30 de mayo de 2011

Yo decido... (si nací con pito)

El aborto está penalizado en nuestro país desde la Constitución de 1934. O sea, que si una mujer queda embarazada es ilegal si intenta no concebir. Es más, para la Iglesia Católica -y seguramente, alguna más- es además inmoral (pecado, bah) cualquier medida que tome para evitar un embarazo en sus relaciones sexuales (condón, DIU, píldoras). O sea, gente -hombres, en su inmensa mayoría- que no tienen nada que ver en el asunto se abrogan el derecho (y el deber) de mandatar a las mujeres qué pueden hacer y qué no. ¿Basado en qué?. ¿En lo mejor para la mujer?. No, señor, no sea tontito. En sus propios prejuicios y en su desprecio irracional al sexo débil.

Para comenzar, hay que desmentir una falacia repetida permanentemente por quienes quieren impedirle a las mujeres su decisión libre en prácticamente todo lo que tiene que ver con su -demonizada- sexualidad: quienes estamos a favor de DESPENALIZAR el aborto no estamos a favor DEL aborto. No estamos empujando alegremente a las embarazadas a que se sometan a esa operación siempre traumática. Simplemente -y el error no es casual- queremos que tengan libertad de elegir. Que la mujer hace mucho que dejó de ser una máquina de tener hijos y criarlos (lo más sola que nos quede cómodo a los hombres). Nadie va a abortar cagándose de la risa. Ni los despenalizadores le queremos imponer a las parturientas que es mejor abortar que tener al hijo. Sólo queremos que sea una decisión personal y no de un cura.

¿LA BIBLIA CONDENA AL CONDÓN Y AL ABORTO?
La misma iglesia que -especialmente en sus jerarquías superiores y más enriquecidas- poco y nada dijeron sobre las atrocidades que ocurrieron en nuestro continente (por decir algo) se embarcan con enorme entusiasmo en una campaña para impedirle la libertad a las mujeres. ¿Qué tienen que decir quienes tienen que renunciar al sexo para desempeñar su profesion sobre la vida sexual de quienes no siguen su carrera?. El Vaticano sólo va a empezar a tener autoridad moral cuando condene enérgicamente -y sin complicidades ni encubrimientos- a sus empleados que violaron niños y niñas.

Pero en otros países se han encargado de presentar informes seudo-científicos en que intentan demostrar desde qué momento del embarazo un embrión comienza a ser un ser humano y no puede "matarse". Por supuesto que en un aborto estamos "matando" a un ser humano. Tampoco le permitimos nacer a un niño (o niña) en el momento en que tenemos sexo con precauciones. Y no le permitimos vivir a un ser humano ahora que yo estoy escribiendo o usted está leyendo o en cualquier momento en que no estemos teniendo sexo (sin protección). Probablemente, los más "matadores" sean los curas que no tienen nunca relaciones sexuales.

Ahora, como bien lo supieron Servet, Galileo y Giordano Bruno, la Iglesia Católica Apostólica Romana nunca fue demasiada afecta a estimular la investigación científica. Para esto, sí. Mirá vos...

NO ME TOQUEN EL BOLSILLO DE LA TÚNICA
Un aspecto del que -llamativamente- nunca se habla, por lo menos en Uruguay, es el de los ginecólogos que se enriquecen con las clínicas -clandestinas- para realizar abortos. Ellos son los máximos interesados en que se mantenga el actual estado de cosas. Si la interrupción del embarazo sigue siendo ilegal, sigue siendo no regulada. Las condiciones de trabajo y el precio, lo pongo yo médico. Negocio redondo, que le dicen. La experiencia me indica largamente que entre galenos jamás se tocan, aunque uno de ellos sea Presidente de la República. Con la solitaria excepción notoria del doctor Leonel Briozzo (y probablemente otros que no conozco) a los ginecólogos parece importarles un carajo la salud de la mujer.

En los últimos tiempos -y fundamentalmente por la campaña llevada a cabo desde el Pereyra Rossell por Briozzo- muchas mujeres que no son de clase alta pueden evitar el peligroso y muy caro aborto, utilizando la pastilla Misoprostol que es bastante menos agresiva para su salud. Por supuesto, sigue estando prohibida y sólo la reciente imposición del M.S.P. permitió abrir policlínicas de Salud Sexual en mutualistas y hospitales para que las damas pudieran asesorarse sobre esas posibilidades que da la ciencia (que para eso están los médicos). Alguna mutualista confesional y algunos doctores siguen oponiéndose, anteponiendo sus prejuicios al bienestar de las pacientes. O su conveniencia económica.


video

Para finalizar, la formidable parodia musical "Todo esperma es sagrado" de los Monty Phyton en la película "El sentido de la vida" (1983)

25 de mayo de 2011

Historia Ilustrada del Jazz 20

COMENZANDO A TRASCENDER EL HARD BOP: OSCAR PETERSON, FREDDIE HUBBARD Y AHMAD JAMAL

Con la irrupción del primer rock and roll se diluyó definitivamente cualquier posibilidad de que el jazz volviera a los primeros lugares en ventas de discos o, simplemente, en la consideración popular. Una de las pocas consecuencias positivas de ese fracaso económico fue el de ampliar las libertades de los músicos, quienes pudieron avanzar en los caminos que ellos mismos prefirieran sin tantos condicionamientos de las empresas que conseguían el grueso de sus ganancias en otras fuentes. Sin presiones de imitar a tal o cual artista de éxito, el jazz comenzó a diversificarse libremente en variadas direcciones, incluyendo una vertiente nostálgica por el estilo primitivo de New Orleans, denominada Dixieland.

