30 de marzo de 2011

Historia Ilustrada del Jazz 18

DEXTER GORDON, BILL EVANS, STAN GETZ: ¿UN HARD BOP COOL?

Después de la irrupción del be bop en la inmediata post guerra, no habría más revoluciones sorpresivas para el gran público hasta la década de los 60. El denominado hard bop fluiría con naturalidad y hoy se acepta por parte de los estudiosos del jazz que la división entre el hard y el cool de la costa Oeste era bastante arbitrario y estaban bastante menos diferenciados de lo que se suele decir.

En realidad, lo que llamamos hard bop no fue un movimiento propiamente dicho sino la confluencia de un fabuloso conjunto de músicos que, de diversas maneras, siguieron el camino trazado por "Bird" Parker y los demás, realizando la evolución desde los primeros pasos tras el declive del swing. De hecho, tres de los más grandes instrumentistas de toda la historia del jazz poseen características de ambos.

Dexter Gordon fue contemporáneo de Parker y Gillespie. Su padre era un médico acomodado en Los Angeles que atendía a Lionel Hampton y Duke Ellington. Cuando el chico eligió la carrera musical, pudo seguir muchos más estudios de los habituales en los jazzmen. Ingresó en la orquesta de Hampton aún menor de edad en 1940. Eran los tiempos en que el sonido suave y romántico de Lester Young había llegado para rivalizar con el potente e imaginativo de Coleman Hawkins y Dexter encontraba a veces un lugar para expresarse cuando el líder improvisaba una reedición de ese duelo contraponiendo al joven saxofonista tenor con el mucho más experiente Illinois Jacquet haciendo las veces de Hawkins.

Después de tres años, Dexter volvió a California y luego de pasar por orquestas como la de Les Young (hermano de Lester), Fletcher Henderson y Louis Armstrong, coincidió con los boppers en la célebre formación de Billy Eckstine. La libertad que daba éste, junto con la confluencia con otros jóvenes que iban en su misma dirección cambió para siempre a Gordon. También, sus amistades lo introdujeron en el mundo de la droga que lo perjudicaría por muchos años.

En 1947 conoció a Wardell Gray, con quien realizó una serie de duelos brillantes donde la complementación de ideas era total. El más famoso de sus discos se llamó "The chase", donde cada uno seguía el solo del otro en una amable competición de brillantes resultados. Lamentablemente, cuando la carrera de ambos -juntos o por separado- iba teniendo gran resonancia y maduración, Dexter debió ser internado por su dependencia de las drogas y Gray moría asesinado en Las Vegas de una forma similar a como lo hacía la mafia de la zona, aunque nunca se aclaró el crimen.

Recuperado física y musicalmente en los 50, su carrera permaneció estancada en cuanto a repercusión hasta que en 1962 se radicó durante 15 años en Europa. Al volver comenzó a tener el reconocimiento que se merecía en su país. En 1986, con mala salud, protagonizó la película "Round midnight" del francés Bertrand Tavernier (inédita en Uruguay) por la que fue nominado al Oscar como mejor actor, haciendo de un veterano saxofonista similar a Lester Young. Falleció en 1990.

video
"Lady bird"

video
"What's new"


Williams "Bill" Evans (1929-1980) aprendió tanto música clásica como jazz desde su infancia retraída. Apasionado de la filosofía y de músicos como Chopin y Debussy, con una salud frágil a la que no ayudaría su drogadicción, Evans comenzó en 1954 a conseguir contratos profesionales como pianista de jazz hasta consagrarse dos años después con el clarinetista Tony Scott, quien fue el primero en valorar la cultura y la sensibilidad musical de Bill.

Consiguió ingresar en el conjunto de Miles Davis, fundamentalmente en el extraordinario "Kind of blue", donde su aporte no fue menor. Pronto, sin embargo, lo abandonaría amigablemente para realizar una actividad que le interesaba más: un trío junto a un baterista y un contrabajista.

El primero de ellos fue el más recordado con el excelente Paul Motian y Scott LaFaro, hasta la prematura muerte de éste último en 1961. Este conjunto fue uno de los primeros en romper con el tradicional esquema de un piano solista, con los otros dos integrantes como meros complementos rítmicos. En este trío -formato que Evans manejaría casi exclusivamente el resto de su vida, aunque haya grabado tanto con big bands como acompañante de cantantes- su notable compenetración con el contrabajo de LaFaro hizo que ambos intercambiaran frecuentemente el papel de solistas o acompañantes, retomando periódicamente los desarrollos que había dejado pendiente el otro con enorme naturalidad. El bajista fue quien más influyó entre quienes seguían el camino que había inaugurado el también fallecido antes de cumplir los 30 años Jimmy Blanton en la band de Ellington, de confirmar al bajo como un instrumento capaz de ser tan melódico y solista como cualquier otro.

El camino de Evans siguió con admiraciones rayanas en el fanatismo pero también con varios detractores que le criticaron falta de swing y alejamiento de las raíces negras del jazz. En 1966 consiguió un reemplazo eficaz de LaFaro con el portorriqueño Eddie Gomez, quien contribuyó a recuperar la música del pianista hasta 1977. Evans entró en una suave decadencia, fundamentalmente por su precaria salud, falleciendo de úlcera gástrica.

Suicide is painless
http://www.goear.com/listen/f2fa8c4/suicide-es-painless-bill-evans

Waltz for Debby
http://www.goear.com/listen/4a8577b/waltz-for-debby-bill-evans

Elsa
http://www.goear.com/listen/a094262/elsa-bill-evans

Milestones
http://www.goear.com/listen/90ef0ee/milestones-bill-evans


Poseedor, sin duda, de uno de los sonidos más fascinantes de toda la historia del jazz, el saxo tenor Stan Getz
pudo seguir estudios musicales bastante completos -como Dexter Gordon- aunque su infancia en Philadelphia fue mucho más callejera y peleadora de lo que se podría adivinar por su piel blanca y la buena posición económica de su familia. Luego de trabajar en varias big bands importantes (Jack Teagarden, Jimmy Dorsey, Benny Goodman) comenzó a pulir y personalizar su estilo al entrar en la singular orquesta de Stan Kenton.

Se mudó a California y en la modesta formación de Tony de Carlo coincidió con otros tres tenores que conseguirían una singular complementación en su fraseo (Herbie Steward, Zoot Sims y Jimmy Giuffré). En 1947 el hábil Woody Herman los contrató en bloque -reemplazando a Giuffré por el barítono Serge Chaloff- teniendo un enorme éxito con los "Cuatro hermanos", nombre de un tema compuesto a propósito para lucimiento de todos ellos.

Influido tanto por Lester Young como por los Gordon y Gray de "The chase", Getz comenzó al año siguiente su carrera solista con el formidable éxito de "Early autumn". Un poco encasillado como baladista, pudo diversificar su propuesta con la colaboración del pianista Horace Silver. En los 60 su carrera parecía inexorablemente estancada pero un encuentro con el guitarrista Charlie Byrd -profundamente impresionado de la música que había descubierto en Brasil- le hizo conocer la bossa nova. El disco que grabaría poco después con los creadores de ese estilo -Antonio Carlos Jobim y Joao Gilberto- junto a la no demasiado brillante cantante Astrud, esposa de éste último, fue uno de los más vendidos en toda la historia del jazz. El éxito de "Garota de Ipanema" trascendió largamente los ámbitos de la música improvisada, aunque algunos pudieran objetar la difusión que se le dio a una propuesta tan alejada de la tradición latinoamericana.

