sucio equipo que tenía en la pieza. Al leer las noticias, comprendió que Silvia había tenido razón: según los diarios, había sido una cruel acción desestabilizadora de la subversión. Había editoriales donde se lamentaban que el modo de vida humano permitiera que el enemigo aprovechara sus libertades para atacarlas, reclamando mano dura para el desestabilizador. Pensó en leer el artículo de un economista ex ministro, radicado en Miami, sobre las repercusiones del ataque en los mercados, pero decidió que era demasiado.

Al poco rato volvió ella con una caja enorme que sostenía a duras penas. Él la ayudó a colocarla sobre la cama, que era el único mueble sano que quedaba.

-Mirá, mi amor. Este es el regalo más valioso que te podía hacer.

-¿Qué es?.

-Fui hasta lo de mi hermano y me dio este aparato que vas a ver. Antes de que me preguntes, te contesto que nos va a permitir analizar exactamente todos tus archivos y poder limpiar los pensamientos que te hayan introducido.

-¿Introducido?.

-Claro. Christian me enseñó a poder separar los recuerdos que vos viviste realmente de los que te hayan inventado esos tipos. Es una pavada, no hay más que buscar la fecha de creación y alguna otra cosa así. Así vas a poder estar seguro de que lo que vos sentís y lo que vos recordás es tuyo, como debe ser. Te voy a sacar toda la mierda que te metieron, mi vida.

-¿No duele?.

-No, cagoncito. No te va a gustar tanto como lo que hiciste anoche, pero no te va a doler y te va a cambiar la vida. ¿Ves?, eso me gustó. Yo te voy a cambiar la vida.

-Bueno, si estás segura... –contestó Ivo.

-Sí, Christian siempre me enseñó un montón de cosas de las que hace él, porque a veces no le daba el tiempo para todo. Y a mí me gusta. Aparte, ésto es una pavada. Sentate... bueno, tirate en la cama, te pongo esta especie de auricular en cada oído y ya está. ¿Ves?.

-¿Vos viste cuando él lo usó alguna vez?.

-Claro, tontito. Es una boludez, sólo tenés que fijarte de conectar los auriculares a la conexión verde ésta y enchufarlo a la corriente. Espero que no se corte la luz como siempre en esta pensión de mierda.

Ivo Mantero apenas sintió un zumbido al comenzar a funcionar el aparato que era una especie de combinación de un teclado y un monitor. No le molestaba en absoluto, sólo le resultaba difícil controlar la ansiedad.

-¿Ves?. Todos los archivos de memoria que se refieren a esa Inés de la que me hablaste fueron creados hace un mes. ¿Vos creés haberla conocido hace un mes?.

-Yo ya no sé en qué creo y en qué no.

-No te pongas así. No me voy a poner a abrir los archivos a ver qué tienen. En todo caso, se podrían guardar, pero creo que lo mejor es que los borre de una vez, así no te joden. Además, todos tienen la misma fecha y la misma hora de creación, incluyendo los segundos. Es como si hubieras vivido toda tu historia con ella en un instante. En cambio, si ves acá en la pantalla, los archivos que se corresponden con Daniela tienen distintas fechas de origen. Son recuerdos reales, que fuiste viviendo en su momento.

-¿Todo lo que recordamos los androides se transforma en archivos?.

-Sí, pero también es algo así en los humanos. Un neurocirujano hoy en día, podría ver también absolutamente todos los recuerdos guardados en mi cerebro, con una máquina parecida. No en un archivo informático como vos, pero sí en mis neuronas. Lo que pasa es que se pueden manipular tu memoria y vos no podés notar la diferencia.

-Ya veo.

-Para vos, esa Inés virtual es tan real como yo, pero nunca existió. Te hicieron creer que tenías una novia torturada por ser androide, pero esas cosas no pasan, Ivo. ¿Para qué?. Ya bastante horrible es que sacrifiquen inocentes, mandándolos matar por intereses políticos. ¿Para qué torturar el cuerpo de un androide, si le podés leer todos sus pensamientos?. Por suerte, el mundo ya no es tan horrible como en el siglo XX.

-Bueno, en el fondo me alegro que sea así.

-Claro, mi negro. Te aclaro una cosa, antes de seguir con ésto: no sé qué estás pensando de mí, pero yo no soy una mujer que se traiga todos los días un hombre distinto a la pieza. Te hice venir para ayudarte y me dejé llevar anoche, pero sé que vos querés a Daniela. Te voy a activar nuevamente tus recuerdos legítimos y vas a ser libre de elegir. Como debe ser.

-No sé qué contestarte.

-No importa. Los hombres nunca saben qué contestar. Sean androides o humanos, son todos iguales. Pero volvamos a lo nuestro. Te voy a borrar toda la parte de esa horrible base guerrillera, ¿te parece bien?.

-Esperá un momento, porque para mí no es tan fácil la cosa, Silvia. No puedo quedarme así sin tener idea de si lo que yo viví me lo implantaron o, realmente, lo sentí. ¿No podés saber si el conejo a la mostaza espectacular que recuerdo haber comido una noche lo comí de verdad, o lo inventaron?.