Frente a los gigantes John Coltrane y Charles Mingus, figuras decisivas en toda la historia de la música improvisada, otros intérpretes se destacaron y realizaron grandes discos, aun sin llegar realmente al sitio al que muchos creyeron que podían llegar. Dentro de los tres músicos elegidos hoy, nótese la gran variedad de estilos y propuestas.

El canadiense Oscar Peterson (1925-2007) fue un pianista exhuberante y técnicamente apabullante que conoció el éxito desde muy joven en su Montreal natal. Criticado frecuentemente por sobreactuar con muchas notas de más su pianismo, sin embargo sus discos escuchados hoy tantos años después, no parecen tener nada de los excesos del más aceptado Art Tatum. En todo caso, su swing es indiscutible.

De formación clásica, pese a su origen humilde, Peterson fue contratado en Estados Unidos antes de tener 25 años y se consagró definitivamente pocos años después cuando integró un trío con los más veteranos Barney Kessel en guitarra y Ray Brown en contrabajo. Este tipo de formación (o con batería) fue su preferida durante toda su carrera, a excepción de algún ocasional cuarteto siempre sin vientos. Fue bastante hábil para manejar su carrera sin demasiadas concesiones, apenas dedicando parte de su tiempo a acompañar cantantes famosos (sobre todo Ella Fitzgerald) y emprendiendo largas giras mundiales con planteles de "estrellas" que incluían músicos veteranos de otras épocas.

Uno de los pianistas con mejor técnica de todos los tiempos, su inventiva, su uso frecuente de ritmos poco convencionales y su brillante olfato para contratar grandes acompañantes (Herb Ellis, Buddy Rich, Georges Mraz, Joe Pass, entre otros) le convirtieron en uno de los más celebrados tecladistas del mundo del jazz hasta su retiro forzado en 1993 por problemas cardíacos que afectaron su movilidad.

Con alma

C jam blues

Bag's groves


El trompetista Frederick "Freddie" Hubbard (1938-2008) era hijo de un pianista y tocó muy joven con el gran guitarrista Wes Montgomery para luego formar parte, entre otros, de los conjuntos de Sonny Rollins y Quincy Jones, con quien trabajaría en varias etapas más. En 1961 ingresa en los "Jazz Messenger" de Art Blakey sustituyendo al notable Lee Morgan. Desde ese momento, los discos brillantes se sucedieron sin pausas, ya sea como integrante del conjunto de Blakey o como solista. En los Messenger, Hubbard tocó el más puro hard bop pero simultáneamente contribuyó decisivamente en "Free jazz" el disco inicial de ese movimiento, dirigido por Ornette Coleman.

Tocó con casi todos los grandes de la época (Eric Dolphy, Dexter Gordon, Coltrane, Max Roach, Herbie Hancock) y su ascendente carrera hizo presagiar a varios que terminaría superando a los más grandes en su instrumento (Gillespie y Miles). El éxito de público y crítica parecía serle perpetuo pero a fines de los 60 siguió por el camino inaugurado por el propio Davis de incorporar elementos de rock y electrificando la orquesta (incluyendo su trompeta), lo que lo alejó irremediablemente de los puristas del jazz, aunque siempre mantuvo su buen nivel. Pero el daño estaba hecho: la calidad de sus grabaciones anteriores era demasiado alta para que le aceptaran un cambio drástico en su carrera y el prestigio de Hubbard descendió inevitablemente.

Las críticas, veladas hasta comienzos de los 70, se hicieron estruendosas con los discos que grabó posteriormente, indisimuladamente comerciales. Generalmente es excluído de estos reproches el doble "V.O.S.P.", realizado con Hancock. Un poco injustamente defenestrado, se fue retirando en los 80 por una serie de problemas de salud.

Prophet Jennings

You're mi everything

Hub-tones

Lament for Booker



Fritz Jones nació en 1930 en Pittsburgh y los comienzos de su carrera como pianista fueron, principalmente, como acompañante de cantantes. Sobre la segunda mitad de los 50 se convirtió al Islam y adoptó el nombre de Ahmad Jamal. La gran mayoría de su carrera estuvo basada en la formación clásica de trío (piano, batería o guitarra y contrabajo), desde la cual fue desarrollando su particular estilo calificado generalmente como "minimalista", muy alejado por cierto de la exhuberancia técnica un poco gratuita que caracterizó al celebrado Tatum, que se señala como su máxima influencia inicial. Refinado y con buen gusto infalible, sus versiones de clásicos distan mucho de ser meros "covers" sin creatividad, permitiendo por el contrario, una adaptación personal a su estilo tan especial.

Generalmente deja mucho lugar para el lucimiento de sus acompañantes, frecuentemente interactuando en pie de igualdad con el contrabajo, Jamal disfrutó del éxito hasta avanzados los años 60 con su música atemporal, al margen de movimientos y etiquetas, permaneciendo un poco olvidado en tiempos más recientes.

A gal in Calico

Stompin' at the Savoy

Taboo

20 de mayo de 2011

¿We don't need education? 1

CREO QUE NO ESTÁ DE MÁS ACLARAR, ANTES QUE NADA, QUE QUIEN OPINA AQUÍ NO ES PEDAGOGO, PROFESOR NI EXPERTO EN NADA QUE TENGA QUE VER CON LA EDUCACIÓN.

Estoy aburrido de escuchar y leer que la educación es fundamental para el futuro en nuestro país. Que necesitamos trabajadores calificados y que quienes más avanzan en sus estudios consiguen mejores empleos. Está bien, me parece razonable. Pero hay muchas más cosas sobre las que opinar y yo también lo hago, en mi condición únicamente de ciudadano que tiene un blog.