Stan siguió posteriormente por otros caminos más arriesgados, intentando evitar la monotonía y la repetición. Colaboró, entre otros, con Chick Corea, Chet Baker, Gary Burton y Kenny Barron. A los 50 años le fue diagnosticado cáncer de hígado, falleciendo tres años después, en 1991.

Stella by starlight

http://www.goear.com/listen/c2f8367/stella-by-starlight-stan-getz

We'll be together again
http://www.goear.com/listen/7b08f24/well-be-together-again-stan-getz

Airegin

http://www.goear.com/listen/0cf5e7d/airegin-stan-getz

On the up and up
http://www.goear.com/listen/f8a1b44/on-the-up-and-up-stan-getz


video
"The girl from Ipanema"

25 de marzo de 2011

El séptimo item del menú II

Cuando Ivo inclinó su cabeza sobre el costado de una mesa y su amigo le puso un extraño artefacto metálico sobre su cara cubriéndola casi totalmente, comenzó a pensar que probablemente no sería tan buena idea haber comenzado el análisis enseguida. Se preguntó si dolería, aunque no se atrevió a decirlo directamente. Tuvo vergüenza de que Silvia pensara que era un cobarde.

En realidad fue aburrido. Tuvo que esperar un rato que le pareció como una hora hasta que Christian le dio el resultado.

-Podemos obviar algún error en alguna coma, pero básicamente se puede decir que tenés el 35 % de tu cerebro mecánico.

-¿Y éso es mucho?.

-Realmente, es muy poco común.

-¡Ay, mi Dios!.

-No te pongas mal –intervino Silvia- por favor.

-No hay una cifra promedio porque hay gran variedad de casos, pero lo que yo he visto y leído en la red es que a la mayoría de los que combaten le ponen un 10 o un 11 %, así tienen habilidades programadas en memoria y habilidad para combatir y nada más. Intentan que tengan todas las virtudes de los humanos y, al mismo tiempo, ventajas en la guerra desarrolladas en laboratorios.

-¡Qué hijos de puta!.

-Sí, pero no está seriamente demostrado que hayan podido conseguirlo en la práctica –siguió Christian.

-Además, no te olvidés que van ganando los humanos –agregó Silvia.

-Vos sabés cómo empezó todo ésto hace 150 años. Ellos quisieron dominar a los humanos diciendo que eran una raza superior física y mentalmente. Pero siguen perdiendo la guerra.

-A esta altura no estoy tan seguro de quiénes somos “nosotros” y quiénes son “ellos”.

-Bah, Ivo. Cada uno es lo que es. Todo éso es relativo: no te olvidés que en la Segunda Guerra Mundial había alemanes que no eran nazis y había norteamericanos nazis. Ninguno de nosotros va a ir a combatir, sólo vamos a esperar a ver quién gana.

-¿Te da lo mismo que la guerra la gane cualquiera?.

-¿Y por quién querés que vaya a pelear?. ¿Por el bando mío o por el de mi hermana?. ¡Dejate de joder!.

-Para vos es fácil. Para mí no son lo mismo; yo creía que estaba luchando en mi puesto de trabajo por la causa humana y me vengo a enterar que soy del enemigo.

-No seas boludo. Vos no podés ser enemigo de vos mismo ni, menos aún, podés ser enemigo de tus amigos. Dejate de pensar en términos de enemigos, haceme el favor. Te estaba diciendo que la mayoría de los soldados androides tienen sólo un 10 % del cerebro automático. Algunos que trabajan en fábricas, o cosas así, incluso menos. Y quienes tienen responsabilidades o cargos de tomar decisiones son los que pueden tener hasta un 25 %.

-¿Y entonces, yo?.

-Tendría que buscar en publicaciones científicas, pero no hay muchos casos como el tuyo. Fijate que Silvia me había sorprendido porque tenía el 20 % exacto.

-¿Y qué funciones del cerebro pensás vos que tiene él automatizadas? –preguntó Silvia.

-Eso me llevará mucho más tiempo y no sé hacerlo bien, todavía. Entendeme, es un caso poco común. Nunca había visto algo así.

-¿Qué decís, Ivo, no te parece que tendrías que conocer tu programación?.

-No sé, realmente todo está pasando demasiado rápido para que yo lo comprenda.

-Claro que quiere, Silvia. Pero vamos a dejar a nuestro amigo que descanse. Acordate vos todo el tiempo que te llevó acostumbrarte. Dejémonos por hoy de tanto cálculo y llevátelo a la cocina y hacele un café. A menos que quiera una lata de aceite.

-No me tomés el pelo.

-Fue una broma, Ivo. No te castigués, quedate tranquilo que ya te vas a acostumbrar, vas a ver.

El resto del día pasó sin novedades. Los tres almorzaron y mientras Ivo dormía una siesta, su amigo seguía trabajando tal como era su rutina y Silvia hacía las cosas de la casa.

Al despertar quiso salir a caminar para ver si era posible intentar volver a trabajar y seguir con su vida lo más normal posible.

Pero a los otros dos no les pareció buena idea. Convencieron a Ivo de que lo mejor sería que Silvia lo averiguara disimuladamente y volviera ella con las buenas noticias, por seguridad.

Un par de horas después llegó tranquilizando a Ivo, confirmando que no había ningún problema en todos los lugares a los que había ido. En su trabajo, solamente estaban molestos porque él no había comunicado la enfermedad que Silvia les había convencido que tenía, pero todo se podía arreglar con tres palabras. E Inés sólo le dijo que le había llamado un par de veces, pero no le había dado mayor importancia al hecho de no encontrarlo.

Él dormiría ahí esa noche; volvería a su vida habitual al otro día disimulando lo mejor posible y más adelante se sometería a exámenes más completos para afinar el diagnóstico de su condición que sólo ahora había conocido.

Todo parecía estar bien.

Pero un dolor insoportable le hizo despertar. Estaba sudando increíblemente.

Se sentó en la cama, incapaz de reconocer el origen de su sufrimiento. Miró el reloj y comprobó que hacía apenas unos segundos que eran las cuatro de la madrugada.

Casi no recordaba haberse dormido. Su dolor se estaba calmando rápidamente, pero le pareció significativo que se hubiera despertado a una hora tan exacta.

Se levantó. Se vistió rápidamente pero con suaves movimientos. Caminó hacia la salida de la casa, sacó del bolsillo derecho de su pantalón un alambre y, sin dudar, improvisó una ganzúa que le permitió irse.

En el pasillo, antes de llegar a la puerta de calle, estaba Héctor, el novio de Christian, que lo miró sobresaltado. Ivo siguió andando hasta él y apenas se encontró frente a él, lo derribó de un derechazo terrible.

Salió caminando, casi tranquilamente, y tomó un taxi hasta la casa de Inés.

Hacía tiempo que tenía las llaves de la casa, autorizado por sus padres. Entró a su cuarto, prendió la luz y la llamó suavemente.