-Y... lleva su tiempo, pero se puede averiguar. ¿Vos querés averiguar lo de éso que comiste o te interesa otra cosa?.

-No, en general. Dije eso por poner un ejemplo.

-No importa. No soy celosa. Empecemos. Te pusieron un menú principal a tu vista que tiene seis items.

-Sí, éso lo recuerdo perfectamente.

-Pero no sirven para nada. Es una pantalla de juguete.

-¿En serio?.

-Es totalmente virtual, Ivo. Aunque ejecutes cualquiera de sus funciones, en realidad no hacés nada. Te hicieron creer que tenías una programación especial, pero en realidad tenés los mismos archivos que todos los androides, lamento decirte. O no, nunca es demasiado bueno destacarse mucho en éste mundo. ¿Te arreglaron cuatro dientes en esos días?.

-¿Lo qué?. No.

-¿No recordás nada de éso?.

-En ningún momento tuve problemas de salud. Con la dentadura, ni con nada.

-Es extraño. Acá dice que te pusieron cuatro dientes en el costado derecho, te cosieron la boca y algún arreglo más.

-No, éso debe ser inventado.

-Al contrario. Éste es uno de los pocos archivos que es verdadero de punta a punta.

-¿No puede haber sido...?.

-No, Ivo. No hay forma de equivocarse. Son de diferente tipo los archivos inventados, los que vos verdaderamente viviste y los que también son reales pero fueron modificados. A propósito, tenés muchos archivos modificados. Muchos.

-¿Cómo modificados?.

-Vos viviste una cosa, pero te manipulan el contenido y te convencés que pasó otra cosa. Eso pasa a ser tu memoria. Lo que ellos quieren. La gente que trabaja con mi hermano lucha para que no se hagan más este tipo de cosas. Tenés poco antes de la constancia del arreglo dental, un archivo que dice “Hegel” y otro que dice “Sócrates”. ¿Te dicen algo esos nombres?.

-Sí, por supuesto. Fijate a ver qué son.

-Dejame ver. No me gusta nada éso de ver recuerdos ajenos, pero... aparece un tipo que te da un arma y te muestra un blanco para que dispares. Tratás de hacerlo, pero por lo que veo, sos bastante torpe.

-Yo recuerdo que acerté en todos los tiros.

-No, mi amor. Fuiste un desastre. ¿Tenías experiencia en disparar un revólver?.

-Nunca.

-Entonces lo que hiciste fue lo que podía esperarse. No hay de qué avergonzarse. El otro archivo es mucho más grande.

-Miralo, por favor.

-¿Estás seguro?.

-Sí, en serio.

-Aparece... la hija de puta ésa que casi me mata. Van a un ring de boxeo. Te dice algo y empiezan a pelear. Vos tratás de pegarle, pero te esquiva fácilmente. Se... se ríe de vos. ¡No!...

Ella dejó de mirar, agarrándose la cabeza con ambas manos. Ivo se incorporó y vio por primera vez el monitor donde Sócrates lo estaba golpeando cruelmente, sentada sobre él en el suelo hasta que pudieron llegar Kant y Hegel a sacarla. Él quedó paralizado. Tenía un ojo totalmente cerrado, la boca hinchada y partida y sangraba terriblemente.

Silvia se abrazó a él, llorando.

-Por favor, no miremos más. Eso ya pasó, te voy a sacar toda esa basura y va a ser como si nunca lo hubieras vivido. Es mejor así. ¿No, mi amor?.

-Sí, creo que tenés razón.

-Sí, por supuesto que tengo razón. Por suerte, ya pasaron todos tus problemas. Yo me voy a encargar de que nunca más tengas de qué preocuparte.

-Está bien, está bien. A propósito, ¿no hay algún archivo ahí que diga algo de Hume?.

-¿Jium?. No, no hay nada de éso.

-No sé bien cómo se escribe, pero tendría que haber unos cuantos.

-Mirá. No quiero mirar mucho porque es como ver tus peores pesadillas en un monitor, pero acá tengo, por ejemplo, un archivo pequeño que te muestra cuando te sacan dos guardias armados de una especie de celda donde estás encerrado, caminando por un pasillo hasta una especie de comedor...

-Ta, dejá. No es necesario que mirés más.

-Sí, está bien. Dejémoslo así y voy a dejarte sólo los recuerdos agradables.

-Sí, mejor.

El proceso llevó un largo, tenso rato. Ivo Mantero pudo sentir finalmente las manos de ella desconectándole y se sentó aliviado.

-Todo terminó, mi amor. No sé, en realidad, si tengo derecho a decirte así o si me vas a agradecer y desaparecer por esa puerta. Pero, hagas lo que hagas, siempre quise lo mejor para vos.

Ella puso sus labios sobre los de él, pero Ivo comenzó a apretarle un lugar determinado del cuello con su dedo índice. Silvia cayó desmayada inmediatamente.