Me quedaron un par de materias para terminar 6º año de liceo y, por varias razones, la dejé ahí y no pude (ni quise) hacer una carrera terciaria. Hice toda mi educación durante la dictadura. No hay que cargar mucho las tintas sobre ello. Sólo lo necesario para comparar sin falsedades aquellos tiempos y éstos. Qué cosas realmente cambiaron y cuáles siguen exactamente igual. Sin frases hechas ni golpes bajos pero sin prejuicios. Y sin intereses. No estaría mal, si me saliera en esta nueva serie.

Por ejemplo: ¿Tenemos que educar a nuestros jóvenes únicamente para que se inserten en el mercado de trabajo?. ¿O tenemos que darle una educación mucho más integral?. Si es esto último, ¿qué tan integral como para que no se vaya por las ramas exigiéndole aprobar materias que no tienen nada que ver con su futura vida adulta?. Si nos inclinamos hacia la practicidad, no le estamos haciendo el juego a los sectores burgueses que preferirían con toda el alma que la gente pobre sólo aprendiera a trabajar, porque piensan que sólo sirven para eso?.

Vayamos a una materia específica: música, por decir alguna. ¿Qué música le enseñamos a los adolescentes de 2011 en un liceo?. En mis tiempos, se daba exclusivamente música clásica. Y, por si fuera poco, la más clásica de las clásicas. Mozart, Beethoven y Chopin, los más institucionalizados. Me encantan los tres, ¿pero a cuántos teenagers de hoy les puede interesar?. ¿Pueden ser la puerta de acceso a la cultura para nuestros hijos, sólo por ser "cultos"?. -Entonces, ¿qué enseñamos?, me puede preguntar alguien. ¿Cumbia villera, hip hop?. En realidad, muchos estudiantes la escuchan y les interesa mucho más, pero... son los jóvenes, que como la gente de TODAS las edades consumen acríticamente lo que los grandes medios de comunicación les flechan para que elijan. ¿La educación de nuestra sociedad va a institucionalizar eso?.

¿Qué le enseñamos entonces?. ¿Los Stones, Nirvana, NTVG, sólo música uruguaya (entendida como cualquier cosa de este país, sin importar su calidad haciendo uso de un nacionalismo berreta), Zitarrosa, Diego Torres?. ¿De qué forma les damos información para educar su gusto musical -siguiendo el ejemplo-, ampliar sus opciones y darles herramientas para que puedan hacer una elección de gustos y de disfrute de la música mejor y lo más completa -o sea, lo más democrática- posible?.

Obviamente, la materia Música es sólo un ejemplo. ¿Interesa o no que nuestros hijos sepan en qué continente está Libia, aunque mañana trabajen de mecánicos de autos?. ¿Tienen que tener conocimientos de geografía los gurises de las clases obreras y media bajas o sólo los que pueden pagarse un instituto privado y prestigioso, de donde saldrán los futuros "jerarcas"?.

Creo que está bueno que haya facilidades para los jóvenes (y las jóvenes) que quieran aprender sanitaria, albañilería, electricidad o cualquier otro oficio, aunque no sea "fashion". Pero no quisiera, al mismo tiempo, que a mi hijo lo vieran como una mera "unidad", útil sólo para ser un engranaje dentro de una máquina y tomar cerveza frente al televisor en su tiempo libre.


Another brick on the wall

15 de mayo de 2011

El séptimo item del menú III

Volvió a la casa de su cuñado a la hora de la cena. Todos se rieron con las dificultades de él para leer que, por cierto, Gastón no tenía desde hacía muchos años. Walter bromeó que sería mejor que esa noche le repitiera las formaciones de Racing en los últimos diez años si querían escuchar algo que Ivo pudiera entender.

Al terminar de comer, Patricia juntó la mesa y lavó todos los platos. Su esposo prendió un cigarrillo y le dio la buena noticia de que Inés venía al otro día al mediodía, así que se podrían ver cuando Ivo saliera de trabajar. Walter agregó que quería hablar más largamente con él, a solas, lo que lo inquietó.

Pero no pensaba más que en volver a ver a ella. Leyó un poco de aquel libro al niño y éste le explicó de forma que Ivo pudiera entender algunos de los conceptos tan poco ortodoxos del filósofo, hasta que cerró los ojos.

Al otro día, ya en viernes, trabajó con más entusiasmo que nunca, pensando en aprovechar el fin de semana para olvidarse de todo y descansar con Inés de unos días agotadores.

Gonzalo Serrano lo llamó a su oficina. Le dio un sobre para que entregara urgente en un domicilio privado, cosa que no era frecuente pero que algunas veces había hecho.

-Disculpame, pero ésto es en Tres Cruces y no es mi zona. Ahí tiene que ir...

-Yo quiero que vayas vos.

-Sí, yo iría, pero no puedo pasar por encima de un compañero. Además, si se entera la tipa...

-Quedate tranquilo, que yo lo arreglé. Quiero que llevés ésto inmediatamente.

-No, no puedo. Disculpame, no te enojés, pero sabés que ya tuve problemas...

-¿No entendés que te tenés que ir inmediatamente!. Me cago en todos los papeles, llevá ésto a esa dirección que te puse ahora o te saco por la ventana.

Ivo titubeó. Jamás había visto así a ese hombre que parecía ser la tranquilidad en persona. Los ojos parecían salirse de las órbitas, pero hacía un gran esfuerzo, evidentemente, por no levantar la voz. Se había levantado y, suavemente, lo empujaba hasta la salida.

-Llevá ésto ahí y andá lo más rápido que puedas. Deciles que te mandé yo y rajá. Rajá ahora antes que nos vea alguien.

Ivo Mantero se fue caminando a 7,156 kilómetros por hora, según pudo calcular. No vio uniformados en su camino pero retardó su andar, temeroso de llamar la atención hasta que llegó a la dirección que tenía el sobre.