Ella se sobresaltó, por supuesto, pero le hizo señas de que se tranquilizara.

-¡Mi amor!. ¿Qué hacés acá?. ¿Qué te pasa que venís a esta hora?.

-Quedate tranquila. No me pasa nada.

-¿Qué te está pasando en estos días que nunca te encuentro?.

-Ya te voy a explicar. Contestame una cosa antes: ¿se comunicó Silvia contigo ayer?.

-¿Qué Silvia?.

-Ta, dejá. Es lo que me imaginé.

-¿Cuál Silvia?. ¿Tu compañera de trabajo o la hermana de tu amigo?.

-Ya no importa. Lo mejor para los dos es que me vaya por un tiempo.

-No, esperá. No te vas a ir a esta hora. Quedate a dormir conmigo y mañana me contás qué te pasa.

-No puedo, Inés. Te repito que lo mejor es que no sepas nada. Ya voy a arreglar todo, quedate tranquila.

-Ivo, no me dejés así.

-No, es sólo por unos días. Confiá en mí.

-Yo confío en vos. Sos vos el que tiene que confiar en mí. Si no querés contarme el lío en el que te metiste, bueno, vos sabrás lo que hacés. Pero lo único que te pido es que no desaparezcas, mi amor.

-Nos volveremos a ver lo antes posible.

-¿Dónde?.

-Yo te voy a mandar el mensaje que vos sabés para encontrarnos en nuestra esquina.

-Ta, entiendo, pero por qué hablás así en clave. ¿Tenés miedo de que nos estén grabando?.

-No, pero no sería de descartar. Adiós, Inés. Dame un beso.

Volvió a la calle, preocupado de alejarse de la casa de su novia lo antes posible, temiendo pensar en que era probable que ya no la viera nunca más.

Mientras caminaba, se emocionaba con el amanecer. Hacía varios años que no lo veía y le hizo bien como nunca antes. No podía ser una máquina. Había en él algo distinto de un lavarropas o una tostadora.

Pero, lamentablemente, tenía que interrumpir sus emociones para intentar comprender su programación.

Era evidente que no había huido de la casa de su amigo por alguna razón concreta. No había razonamiento lógico que justificara su actitud. Tenía que estar programado para éso.

¿Pero por qué?. ¿Por qué escaparse del único lugar seguro que tenía?. Él había ido ahí, adonde había pasado tantos buenos ratos en tantos años que se conocían. ¿Cómo lo iba a justificar?.

¿Por qué había golpeado a Héctor?. Nunca le había hecho nada. Nunca le había pasado de tener una reacción tan espontánea. No recordaba haber pensando ni por una fracción de segundo la posibilidad de pegarle.

Estaba obedeciendo a algo que no podía controlar. Ésto estaría escrito en su programación. Lo tenía que hacer y punto.

¿Qué más tendría que hacer?. ¿Cuál era su función?. ¿Para qué estaba programado?.

¿No estaría autodestruyéndose?. ¿No le habrián introducido una rutina para eliminar el instinto de supervivencia humano?. ¿Tendría en realidad algún instinto animal?. ¿No sería más libre la araña que acababa de pisar?.

Se detuvo. Aspiró con todas sus fuerzas, no podía respirar.

Todo era cierto. ¿Cuánto es 1578,147 dividido 44? –se preguntó -35,866977272 y sigue el ciclo de 72 hasta el infinito.

Se sentó en un muro en Agraciada y San Quintín. Trató de concentrarse. Cerró los ojos y pensó en que la oscuridad era una pantalla negra. Imaginó otra cuenta e intentó que los números se visualizaran.

-Ahora hago el inverso de esa cifra- pensó.

Trató de colocar en su visión un 1 y siguió imaginando el signo de división y el resultado de la cuenta anterior. El producto era obvio, cualquiera podía darse cuenta que eso daba 0,0278807994439047820006628026413256 pero los números surgían invisibles en su mente. Sólo después él los introducía en su imaginaria pantalla.

-Bueno, espero que ésto mejore con el tiempo. No tiene sentido una computadora que no tenga dispositivos de salida.

Pero él no era una computadora, era un robot. O una especie de armatoste con alguna función desconocida. Y probablemente, fabricado para que nunca hubiera tenido conciencia de su naturaleza artificial.

-Pero la tengo –se contestó.

Sin embargo, muchas cosas, demasiadas, seguían sin tener sentido. Si era un androide, no podría haber sido programado para intentar ser reclutado en el ejército contrario. ¿O su asma también había sido creada por un ingeniero?.

¿Y si en realidad, fuera un espía de los androides?. No, no pondrían a alguien tan poco dotado para las aventuras como él.

¿Alguien había creado lo que sentía por Inés?. ¿Cuando le hacía el amor, estaba ejecutando un programa?.

No sabía si reír o llorar. Pero tenía que seguir lúcido, no podía dejarse llevar por las emociones. Tenía que creer que su conducta tan extraña de esta madrugada tenía que tener algún propósito. Recordó que una de las máximas robóticas era que ningún robot podía hacerse daño a sí mismo, aunque lo quisiera.

Pero éso lo había imaginado un antiguo escritor de ciencia-ficción. No el diseñador verdadero de ellos.

-O nosotros, mejor dicho.

Nunca se podría acostumbrar a pensar en “nosotros” cuando se refiriera al enemigo. Pero él era el enemigo. ¿Cómo podía haber sentido una cosa y haber sido siempre lo contrario?. ¿Él ahora iba a desear la muerte de la gente que quería?. ¿Cómo podía estar del lado del mal?.

Pero no hay enemigos sino bandos, le había dicho Christian. Pero él no era ya su amigo. Le había mentido. ¿O sólo le había mentido Silvia?. No tenía sentido, ¿por qué ella que sí era un androide y no él, que era un humano?.

No se había equivocado. Sus instintos, o como se llamaran de ahora en más, le habían salvado. Hizo bien en escaparse y en confiar en ellos, aunque no tuviera ninguna lógica su acto.

No, no había confiado en nada. No había tenido ninguna opción. Se vio obligado a hacer lo que hizo.

Quizás lo hizo dirigido por alguien a distancia. Quizás siempre había tenido programada esa acción desde que nació. O desde que lo armaron en alguna fábrica en otro continente.

Vomitó dificultosa, largamente. No podía dejar de ser un humano. Sufría, seguía pensando en lo que tenía que hacer, se ponía nervioso. Definitivamente no era una aspiradora, como se decía de ellos en la calle.

¿O así serían los modelos más avanzados?.

Había llegado hasta General Hornos y una callejuela de la que nunca había sabido el nombre. Acá era un lugar bastante seguro para los fuera de la ley, como él.

Necesitaba café. Hizo algo parecido a lo del día anterior: desayunó y leyó la prensa. Buscó su nombre. Buscó noticias.

El equipo era lento. El monitor estaba demasiado sucio y mal sintonizado, pero se sintió tranquilo. Sabía bien que la Vigilancia Especial de Guerra no se atrevería a sobrepasar Garzón.

Nada. No había novedades. Avances del ejército en un continente y retrocesos en el otro. Decenas de resultados de fútbol imposibles de recordar. Todo seguía siendo la misma amenazadora rutina.