Le puso los auriculares, buscó la conexión verde y comprobó que todo era tan fácil como le había dicho ella. Encendió nuevamente el aparato y tuvo ante sus ojos el menú principal de seis items, idéntico al suyo propio, que estaba visualizando también.

Nada tenía sentido. Si Silvia era realmente un robot, ¿para qué se había presentado ahora como humana?. ¿Por qué estaba nada menos que en la Dirección de Inteligencia en el momento adecuado?. No le creía ya nada de lo que le había dicho. ¿Qué había hecho en su memoria y por qué?.

Lamentó no haber atendido mucho en la escuela el manejo de computadoras. Siempre le habían aburrido, pero ahora necesitaba más que nunca descifrar el funcionamiento de una.

Tenía que apurarse, no sabía cuánto tiempo estaría desmayada. No podía recordar cómo había aprendido esa maniobra ni si la había hecho antes.

Lo primero que vio le aterrorizó. ¡Todos los archivos de Silvia Heredia habían sido creados en el mismo instante, dos días antes!.

Había sido programada para ir a darle toda la explicación que había escuchado desde el momento en que la encontró en el tiroteo. Todo había sido inventado por alguien y redactado previamente. Quizás también la habían programado para que se acostara con él. Para ganarse su confianza, probablemente.

Christian, seguramente. ¿Qué quería de él?. ¿Para quién trabajaba?.

Caminó hacia atrás, tenía que huir de allí inmediatamente. Miró por la ventana y vio el mismo paisaje monótono de la primera vez. No tendría problemas.

Pero algo lo detuvo. Podía ver su propia programación en su mente. ¡Podía manejar la computadora que tenía dentro de su cabeza!.

Trató de tranquilizarse, pensar y no perder tiempo. Corrió el item 6 “Listado de archivos”. Tenía, a su vez, un enorme menú de más de 100 items. ¿Cómo elegir uno?.

El 25 decía “Personas perseguidas”. Entró en él y lo ordenó alfabeticamente por apellidos. En la primera página figuraba Inés Acerenza Labat. Había dos personas más en ese apellido: Walter Acerenza Labat y Gastón Acerenza Bazán, pero nunca había sentido hablar de ellas. En la columna “Delitos”, los tres tenían la misma leyenda: “Item 7” y en la columna “Estado”: “Atrapados. Solución final”.

Ivo comprobó que había mucha gente por los más diferentes delitos, pero los que estaban acusados de ese extraño “item 7” estaban especialmente destacados.

Se estremeció, volvió a su menú principal. Vio que Silvia continuaba desmayada. Estaba comenzando a tener miedo. El menú seguía constando de seis items, como siempre. Marcó el 7 y su máquina pareció paralizarse. Pero finalmente, le desplegó una pantalla que nunca había visto.

El séptimo item del menú decía “Archivos personales”. Los ordenó por nombre y vio que tenía algunos con el nombre “Inés Acerenza”, otros con “Daniela Abt”, otros con “Gonzalo Serrano” y así muchos más. Tuvo una intuición y los ordenó, esta vez, por fechas.

Descubrió que todos los que se referían a Daniela tenían diferentes fechas de creación, pero no los que decían “Inés Acerenza”, “Gonzalo Serrano” y muchos otros nombres más que ahora le resultaban desconocidos.

Comprendió. ¡Lo habían estado usando para encontrar disidentes!. No, no disidentes, sino los androides que conocían que eran capaces de ser manipulados. ¿Pero por éso le habían hecho creer que él mismo era un humano?.

¿Cómo saber si la vida de humano que él recordaba no había sido inventada?.

Escuchó una alarma estridente desde el exterior. Tuvo una idea. Buscó en “Ayuda” la forma de saber qué porcentaje del cerebro de una persona es artificial. El sistema se lo mostró. Él tenía el 100 % de sus acciones no motoras.

Preguntó quienes tenían el 0 %. La máquina respondió que el 100 % de los habitantes del planeta tienen el 100 % de inteligencia cibernética.

No hay humanos.

El barullo ya era insoportable. Afuera, permanentemente, unos parlantes daban un mensaje para que lo escuchara todo el mundo. La gente salía a la calle.

Ivo Mantero corrió, huyendo de la pensión. Recién al salir a la vereda, prestó atención al mensaje que se repetía una y otra vez:

-¡Se solicita a la población colaboración patriótica para la captura del peligroso androide Ivo Mantero, líder de la organización que ha cometido actos terroristas y asesinado ancianos, mujeres y niños inocentes!.

La gente se abalanzó sobre él. Lo empujaron, le escupieron y le patearon. Cayó al piso, pero de repente, sintió que los golpes se habían detenido.

Levantó la vista y vio, parados frente a él, a Kant, Hegel, Sócrates, Christian y Héctor.

2 comentarios:

Khimâira---grαnαTê dijo...

saludos infinitos, un placer leer letras propias...

Alvaro Fagalde dijo...

Muchas gracias, Khimâira...