Alguien preguntó quién era sin abrir la puerta cuando tocó el timbre.

-Me manda Gonzalo Serrano.

Una mujer muy flaca, que andaría por la treintena de años, le abrió un espacio apenas suficiente para que Ivo pudiera entrar a la habitación insuficientemente iluminada por una antigua bombita desnuda.

La mujer leyó ansiosamente la carta y, sin abrir la boca, se quedó mirándolo.

-Tú serás “Descartes” para todos nosotros.

-¿Lo qué?.

-Siempre que estés en dificultades, tratá de conectarte con alguno de nosotros. Usá ese nombre, no el tuyo verdadero. Eso lo explicará todo.

-¿Por qué no empieza explicándome a mí, ya que estamos?.

-No, tenés que ir entendiendo todo a su debido tiempo. Y no le des detalles de tu vida, de tu familia ni de lo que hacés a nadie. Incluyéndome a mí.

-¿Por qué?.

-Por tu seguridad, claro.

-¡Ah, claro!.

-Hoy es un día clave –prosiguió la mujer- ellos piensan hacernos mucho daño a nosotros destruyéndote a vos. Por eso, te mandamos acá. Primero, no vuelvas a tu trabajo.

-¿Cómo?.

-Ahí ya no es seguro para vos. Seguramente, te van a ir a buscar hoy.

-Sí, no me correspondía esta zona, pero qué tiene que ver...

-Segundo, tratá de asegurarte que puedan estar seguros tus seres queridos. Si estás viviendo con alguien, es probable que ellos lo sepan.

-¿Quiénes son ellos?.

-¿Ellos?.

La mujer sonrió apenas, función que Ivo hubiera jurado imposible. No sabía si su cara arrugada y triste era producto de una prolongada militancia en esa causa misteriosa o si era consecuencia natural de superar los treinta años.

-El Gobierno sabe quién sos vos. Probablemente, mejor que vos mismo. Éso no lo podemos saber, todavía. Pero por lo que sabe, te considera el más peligroso de todos nosotros.

-Nosotros.

-No tenés que disimular. Éste lugar es totalmente seguro. Podés hablar con confianza.

-¿Vos también sos...?.

-Por supuesto. Por éso estamos acá. ¿O te creías que era una cita amorosa?.

-No, pero...

-Lo más urgente ahora es que no ataquen a nadie de tu entorno. Te van a buscar a partir de hoy en todos los lugares que frecuentás. No vayas a ninguno, terminantemente. Si no, sos boleta. Y tratá de comunicarte con Kant.

-¿Con quién?.

-Con Kant.

-¿Y cómo hago?. ¿Me paro en 18 de Julio y empiezo a gritar: ¡Kant!, ¡Kant!?.

-No seas boludo. No es momento para chistes. Ya lo vas a comprobar vos mismo. Cuando alguno de nosotros se comunique contigo, decile que necesitás encontrarte con Kant.

-Bueno, ¿pero cómo me comunico con alguno de ustedes?.

-No tenés que hacer nada. Nuestra misión, ahora, es hacer todo lo posible para que vos salgas ileso de ésta crisis.

-¿Qué crisis?.

-Dale. Andate ahora. Y rápido.

Ivo obedeció ésto último. No sabía si creerle, si tenía algo que ver con la realidad lo que ella le acababa de decir. No podía abandonar tan fácilmente su trabajo para siempre. Pero lo que le había dejado más nervioso era la repetida alusión a su familia.

En otras circunstancias, se hubiera ido riéndose y habría puteado a Serrano al volver al trabajo, pero la mujer no había hecho más que hacer retornar todos los temores que había tenido en estos últimos días.

Se tomó un 181 para ir a la casa de su cuñado pero el recorrido le pareció más desesperadamente lento que nunca. Se dio cuenta que eran nervios. Aunque faltaban pocas paradas, no pudo soportar más y se bajó antes y vomitó dificultosamente contra un árbol. No era la primera vez que le pasaba desde aquel bendito día en que el tanque de guerra había intentado aplastarlo.

Mientras intentaba limpiarse, descubrió que eran casi las cinco de la tarde y estaba más cerca de la escuela de Gastón que de la casa. Sería mejor empezar por ahí su absurda tarea.

Pero, aún maltrecho por el malestar estomacal, no pudo avanzar demasiado rápido y, cuando ya casi llegaba a la escuela, eran casi diez minutos pasada la hora. Pensó que, si conseguía apurar el paso, alcanzaría al niño con su mamá rumbo a la casa.

Sin embargo, al llegar, lo vio sosteniendo las rejas del muro de la entrada. Buscaba desesperadamente hasta que vio a Ivo y comenzó a gritar su nombre. Explicó que era su tío, lo que no era totalmente exacto, pero la encargada de la portería no quería entregárselo hasta que cedió, convencida por el llanto del niño que se había abrazado a él.

Hicieron el mismo camino que hubiera hecho Patricia si lo hubiera ido a esperar y él se intranquilizó muchísimo al no verla. Ambos sabían bien que nunca había dejado de ir puntualmente a la salida de la escuela.

Al llegar a una cuadra, ordenó con un gesto a Gastón que se pusiera detrás de él. Dos autos sin matrícula arrancaban de ahí, pero Ivo Mantero tuvo la sensación de que la casa no había quedado sola.

No había nadie en la calle, no había movimiento alguno. Creyó ver a varios vecinos espiar disimuladamente por los costados de las cortinas.

-Vamos a tener que irnos de acá, Gastón.

-¡Pero mamá y papá...!.

-Ya sé, pero no están en casa.

-¿Qué pasó?.

-Por lo que puedo adivinar, los llevaron presos.

-Pero si ellos no hicieron nada...