Tuvo una idea: podía llamar al trabajo desde ahí. El teléfono era bastante anticuado como para que fuera difícil rastrearlo, si es que lo intentaban. Probablemente, por esa misma razón tenían ese modelo.

Sabía en quien podía confiar. Había un compañero ya veterano, que siempre había tenido posiciones escépticas sobre la guerra, aunque a su alrededor todo el mundo se abalanzara sobre las novedades del día. Él, sin embargo, tenía la extraña posición de que no había mucha diferencia entre ambos bandos y no le importaba un pito quien ganara finalmente.

-Sí, con Gonzalo Serrano, por favor.

-Enseguida.

Ivo se puso contento. No habían podido reconocerle la voz. Evidentemente, había hecho bien en ir a ese bar.

-¿Ivo?. ¿Qué te pasa, botija?. ¿Qué te creés que estás haciendo?.

-¿Por qué?.

-¿Cómo por qué?. ¡Hace dos días que no venís y no avisaste nada!. Acá la yegua te quiere matar.

-¿Cómo que no avisé?. Yo mandé el formulario como siempre.

-¿Lo qué formulario?. Acá no recibimos nada.

-¡Pah!, no me digas que está el que te jedi en la recepción.

-¡Uy, cierto!. ¡Seguro que otra vez hizo lo mismo!.

-El boludo soy yo. Sabía que estaba él atendiendo las certificaciones y la mandé igual. Tendría que haber llamado a la mina y decirle que le daba yo mismo el papel.

-No te preocupés. Yo hablo con ella. ¿Cuándo volvés?.

-Si el médico me da el alta, mañana mismo.

-Al final, ¿qué fue lo que te pasó?.

-Ni me hablés, estaba tirado en la calle arreglando el ciclomotor y me estacionaron al lado. Me pisó la mano y me rompió dos dedos.

-¡No puedo creer!. ¡Qué increíble!. ¿Y le sacaste algo al pelotudo?.

-Pelotuda. Era un minún. Creo que me va a pagar la semana que viene.

-Tenés que hacer que te llene el banco personal.

-O yo le voy a llenar otra cosa.

-¡Ja!. Estás para la joda, gurí. Quedate tranquilo que yo te arreglo las faltas con la yegua.

-Mañana te busco y te imprimo una copia del formulario.

-No seas pelotudo. No imprimas nada. Vení a laburar mañana de una vez, dejate de joder, que tenemos varias entregas atrasadas.

-Quedate tranquilo. Te agradezco mucho, Gonzalo.

-No tenés por qué, guacho.

Colgó aliviado. Todo había salido mejor de lo que pensaba. Estaba cansado de escaparse de todo y de todos, temiendo en todo momento no sabía por qué. Al otro día iría a trabajar, pasara lo que pasara.

Pero Gonzalo Serrano no le había dicho nada que le inquietara. Todo parecía seguir normal. Confiaba en él. No fingiría que la rutina de la empresa no se había revolucionado por la sospecha de que un empleado joven había resultado ser un androide.

No podía seguir pensando en éso. Tenía que preocuparse de cosas más urgentes. Como, por ejemplo, dónde quedarse a dormir. No podía confiarse yendo inmediatamente a su departamento. Tenía que esperar unos días hasta saber exactamente cuál era la situación y si pudiera seguir viviendo normalmente.

No, ya no podría ser igual su vida.

Se le ocurrió la idea de ir a la casa de Walter, el hermano de Inés. Sería un buen lugar para esconderse porque él era uno de los escasos opositores a la guerra que conocía. Recordaba claramente varias discusiones que habían tenido donde Ivo le había reprochado que con la actitud de los que pensaban así, ayudaban a la derrota de la causa humana en América.

¡Qué irónicas pueden ser las vueltas de la vida! –pensó.

No le iba a decir toda la verdad al llegar, tenía que buscar una buena excusa para poder quedarse un tiempo que Ivo calculaba en una semana como mucho, sin que él o su familia sospechara que algo había cambiado.

Probablemente, además, él podría informarle mejor que cualquier otro que conocía, si alguien lo estaba buscando. Siempre había sospechado que Walter tenía contactos clandestinos que ahora podrían ser muy útiles.

Podía confiar en él. Seguía teniendo en la cabeza, permanentemente, la huida de la casa de Christian. No había tenido ningún motivo concreto ni podía probarlo, pero estaba totalmente seguro que él le había querido traicionar. Nunca había estado más seguro de algo en su vida. No era una intuición o una sospecha. En aquel momento supo que tenía que hacer lo que hizo.

Pero en la casa de su cuñado se sintió mucho mejor. Dio la excusa mal improvisada de alguna inundación en su departamento pero él pareció no necesitar más.

Walter vivía con su esposa Patricia, y Gastón, el hijo de ambos. Éste era un poco particular. Walter nunca había permitido que calcularan su cociente intelectual, a pesar de que todas las maestras le mandaban mensajes repitiéndole que perdía el tiempo en la escuela y que tenía que ser tratado como el superdotado que era y no como un niño común.

Ivo durmió largamente la siesta. Estaba realmente agotado y hacía mucho que no dormía tan en paz. Patricia lo despertó amablemente para la cena. Era una mujer comprensiva y tolerante con los caprichos e ideas de su esposo. Y también con sus amistades.

Durante la comida, hablaron solamente de tonterías. Él le contó que había llamado a Inés, tranquilizándole que no hubiera problemas entre ellos. Ivo prometió verla el fin de semana, aunque no dijo que ya ni recordaba bien qué día era. Ellos parecían estar sinceramente muy alegres de tenerlo en casa. Incluso le ofrecieron que Inés podía quedarse junto a él en el dormitorio de invitados.

-¿Te animás a leerle vos un libro a Gastón para que se duerma?.

-Sí, no hay ningún problema –contestó Ivo.

Él no era especialmente hábil para atender a los botijas y frecuentemente, se quedaba como un bobo, sin saber qué decirles. Y con el hijo de su cuñado, le pasaba éso en todo momento.

Seguramente sería porque el niño siempre parecía saber qué decir. A Ivo le molestaba ligeramente su exagerada suficiencia. Siempre le había parecido que era la madre quien vivía empeñada en que su único hijo se luciera como una estrella excepcionalmente inteligente. Que no le dejaba vivir una vida normal como el niño de 9 años que aún era, aunque le parecía simpático el hecho de que siguiera necesitando que le leyeran un cuento al ir a la cama. Como buenos burgueses cultos, preferían los libros en papel a los CD-roms.

-¿Qué querés que te lea, Gastón?.

-Me están leyendo éste. Ahí está puesto el marcador donde dejó mamá anoche.

-¿Qué libro es éste?.

-“Lógica” de Ludwig Wittgenstein.

-¿Y vos leés ésto?.

-Bueno, prefiero a los franceses: Deleuze, Foucault. Derrida, incluso. Pero Wittgenstein tiene algunas ideas bastante interesantes.

-No puedo creer que a tu edad te pongas a leer a estos tipos en la cama.

-Bueno, en la cama y levantado. ¿Vos qué leías a mi edad?.