-Claro que no hicieron nada. Pero igual se los llevaron. Vamos a tener que esperar a que se den cuenta que se equivocaron y los liberen. Pero no es buena idea ir a tu casa.

-¿Y si nos detienen a nosotros, no sería mejor así no nos separamos?.

-No. Vamos a ser más útiles afuera. Vení, vamos a buscar algunos amigos míos para que nos ayuden. ¿Tenés hambre?.

-No. Sólo tengo miedo.

Ivo pensó que no podía caminar tanto tiempo con el niño como si estuviera sólo. Tampoco podía tomarse un taxi, dado lo que le había pasado la última vez. En un ómnibus sería más fácil perderse en el anonimato.

Tenía dos opciones: o iba al medio del centro, donde pudieran conectar fácilmente a “Descartes” sus desconocidos aliados aunque también podían ser descubiertos en cualquier momento; o se escondía, por el contrario, en un barrio obrero para estar más seguros pero más aislados para poder ser contactados.

Finalmente, se decidió por el centro porque necesitaba solucionar rápidamente la situación en que estaban. Tenía que encontrar un lugar adonde esconderse.

Se bajaron del coche y caminaron hasta la plaza Cagancha. Gastón negó tener hambre o estar cansado de caminar. Ivo pensó que, seguramente, el miedo le había sacado hasta las ganas de llorar. Pero no preguntaba nada más.

No se le ocurrió ningún lugar más seguro para buscar alguna novedad en la red que los monitores públicos instalados en la plaza. Tenía miedo de ir a un banco o a un local de comida frita norteamericana, donde podrían ser rodeados fácilmente.

-No puede ser que otra vez digan que no pasa nada –pensó.

Pero esta vez la prensa no lo defraudó. El mayor titular del diario que tenía la redacción precisamente en esa esquina era: “Duro golpe a la traición androide. Desbaratan poderosa célula terrorista infiltrada en altos estratos de poder. Excelente acción de la inteligencia militar, declaró el ministro de Defensa”.

Siguió leyendo: “El cabecilla y líder de los subversivos era un funcionario de una privatizada empresa de papelería llamado Gonzalo Serrano Oxobí, sospechado desde hace tiempo por la Vigilancia Especial de Guerra como instigador de sentimientos antipatrióticos. Este peligroso traidor había adoctrinado a un androide conocido con el alias de “Ivo Mantero”, a su concubina Inés Acerenza Labat, simpatizante de las ideas apátridas y al hermano de ésta última, Walter Acerenza Labat, viejo conocido de las tropas de Inteligencia. Todos estos sediciosos fueron detenidos y están siendo intensamente interrogados en procura de hallar el paradero del peligroso Ivo Mantero. Se solicita la colaboración de la población para detener a este antisocial para tranquilidad de toda la familia uruguaya”.

Gastón estaba tironeando insistentemente de la camisa de Ivo, pero éste creyó que sólo era para poder leer las terribles noticias que él estaba descubriendo y que no podía permitir que el botija viera.

Pero, en realidad, quería hacerle notar que un policía se había puesto al lado de ellos.

-¿Está buscando algo en especial, señor?.

-No... sólo estaba mirando un poco. Usted sabe, no... no tuve tiempo de leer en mi equipo.

-¿Algo que le interese en particular?.

-No... en realidad, ya me iba.

-¿Ni siquiera le interesa la espectacular noticia principal? –insistió el policía.

-Sí, sí, más o menos. Son cosas que pasan, qué se le va a hacer.

-Si yo fuera el terrorista más buscado del país me preocuparía bastante, señor Ivo Mantero.

-¿Eh?. No, usted... me confunde.

-¿O prefiere que lo llame simplemente Descartes?.

-¿Usted?.

-Llameme Kierkegaard, si no le parece mal.

-¡Uf, que alivio!. Pensé que había...

-No hablemos de éso. Yo soy un agente del orden gubernamental y usted es un simple ciudadano que necesita ayuda y para eso me paga el sueldo. Dígame qué puedo hacer por usted, Descartes.

-Tengo que hablar con Kant.

-Con Kant. Déjeme ver. Vaya hasta 18 y Paraguay y pida trabajo como mozo en la pizzería que está a mitad de cuadra. Dígale que yo lo recomiendo y así podrá ver a Kant.

-Gracias. Gracias.

-Pero le aconsejo que vaya caminando por Colonia. Es más seguro.

-Sí, así lo haré.

-Por favor. Un gusto en servirle.

Ivo y Gastón llegaron finalmente al comercio que les había indicado el falso policía. Cuando dijo que buscaba trabajo, el guardia de seguridad le indicó rápidamente al cajero del local y pareció mirarle en forma cómplice.

-Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarle?.

-Buenas. Necesito trabajo como mozo.

-Lamentablemente, en estos momentos no tenemos ninguna posibilidad de contratar más personal. Lo siento mucho, pero si me da sus datos, los anotaré y lo tendremos en cuenta.

-Me recomendó Kirde...

-¿Quién? –preguntó el cajero.

-Kierkegaard –corrigió Gastón.

-¡Ah, Kirke...!. Bueno, no importa. Usted es un hombre de confianza, según veo. Encantado, mi nombre es Spinoza y, si bien es cierto que no hay lugar aquí, le encontraré un buen empleo en el local de algún amigo. ¿Cómo era su nombre?.

-Me llamo Descartes.

-Encantado, Descartes. ¿Necesita algo en especial?.

-No. Cualquier cosa me da lo mismo.

-¿Cómo?.

-Necesitamos hablar con Kant –intervino nuevamente el niño.

-¡Ah, con Kant, ya veo!. ¿Es su hijo, Descartes?.

-No exactamente, Spinoza –contestó Ivo.

-¿Cómo te llamás, pequeño?.

-Diógenes.