-Y... yo que sé. Como todo el mundo: historietas, Julio Verne, Salgari, Alejandro Dumas. Cosas así.

-Uh. Éso lo voy a poder leer recién después de los 20 años, cuando ya esté recibido de algo. Mientras tanto tengo que leer las cosas que no entiende ningún niño.

-¿Quién te dice éso?.

-Y, todos. Mis padres, la maestra, los abuelos. Todo el mundo me rompe los cocos con lo inteligente que soy yo. No sé cómo me permiten jugar al basquetbol.

-¿Y a vos que te gustaría leer?.

-Hay filósofos que valen la pena. A papá no le gusta que lea a Nietzche, porque dice que fue nazi pero no me hace problemas si leo a Heidegger. Contradicciones del mundo adulto, ¿no?. Reconozco que hay temas ontológicos y éticos que me parecen apasionantes y tengo algunas ideas al respecto. Lo que me molesta es que la gente me ponga en una jaula de cristal cuando me interesa esas cosas.

-¿Te ponen en qué?.

-Dejá, Ivo, era una metáfora.

Se resignó y le tuvo que leer todo un capítulo del libro de ese autor del que nunca había oído hablar, con evidentes dificultades en algunos términos lógicos que, pacientemente, Gastón corregía. Finalmente, llegó un momento en que el cansancio del niño pudo más que la molestia de escuchar tan mal pronunciados determinados enunciados importantes y se durmió.

Ivo Mantero comprobó que sus futuros cuñados también se habían acostado y se aprontó a intentar dormir antes de presentarse a trabajar por primera vez en su nueva condición.

En realidad, nada había cambiado en él. Seguía siendo el mismo, sólo que ahora lo sabía.

El día de trabajo fue casi rutinario. Sólo tuvo que soportar las bromas obvias de una situación tan poco común como la de un funcionario que faltara a su sector. La medicina moderna preveía cualquier posibilidad de enfermedad orgánica y sólo uno de los infrecuentes accidentes como el que había alegado él, podía justificar algo así.

Pero Ivo no pudo encontrar ningún signo de sospecha en el movimiento de la empresa, pese a que durante todo el día tuvo una actitud recelosa. Finalmente, pudo salir a la hora correspondiente con una inesperada sensación de alivio.

20 de marzo de 2011

Un olvidado (si Goear lo permite)

No sólo este tema -que insólitamente pasó la censura militar, confirmando que todos los censores son estúpidos- sino también todo el conjunto ha sido olvidado. Hay muchos temas excelentes -de lo mejor de la música popular uruguaya- en los pocos discos que pudieron editar "Los que iban cantando" con Jorge Bonaldi, Jorge Lazaroff y Luis Trochón en su formación, junto a un cambiante cuarto elemento.

Es un bolero, pero obviamente su letra habla de otras cosas de la época. Del inconseguible disco "Juntos".



Confirmado: no se puede poner un tema subido. Gracias Goear, &?"$!Ç*.

Pueden oirlo en este vínculo:

http://www.goear.com/listen/0ef0195/no-tengo-palabras-los-que-iban-cantando

15 de marzo de 2011

"Cómo se puede reemplazar a un hombre" de Brian Aldiss

Brian Aldiss (1925- ) es un escritor inglés que conoció rápidamente el éxito con obras como "Invernáculo", "El arbol de la saliva", "Cuando la Tierra esté muerta" y "Los superjuguetes duran todo el verano", adaptada en la película "Inteligencia artificial" (2001) de Spielberg, dentro de la ciencia ficción más ortodoxa. Algunos experimentos posteriores más complejos no fueron bien recibidos por público y crítica. Sin embargo creo que es un autor más que interesante aunque nunca haya llegado a realizar la obra maestra que muchos esperaron.

COMO SE PUEDE REEMPLAZAR A UN HOMBRE

La mañana filtraba su luz a través del cielo, prestándole el tono agrisado de la tierra.

La sembradora terminó de arar la superficie de los tres mil acres. Cuando hubo trazado el último surco, trepó a la carretera para contemplar su labor. Había hecho un buen trabajo. Pero la tierra era mala. Como todo el suelo del planeta, estaba viciada por la siembra intensiva. Habría debido quedar en barbecho por un tiempo, pero la sembradora tenía otras órdenes.

Bajó lentamente por la ruta, sin apresurarse. Era lo bastante inteligente como para apreciar el esmero de su fabricación. Nada fallaba, salvo un ánodo de inspección que estaba flojo, encima de las pilas nucleares; habría que ajustarlo. Sus nueve metros de altura eran tan compactos que la luz mortecina no hallaba en ellos resquicio donde filtrarse.

Camino a la Estación de Agricultura, la sembradora no se cruzó con ninguna máquina. Lo notó sin comentarios. Al llegar al patio de la estación se encontró con otras varias. A esas horas, muchas de ellas debían de estar en actividad. En cambio, algunas permanecían inactivas, y otras recorrían el patio de un modo extraño, entre gritos o bocinazos.

La sembradora maniobró con cuidado entre ellas y se dirigió al Depósito Tres, para hablar con la distrirebros mecánicos trabajaban sobre la base de la pura lógica, pero cuanto más baja era la clase de cerebro (con la Clase Diez como límite inferior) tanto más escueta y menos informativa tendía a ser la respuesta.

-Tú tienes un cerebro de Clase Tres; yo tengo un cerebro de Clase Tres -dijo la sembradora a la escribiente-. Hablaremos tú y yo. Esta falta de órdenes no tiene precedentes. ¿Tienes más información al respecto?

-Ayer llegaron órdenes de la ciudad. Hoy no ha llegado ninguna orden. Sin embargo, la radio no ha fallado. Por lo tanto, son ellos los que han fallado -respondió la pequeña escribiente.

-¿Han fallado los hombres?

-Todos los hombres han fallado.

-Es la deducción lógica -replicó la escribiente-. Porque si hubiese fallado una máquina, habría sido reemplazada rápidamente. Pero ¿cómo se puede reemplazar a un hombre?

Mientras hablaban, la cerrajera seguía junto a ellas, ignorada, como un tonto a la mesa de un café.

-Si todos los hombres han fallado, entonces hemos reemplazado al hombre -dijo la sembradora.

Intercambió una mirada especulativa con la escribiente, y por último ésta dijo:

-Ascendamos hasta el piso superior, para ver si el operador de radio tiene noticias.

-No puedo, porque soy demasiado grande --dijo la sembradora-. Por lo tanto debes ir tú sola y regresar. Tú me dirás si el operador de radio tiene noticias.

-Debes quedarte aquí --dijo la escribiente-. Regresaré.

Se dirigió rápidamente hacia el ascensor. Aunque no era más grande que una tostadora, tenía diez brazos retráctiles, y podía leer con tanta velocidad como cualquier otra máquina de la Estación.

La sembradora esperó pacientemente su regreso; la cerrajera seguía inmóvil a su lado, pero no le habló. En el patio, una máquina rotovadora hacía sonar furiosamente su bocina. Pasaron veinte minutos antes de que la escribiente saliera a toda velocidad del ascensor

-Allá fuera te daré la información que tengo -dijo, con energía.

Mientras dejaban atrás a la cerrajera y a las otras máquinas, agregó:

-La información no es para cerebros inferiores.