-Diógenes. Qué raro, tan chico y ya tan escéptico. Bueno, creo que no voy a tener problemas en ubicarle a Kant.

El hombre que se hacía llamar Spinoza se retiró del mostrador y habló por teléfono en forma reservada. Ivo se dirigió a su sobrino en voz baja.

-¿Qué es eso de Diógenes?.

-Creo que no quieren que se sepan los verdaderos nombres, me imagino que por seguridad. Si algún día nos detienen como a papá y mamá, lo único que les podemos decir es que hablamos con Spinoza o Kierkegaard.

-¿Cómo te acordás de ese nombre?.

-Todos los nombres que usan son de filósofos, ¿o no te diste cuenta?.

-¿Diógenes también?.

Spinoza les llamó la atención y, con un gesto, les pidió a ambos que lo siguieran hasta la cocina.

-Encontrarán a Kant en una pensión en la Ciudad Vieja. Vayan con Parménides, que los alcanzará en mi auto, pero les pido que salgan por la puerta fingiendo que me agradecen que les haya recomendado para un trabajo nuevo y den la vuelta hasta Rondeau y Colonia donde él los estará esperando.

-¿Por qué esa vuelta?.

-Todos saben que soy opositor. Nunca puedo saber cuando hay o no agentes del gobierno comiendo acá. Y no confío más que en dos de mis empleados. Les deseo buena suerte.

Parménides los llevó y dejó en una de las esquinas que no era precisamente la mejor conservada de la Ciudad Vieja. Ivo confundía algunas calles en esa zona, pero creía estar en Cerrito y Misiones o, en todo caso, era seguro que estaba muy cerca del puerto.

-Sé que tengo que hablar con ese Kant, pero no tengo la menor idea de qué decirle.

-Bueno, ellos parece que no esperan que les digas nada. Sólo quieren ayudarnos.

-Sí, Gastón. Ellos nos van a ayudar a solucionar lo de tus padres. Nos van a asesorar con algún abogado para que podamos visitarles y demostrar su inocencia de lo que sea que los acusan.

-¿Vos confiás en esta gente, Ivo?.

-Sí, llegué a ellos por alguien que yo conocía de mi confianza. Tengo que confiar en ellos. No tengo a nadie más para que me ayude.

-Bueno, entonces entremos.

Ambos caminaron por un pasillo estrecho y húmedo, tan mal iluminado como siempre había pensado Ivo que tenían que ser los pasillos que tenían que cruzar quienes se enfrentaban a una aventura. Una mujer arrugada y bastante pelada, cuya idea de barrer el piso parecía limitarse a correr de un lado a otro la mugre, levantó sobresaltada la cabeza al verlos llegar.

-¿Cuál es el santo y seña? –preguntó.

-No hay santo y seña –contestó Descartes.

-Correcto. Pueden pasar.

La mujer fea les señaló una escalera demasiado empinada para el gusto de Ivo pero no había alternativa. Con el brazo derecho alzó a Gastón y trató de sostenerse con el otro. Cuando encontró una superficie pareja como para caminar, bajó al niño y se quedó parado, indeciso y convencido de que alguien tenía que guiarlo para avanzar.

-¿Cuál es el segundo santo y seña?.

-El mismo que el primero –dijo Gastón.

-Por acá –contestó la voz.

Luego de un par de pasos, el hombre que aún no habían podido ver abrió una puerta y les hizo un gesto para que entraran. Al hacerlo, descubrieron una sala moderna con muebles anatómicos, aire acondicionado, ambientación ecológica y una iluminación exacta para el ambiente de trabajo que se percibía al llegar, entre equipos informáticos y de comunicación.

-Veo que la Ilustración es mayor de edad que la Grecia antigua. Bienvenidos al maravilloso mundo de la clandestinidad, caballeros. Esa escalera que han bajado dificultosamente fue el último lugar de oscuridad que conocerán.

Ambos prefirieron no contestar nada al hombre que les había hecho tan insólito recibimiento y caminar hacia él.

-Como habrán adivinado, yo soy el así llamado Kant. Y como adivino yo, han llegado hasta mí Descartes y Diógenes. Bah, no lo adivino: he recibido un mensaje muy explícito.

-Yo he recibido un mensaje más complicado, Kant. Me dijeron que viniera a usted y que cuidara a mi familia. Pero al único que pude rescatar es a él, a mi sobrino...

-No necesito que me explique más nada, Descartes. Por razones de seguridad, que es algo urgente y vital como comprobará permanentemente en un futuro muy cercano, nadie conoce los datos personales que hayamos usado en nuestra estadía en el mundo de los bichos de carne. De nada le servirán acá, por otra parte.

-¿Qué quiere decir?. ¿Que nos tendremos que quedar acá encerrados por el resto de nuestras vidas?.

-¡Uy!. No seamos tan dramáticos, Descartes. Usted sí deberá pasar un tiempo entre nosotros hasta que podamos saber por qué tienen un interés tan inusitado en usted esas bestias. El pequeño no tendrá que vivir encerrado en un barril: acá tenemos escuelas con niños de su edad, bibliotecas con libros de papel, cines colectivos, canchas de futbol y basquetbol. Y al aire libre y con impecable seguridad todo el tiempo. Mejor que un country y gratis, ¿qué les parece?.

-¿Qué barril? –preguntó Ivo.

-Suena bien –dijo Gastón- pero quiero volver a ver a mis padres.

-Por supuesto que los querés volver a ver. Y sólo nosotros podemos conseguir que vuelvan.

-¿En serio?.

-Ya estamos trabajando en éso. No te voy a engañar diciéndote que van a venir el día tal y la hora tanto y que ya está todo solucionado, pero te doy mi palabra que vamos a hacer todo lo que podemos hacer -que es mucho- para que vuelvan.