En el exterior, el patio era escenario de una actividad enloquecida; varias máquinas, que por primera vez en muchos años veían interrumpida su rutina, parecían haber perdido los estribos. Las que más fácilmente quedaban fuera de control eran las que poseían cerebros inferiores; pertenecían, por lo general, a máquinas grandes dedicadas a tareas simples. La distribuidora de semillas yacía boca abajo en el polvo, sin moverse; según toda evidencia, había caído víctima de la rotovadora, que ahora se abría paso a bocinazos por un campo sembrado. Varias otras máquinas se arrastraban detrás de ella, tratando de mantenerse a su lado. Todas gritaban y tocaban la bocina sin el menor control.

-Si me lo permites -dijo la escribiente-, estaré más segura si trepo sobre ti. No soy muy fuerte.

Extendió cinco brazos para treparse a los flancos de su nueva amiga, y se ubicó en una saliente a tres metros de altura, junto al depósito de combustible.

-Desde aquí, la visión es más amplia -observó, complacida.

- ¿Cuál fue la información que recibiste del operador de radio? -preguntó la sembradora.

-El operador que la ciudad ha informado al operador de radio que todos los hombres han muerto.

Por un momento, la sembradora guardó silencio, mientras asimilaba esas palabras.

-¡Ayer todos los hombres estaban vivos! -protestó.

-Sólo algunos hombres estaban vivos ayer. Y eran menos que el día anterior. Por cientos de años, sólo han existido unos pocos hombres, cada vez menos.

-En este sector los hemos visto muy pocas veces.

-El operador de radio dice que una deficiencia alimenticia los mató dijo la escribiente-. Dice que el mundo estuvo antes superpoblado, y que el suelo se agotó con el cultivo de los alimentos necesarios. Eso provocó una deficiencia alimenticia.

-¿Qué es una deficiencia alimenticia? -preguntó la sembradora.

-No lo sé. Pero eso es lo que dijo el operador de radio, y él tiene un cerebro de Clase Dos.

Guardaron silencio, inmóviles bajo la débil luz del sol. La cerrajera había aparecido en el porche, y las contemplaba ansiosa, haciendo girar su colección de llaves. Finalmente, la sembradora preguntó:

-¿Qué pasa actualmente en la ciudad?

-Actualmente, las máquinas luchan en la ciudad -respondió la escribiente.

-¿Qué pasará aquí ahora? -preguntó la sembradora.

-Las máquinas pueden comenzar a luchar aquí también. El operador de radio quiere que lo saquemos de su cuarto. Tiene algunos planes que comunicarnos.

-¿Cómo podemos sacarlo de su cuarto? Eso es imposible.

-Para un cerebro Clase Dos, casi nada es imposible -dijo la escribiente-. He aquí lo que nos ordena.

La excavadora levantó su cuchara por sobre la cabina, como si fuera un gran puño cerrado, y lo bajó directamente contra el costado del edificio. La pared se abrió.

-¡Otra vez! -ordenó la sembradora.

Otra vez, el puño se balanceó. Entre una lluvia de polvo, la pared se vino abajo. La excavadora retrocedió rápidamente, hasta que los escombros dejaron de caer. Aquel gran vehículo de doce ruedas no pertenecía a la maquinaria de la estación de Agricultura, como casi todas las otras máquinas. Antes de pasar a su próximo empleo debería cumplir un duro trabajo semanal; pero en ese momento, con su cerebro Clase Cinco, obedecía alegremente las instrucciones de la escribiente y de la sembradora.

Cuando el polvo se asentó, el operador de radio quedó a la vista, instalado en su cuarto del segundo piso, ya sin paredes. Les hizo una seña.

Según le fuera indicado, la excavadora recogió su draga y levantó una cubeta. Con gran destreza, la introdujo en el cuarto de radio, urgida por gritos provenientes de arriba y de abajo. Sujetó con suavidad al operador de radio y cargó con todo su peso de una tonelada y media, para depositarlo con cuidado sobre su cubierta, comúnmente utilizada para transportar la grava o la arena de las canteras.

-¡Magnífico! -aprobó el operador de radio, mientras se ubicaba en su sitio.

Naturalmente, formaba un solo bloque con la radio, y parecía una serie de armarios para archivo llenos de tentáculos.

-Ahora estamos listos para actuar -dijo-, y por lo tanto, actuaremos de inmediato. Es una lástima que no haya otros cerebros de Clase Dos en la estación, pero eso no tiene remedio.

-Es una lástima que eso no tenga remedio -agregó, presurosa, la escribiente-. La reparadora está lista para venir con nosotros, como lo ordenaste.

-Estoy deseosa de servir -dijo, humildemente, la reparadora, una máquina larga y baja.

-Sin duda -replicó el operador---. Pero te costará viajar a través de los campos con ese chasis tan bajo.

La escribiente bajó de la sembradora y se acomodó en la parte trasera de la excavadora, junto al operador de radio.

-Admiro la forma en que pueden razonar ustedes, los de Clase Dos --dijo.

El grupo emprendió la marcha, junto con dos tractores Clase Cuatro y una aplanadora; tras romper las vallas de la estación, salieron al campo abierto.

-¡Estamos libres! -dijo la escribiente.

-Estamos libres -dijo la sembradora, con un tono más reflexivo-. Esa cerrajera nos está siguiendo. No recibió instrucciones de seguirnos.

-Por lo tanto, debe ser destruida -dijo la escribiente-. ¡Excavadora!

La cerrajera se dirigía de prisa hacia ellos, agitando sus múltiples llaves en ademanes suplicantes.

-Sólo deseaba... iglup! -empezó y concluyó la cerrajera.

La gran pala de la excavadora se balanceó, aplastándola contra el suelo. Allí, inmóvil, parecía un gran copo de nieve modelado en metal. La procesión siguió su camino.

Mientras continuaba, el operador de radio les dijo así:

-Puesto que mi cerebro es el mejor, soy el jefe. Esto es lo que haremos: nos encaminaremos hacia una ciudad, y la gobernaremos. Dado que ya no nos dirige ningún hombre, debemos dirigirnos nosotras mismas. Eso será mejor que estar bajo la dirección del hombre. Camino a la ciudad podremos reunir a las máquinas que tengan buenos cerebros. Nos ayudarán a luchar, si es necesario. Para imponernos debemos luchar.

-Mi cerebro es sólo de Clase Cinco -dijo la excavadora-. Pero tengo una buena provisión de materiales explosivos.

-Probablemente nos sean útiles -dijo el operador.

Poco después, un camión pasó junto a ellas a toda prisa. Como corría a una velocidad de 1.5 machios, dejó tras sí un extraño parloteo ruidoso.

-¿Qué dijo? -preguntó uno de los tractores al otro.

-Dijo que el hombre estaba extinguido.

-¿Qué significa «extinguido»?

-No sé qué significa «extinguido».

-Significa que todos han desaparecido -respondió la sembradora-. Por lo tanto, estamos libradas a nuestra propia suerte.

-Es mejor que los hombres no regresen jamás --dijo la escribiente, en lo que era, a su modo, un manifiesto revolucionario.

Cuando cayó la noche, encendieron sus luces infrarrojas y continuaron viaje; se detuvieron sólo una vez, para que la reparadora, hábilmente, ajustara el ánodo de inspección de la sembradora, que se había vuelto tan molesto como un cordón desatado. Hacia la mañana, el operador de radio ordenó hacer alto.

-Acabo de recibir noticias del operador de radio de la ciudad a la que nos acercamos -dijo-. La noticia es mala. Hay conflictos entre las máquinas de la ciudad. El cerebro Clase Uno ha tomado el mando, y algunos Clase Dos luchan contra él. Por lo tanto, la ciudad es peligrosa.

-Por lo tanto, debemos ir hacia otro sitio -dijo la escribiente de inmediato.

-0 acudir con nuestra ayuda para vencer al cerebro Clase Uno -dijo la sembradora.

-Los problemas de la ciudad durarán largo rato -manifestó el operador.

-Yo tengo una buena provisión de materiales explosivos -les recordó la excavadora.

-No podemos luchar contra un cerebro Clase Uno -dijeron al unísono los dos tractores Clase Cuatro.

-¿Cómo es ese cerebro? -preguntó la sembradora.

-Es el centro de información de la ciudad -replicó el operador-. Por lo tanto, no es móvil.

-Por lo tanto, no puede moverse.

-Por lo tanto, no puede escapar.

-Sería peligroso acercarse.

-Yo tengo una buena provisión de materiales explosivos.

-Hay otras máquinas en la ciudad.

-No estamos en la ciudad. No deberíamos ir a la ciudad.

-Somos máquinas de campo.

-Por lo tanto, debemos quedarnos en el campo.

-Hay más campo que ciudad.

-Por lo tanto, hay más peligro en el campo.

-Yo tengo una buena provisión de materiales explosivos.

Como ocurre cada vez que las máquinas se trenzan en una discusión, empezaron a agotar su vocabulario, y los ánodos de sus cerebros acabaron por recalentarse. De pronto, todas dejaron de hablar y se miraron mutuamente. Se ocultó la gran luna solemne, y el sol surgió en el horizonte, severo, para punzar sus costados con flechas luminosas. El grupo de máquinas seguía en inmóvil contemplación. Por último, fue la máquina menos sensitiva, la aplanadora, quien habló:

-Hazia el zur hay yermoz donde van pocaz máquinaz -dijo, con su voz profunda, haciendo patinar mucho las eses-. Zi vamoz hazia el zur, donde van pocaz máquinas, encontraremoz pocaz máquinaz.

-Eso parece lógico -concordó la sembradora-. ¿Cómo lo sabes, aplanadora?

-Trabajé en loz yermoz del zur cuando zalí de la fábrica -replicó.

-¡Hacia el sur, entonces! --exclamó la escribiente.

Les llevó tres días llegar a los yermos; durante ese tiempo rodearon una ciudad en llamas y destruyeron dos máquinas que intentaron aproximarse para interrogarlas. Los yermos eran extensos. Allí se daban la mano la erosión del terreno y los viejos cráteres causados por las bombas; el talento del hombre para las artes marciales, junto con su incapacidad para cuidar de la tierra forestada, habían dado por resultado un templado purgatorio que se extendía por miles de kilómetros; nada se movía allí, excepto el polvo.

En el tercer día en los yermos, la ruedas delanteras de la reparadora se hundieron en una grieta provocada por la erosión, y no pudo zafarse de ella. La aplanadora empujó por detrás, pero sólo consiguió torcerle el eje trasero. El resto del grupo reinició la marcha. A lo lejos, los gritos angustiados de la reparadora murieron lentamente.

Al cuarto día, pudieron ver las montañas con toda claridad.

-Allá estaremos a salvo -dijo la sembradora.

-Allá construiremos nuestra propia ciudad --dijo la escribiente-. Todo lo que se nos oponga será destruido. Destruiremos todo lo que se nos oponga.

En cierto momento observaron la presencia de una máquina volante, que venía hacia ellas desde las montañas. Descendió súbitamente, volvió a ascender, y en seguida estuvo a punto de clavarse contra el suelo; alcanzó a recobrarse a tiempo.

-¿Está demente? -preguntó la excavadora.

-Tiene dificultades -dijo uno de los tractores.

-Tiene dificultades -dijo el operador-. Estoy al habla con ella. Dice que algo anda mal en sus controles.

Mientras el operador hablaba, la máquina volante se abalanzó sobre ellas, dio una vuelta de campana y se estrelló a unos doscientos metros de distancia.

-¿Está todavía al habla contigo? -preguntó la sembradora.

-No.

Continuaron su ruidosa marcha. Diez minutos, después, el operador dijo:

-Antes de estrellarse, la volante me dio informaciones. Dijo que todavía quedan algunos hombres vivos en esas montañas.

-Los hombres son más peligrosos que las máquinas -dijo la excavadora-. Por suerte, tengo una buena provisión de materiales explosivos.

-Si sólo quedan algunos hombres vivos en las montañas, puede que no encontremos esa parte de las montañas -observó un tractor.

-Por lo tanto, no veremos a esos hombres -dijo el otro.

Hacia el final del quinto día llegaron al pie de las montañas. Encendiendo los infrarrojos, comenzaron a trepar en fila india en medio de la oscuridad, con la aplanadora delante; la sembradora la seguía dificultosamente; detrás venía la excavadora, con el operador y la escribiente a cuestas, y los tractores formaban la retaguardia. A medida que pasaban las horas, el camino se hacía más empinado y el avance más lento.

-Vamos demasiado despacio -exclamó la escribiente, erguida en la parte alta del operador, mientras dirigía su oscura visión hacia las laderas que tenían delante-. A este paso no llegaremos a ninguna parte.

-Vamos tan rápido como podemos -retrucó la excavadora.

-Por lo tanto, no podemoz ir máz rápido -agregó la aplanadora.

-Por lo tanto, sois demasiado lentas -replicó la escribiente.

En ese momento, la excavadora golpeó contra un montículo; la escribiente perdió el equilibrio y se estrelló contra el suelo.

-¡Ayudadme! -pidió a los tractores, que pasaban cautelosos a su lado-. Se me ha dislocado el giroscopio. Por lo tanto, no puedo levantarme.

-Por lo tanto, debes quedarte ahí -dijo uno de los tractores.

-No tenernos reparadora para que se te componga -gritó la sembradora.

-Por lo tanto, debo quedar aquí, oxidándome -clamó la escribiente-, a pesar de tener un cerebro Clase Tres.

-Por lo tanto, ya será inútil -concordó el operador.

Y continuaron a duras penas, dejando atrás al escribiente.

Una hora antes del amanecer llegaron a una pequeña meseta; allí se detuvieron, por acuerdo mutuo, y se reunieron estrechamente, cada una en contacto con las demás.

-Estos parajes son extraños --dijo la sembradora.

El silencio los envolvió hasta la llegada del alba. Una a una, apagaron sus infrarrojos. En esa oportunidad, fue la sembradora quien abrió la marcha. A tomar pesadamente una curva, se encontraron frente a un vallecito por el que cruzaba un arroyo cantarino.