-Ellos no hicieron nada.

-Nadie hizo nada, mi viejo. Ya vas a ver, Diógenes, que vas a poder vivir acá con tus padres.

-¿El único precio es que yo me quede acá a que me investiguen? –intervino Ivo.

-Si quiere expresarlo así, sí. Tenemos que saber qué lo hace a usted, Descartes, tan diferente a todos nosotros. ¿O me va a decir que usted no quiere saber por qué el Gobierno persigue con tanta saña a un empleado joven de una papelería privatizada?. ¿Y por qué gasta más recursos y más gente en él, que ni siquiera era opositor, que lo que lo ha hecho en años en mi organización?. Si me permite el humor negro, le digo que hasta le tengo un poco de envidia. Hay muchas camaradas que se mueren por conocer un hombre así.

-Sí, es extraño...

-¿No quiere saber en realidad quién es usted, Descartes?. ¿O cree que todo se arregla con: “Pienso, luego existo”?.

-Es inútil explicarle por ese lado –intervino Gastón.

-No soy tan ignorante –contestó Ivo- sé bien que el verdadero Descartes dijo éso. Y que dijo también: “El infierno son los demás”.

-Sí, pero doscientos años después.

-Caballeros, por favor, hablar de filosofía me abre el apetito desde siempre. Ya es hora de cenar; Hume les acompañará a su pieza y se encargará de todo lo que necesiten. Espero que acepten cenar conmigo.

-Tenemos que comer. Éste día ha sido terrible y fue lo que menos hicimos.

-Por eso, Descartes. Los espero en el comedor.

Ya instalados en sus habitaciones, ambos se echaron sobre las camas como un gesto de quien no sabe bien qué hacer. No tenían nada que se pareciera a un equipaje y nunca habían previsto que un día tuvieran que huir de la rutina diaria para esconderse durante un tiempo que no tenían la menor idea de cuánto podía resultar.

Él observaba al niño. Parecía tener, es cierto, una cara permanente de tristeza pero había podido soportar su terrible situación sin ninguna crisis. Hubiera sido un problema insoluble para Ivo. Probablemente, no tuviera total noción de lo que podría estar pasando con sus padres o confiara ciegamente en él, que había ido a buscarlo a la escuela cuando más lo necesitaba.

Después de todo, por más inteligente y culto que fuera, no dejaba de ser un niño y le faltaban aprender un montón de cosas que ningún libro le iba a poder decir. Habría que ver si él, Ivo, sí las sabía. No tenía mucho más que el doble de la edad del sobrino de Inés.

Todavía él mismo no se había hecho a la idea de que la vida que llevaba hasta ese momento había cambiado para siempre. Nada iba a ser igual para él, nunca más. Tenía que encontrar su camino, tenía que encontrar nada menos que su identidad. Era como tener amnesia: no podía estar seguro de nada de lo que recordaba. Sus sentimientos, sus gustos, las cosas que había hecho, sus viajes, sus amigos. Todo podía haber sido decidido por alguien en una lejana computadora.

-Bueno, vamos a encarar la comida –le dijo a Gastón para detener el flujo de su pensamiento.

Hume había estado esperando pacientemente que ellos salieran de la pequeña habitación y, con un gesto, hizo que la siguieran hasta un comedor de largas mesas, todas iguales, donde había pocos lugares libres. Ivo vio que ella tenía más o menos su misma edad y mostraba un interesante paisaje cuando caminaba delante de ellos.

Muchos de los que estaban comiendo los miraron interesados y saludaron a ambos, efectivamente o con gestos desde lejos, mientras se presentaban dando nombres que Ivo confió en que Gastón recordaría.

Cuando llegaron hasta la mesa de Kant, éste tenía a sus flancos a un hombre y una mujer que presentó como Hegel y Sócrates. El hombre que parecía ser el jefe supremo de la misteriosa organización se había sentado en una mesa que era exactamente igual a la de todos los demás.

-Si lo han notado, mis queridos Descartes y Diógenes, acá no hay más diferencias entre nosotros que las indispensables que hay que tener por disciplina cuando llevamos a cabo una acción. Aparte de éso, todos somos iguales y comemos lo mismo y tenemos los mismos derechos y deberes.

-Me parece bien –contestó Ivo- No hay problema.

-¿Qué se van a servir?. Hay píldoras de puchero, píldoras de pastel de carne y píldoras de canelones de choclo.

-Píldoras de...

-Por favor, Descartes, era una broma. ¿O cree, en verdad, que acá hay hombres a transistores, con cables por todos lados que funcionen a pilas?. No lo olvide, no dejamos de ser animales de la Madre Naturaleza, sólo que somos la especie más avanzada de la evolución. Vayan, allá conseguirán platos y cubiertos y allá, al otro lado, pueden servirse todo lo que quieran. De lo poco que hay, disfruten lo que más les guste.

Ellos obedecieron y encontraron rápidamente lo que necesitaban. Ivo no dejaba de estar desconcertado por la conversación de Kant y lamentaba no estar ni siquiera mínimamente al control de la situación, especialmente ahora que tenía un niño a su cargo.

-¿Quiénes serán esos dos que están con él? –preguntó Gastón.

-Probablemente, sus guardaespaldas. ¿Viste el lomo que tienen los dos?.

-No sé si no tiene más músculos la mina.

-Bueno, pero no hablemos de éso donde nos puedan escuchar, “Diógenes”.

Comieron más que bien. Pese a lo que había dicho Kant, la comida disponible era abundante, variada y excelentemente preparada.

-No me gusta hablar de trabajo cuando estamos comiendo, Descartes, pero no tengo más remedio que hacer una excepción esta vez, habida cuenta que seguramente ustedes van a querer irse a descansar, después de este día tan especial. Por otra parte, no hay mucho para hacer acá de noche. La verdad es que nos haría falta un buen lugar nocturno aunque las mujeres serían las mismas de siempre.