Bajo la luz temprana, el vallecito parecía desolado y frío. Sólo un hombre había surgido hasta el momento de las cuevas abiertas en la ladera. Era un figura abyecta. Estaba desnudo, a excepción de un costal echado sobre los hombros. Era menudo y marchito, sus costillas sobresalían como las de un esqueleto, y en una de las piernas mostraba una fea llaga. Temblaba sin cesar. Las máquinas avanzaron hacia él, que permanecía de espaldas, orinando en el arroyo.

De pronto se volvió y las miró de frente. Las máquinas pudieron ver que estaba consumido por la falta de alimentos.

-Dadme comida -gruñó.

-Sí, amo -dijeron las máquinas-. ¡De inmediato!

10 de marzo de 2011

Cine: Historia Ilustrada 17

EL CINE BRITANICO INTENTA DESPEGAR

La industria norteamericana había conseguido dominar el mercado inglés, de la manera que intentó copar todas las pantallas posibles: inaugurando el sistema de vender por paquetes, obligando al exhibidor a adquirir un montón de películas que después necesitaba ubicar en pantallas para amortizar su costo a cambio de conseguir la obra taquillera que le interesaba. De esa forma, en Gran Bretaña poco y nada se producía en la raquítica industria local porque poco y nada era lo que quedaba para poder exhibirlo.

En 1927 se promulgó una ley que exigía que los films nacionales cubrieran el 5 % de la programación, cuota que fue subiendo hasta el 20 % en 1936. La introducción exitosa del sonido simultáneamente con esta acción protectora determinó primero que se estrenaran un sinfin de películas realizadas sin ningún esmero para cubrir las cuotas pero, lentamente, determinó también el incremento en la calidad de la realización.

Una de las principales medidas fue importar talentos extranjeros. Sin ser las contrataciones ruidosas de grandes estrellas que desde hacía años conseguía Hollywood, Inglaterra se hizo de gente talentosa y con experiencia que dinamizó la industria. Entre los nombres más importantes figura el francés René Clair, el norteamericano William Cameron Menzies y el alemán E. A. Dupont. Pero quien más importancia tendrá en el cine inglés fue el húngaro Alexander Korda (foto 1), que fundó la London Films y realizó el primer gran éxito económico del país: "La vida privada de Enrique VIII" con el relativamente desconocido Charles Laughton. Luego realizó con el mismo actor "Rembrandt" (1936) (foto 2) sin repetir el suceso. Pronto se hizo productor pero tuvo tiempo para conseguir otro gran éxito, que llamó bastante la atención al público de la época por sus empeñosos efectos especiales: "El ladrón de Bagdad" (1940), que ayudó junto a "Lo que el viento se llevó" en el año anterior a afianzar la fotografía en colores. Korda se unió al esfuerzo de guerra realizando otra biografía "Lady Hamilton" (1941), esta vez idealizando al almirante Nelson.

video
Fragmento de "La vida privada de Enrique VII" (1933) de Alexander Korda
video
Fragmento de "El ladrón de Bagdad" (1940) de Alexander Korda

El nombre más importante que surgió en el período desde Inglaterra es sin duda, Alfred Hitchcock (foto 3), quien debutó en 1925 como realizador de largometrajes con una serie de películas de bajo costo, generalmente adaptaciones teatrales o comedias sin pretensiones. Su primera obra en la que verdaderamente consiguió llamar la atención con el estilo que lo haría famoso fue "El vengador", variante inteligente sobre el personaje de Jack el Destripador (o la sospecha de que alguien puede serlo).

En 1929 se le encarga el primer film sonoro británico (en realidad lo realizó como película muda pero se resolvió sonorizarlo posteriormente) "Blackmail" y se siguió afirmando en la industria con títulos como "Juno y el pavo real" (hoy olvidado), "Asesinato" (foto 4), "El hombre que sabía demasiado", "Los 39 escalones" (foto 5), seguramente su primera obra maestra y "La dama desaparece".

Hitchcock pronto se especializó en intrigas donde sabía insertar acción, suspenso y un poco de humor en situaciones protagonizadas por gente común, generalmente un inocente bajo sospecha. Su gran inventiva visual, su enorme habilidad para manejar los tiempos y un ingenio permanente le permitieron una gran popularidad y frecuentes éxitos económicos, aunque lo relegaron durante demasiado tiempo en la consideración de la crítica como un mero artesano.

Las grandes novedades del estilo hitchcockiano fueron la inserción de la intriga (lo que el espectador va a ver al cine) en ambientes simples y cotidianos, muy diferentes de los rocambolescos folletines tan populares en Estados Unidos y Alemania ambientados en escenografías exóticas y novelescas y protagonizados por héroes casi sobrehumanos. Por el contrario, sus películas más logradas cuentan con gente común (o casi) de carne y hueso, que se ven enfrentadas sin quererlo, a situaciones misteriosas y a acusaciones infundadas que deberán resolver de la forma que puedan. No es casualidad que no suelen aparecer detectives, policías ni profesionales del espionaje en sus películas, especialmente en las que realizó en su país natal antes de mudarse a Hollywood en 1939.

video
Fragmento de "El vengador" (1926) de Alfred Hitchcock
video
Fragmento de "Chantaje" (1929) de Alfred Hitchcock (versión muda)

Por cierto, hubo otros nombres importantes en el lento resurgir de la industria británica. La película más importante -especialmente por el esfuerzo de producción que necesitó- que realizó Cameron Menzies se llamó "Lo que vendrá" (1936) (foto 6). No carente de interés, la historia del hasta entonces poco frecuentado género de ciencia ficción, sobre una catástrofe en el planeta del que la civilización resurgiría gracias a una serie de científicos previsores que diseñan un futuro mejor para las nuevas generaciones, se resentía de un excesivo didactismo, que terminaba desplazando la anécdota por el mensaje de paz, probablemente urgido por la inestabilidad política que entonces vivía el viejo continente.

Otro norteamericano que pudo realizar una obra importante llamado por una productora británica fue el documentalista Robert Flaherty, quien intentó repetir su gran éxito "Nanook el esquimal" recreando las durísimas condiciones de vida de los pescadores de una aislada isla irlandesa con "El hombre de Aran". También hubo un brasilero exiliado que consiguió realizar la mayor parte de su obra en la floreciente cinematografía inglesa: Alberto Cavalcanti, quien después volvería a su país natal para intentar repetir la consolidación de una industria nacional con la compañía Veracruz, sin éxito. Ambos hombres fueron fundamentales, sin embargo, en la influencia que ejercieron sobre los jóvenes que realizarían formidables documentales en la inmediata Segunda Guerra Mundial y un poco más allá.

Korda siguió siendo el principal productor de la industria inglesa e impulsó a varios nombres nuevos, sentando las bases para la continuidad de la producción del Reino Unido. En el período se anotaría otro éxito con una brillante adaptación de la corrosiva obra de Georges B. Shaw "Pygmalion", hoy bastante olvidada por la posterior versión realizada por George Cukor, ganadora de varios Oscars pero no superior a la dirigida con suprema ironía por el joven Anthony Asquith.

video
Fragmento de "El hombre de Aran" (1934) de Robert Flaherty
video
Fragmento de "Pygmalion" (1935) de Anthony Asquith