-¿No nos podría distraer de lo que tenemos que hacer?.

-No creo, Descartes, creo que más bien nos daría más energía para la lucha, pero no era de éso de lo que quería hablarle. Pienso, si a usted no le parece mal, que mañana mismo podríamos empezar los análisis necesarios para poder descifrar el enigma que tanto nos preocupa a usted y a nosotros. Es la parte menos simpática del asunto y por eso, creo que lo mejor va a ser que terminemos con éso cuanto antes.

-Sí, yo pienso lo mismo.

-Me alegro. Le aclaro antes que nada que son indoloros. Son más bien molestos. Y más que molestos, aburridos. Los únicos que parecen divertirse son ellos, los profesionales.

-No hay problema. Ya me sometí a uno.

-¿Cuándo?.

Ivo le contó casi totalmente lo que le había pasado en la casa de su amigo Christian.

-No creo demasiado en lo que le haya dicho ese tipo, por más que usted le creyera un amigo. Seguramente, le dijo lo que le convenía a ellos decirle. Nosotros no vamos a hacer otra cosa que decirle toda la verdad.

-¿Incluso por qué me escapé y ataqué sin razón a un tipo que nunca me había hecho nada?.

-No soy especialista en la materia, amigo Descartes, pero es probable que usted tenga incorporado un singular mecanismo de defensa que se imponga sobre lo que sus sentidos le dicten a la razón, lo cual no deja de ser una suerte. Muchas veces los sentidos nos engañan y nos llevan a tomar decisiones equivocadas. Si no le entendí mal, usted huyó sin un motivo aparente pero luego comprobó que le habían mentido y que había hecho bien. ¿No es así?.

-Sí...

-¡Ahí tiene!. Está más claro que el agua. Recuerde siempre lo que le dije hoy: somos la especie más avanzada de la evolución. Y quizás usted sea el germen de la evolución final y definitiva. Por eso es que ellos le tienen tanto miedo. Nos han inculcado durante generaciones demasiado complejo de inferioridad para poder dominarnos y exterminarnos, si es necesario. Ahora tienen miedo.

10 de mayo de 2011

Cine: Historia Ilustrada 19

JOHN FORD

Sean Feeney (u O'Fearna) nació en 1895, descendiente de irlandeses, en el estado de Maine. En su infancia se acostumbró a manejar todo tipo de embarcaciones marinas, andar a caballo y de practicar otros deportes. Uno de sus diez hermanos, Francis, consiguió trabajo en la industria de Hollywood cambiando su apellido por Ford y Sean lo imitó, haciéndose llamar primero Jack y varios años después, adoptando el seudónimo que lo hizo famoso. Realizó todo tipo de labores, incluyendo como extra en el clásico de Griffith "El nacimiento de una nación" como uno de los jinetes del KKK.

Se dice que en 1917 reemplazó a su hermano -que estaba borracho- como director de uno de los cortos que se realizaban con regularidad fordiana (de Henry Ford) en la Universal, en este caso. Realizó un promedio de 7 películas por año, incluyendo algún largometraje de menos de 90 minutos. En 1921 firmó contrato con Fox, a la que siguió ligado diez años, ya realizando sólo largos. En 1923 consigue un gran éxito con el western "El caballo de hierro", solidificando su posición en la industria. La gran mayoría de los filmes que realizó antes de "El delator" (1935) han sido olvidados, siendo difícil encontrarlos en tiendas de DVD o en Internet, con lo cual es aún incompleta una reseña del maestro.

Si bien algunos títulos le habían hecho ganar el aprecio crítico -"Tres hombres malos" (1926); "Cuatro hijos" (1928); "La patrulla perdida" y "El juez Priest", ambas de 1934- fue la historia del revolucionario irlandés que traiciona a su causa por unas monedas la que impuso su nombre. "El delator" (foto 2) es una buena muestra del estilo de John Ford: una historia interesante y emotiva, protagonizada por seres humanos con sus fortalezas y debilidades, brillantemente narrada con una fotografía y un montaje superiores pero al mismo tiempo, sin dejar nunca de estar al servicio de la anécdota.

Admirado por cineastas tan diversos como Kurosawa, Orson Welles, Renoir o Godard, la obra de Ford nunca dejó de pertenecer al más genuino Hollywood. No adhirió a vanguardia alguna ni realizó jamás ninguna película que pretendiera cambiar la historia del cine. Basta ver el video del documental de Bogdanovich incluído en esta entrada para comprobar su socarrona visión del Arte. Sin embargo, si bien no se apartó de las convenciones de la industria, innegablemente realizó mejores películas que la gran mayoría de quienes trabajaban allí, sin caer nunca en el mal gusto ni en la mediocridad rutinaria.

En 1939 las películas del Oeste -o westerns- estaban fuera de moda. Ford había realizado muchas, además de haber practicado otros géneros, incluyendo el drama histórico y la comedia. Sin embargo, generalmente se había especializado en aventuras ambientadas en comunidades pequeñas y en el pasado. En ese año realizó "La diligencia" (foto 3) con el hasta entonces actor secundario John Wayne, a partir de ahí el más importante intérprete de westerns. Sólidamente narrada, excelentemente filmada, la película incluía algo más que las simples peripecias aventureras de unos cowboys, al mostrar la cobardía y el egoísmo de gente con "prestigio" en la sociedad ante el peligro.

Wayne y -en menor medida- Henry Fonda serían en adelante casi siempre los pilares sobre los que se basarían la obra fordiana, repleta de obras maestras del cine norteamericano. Fonda trabajó por primera vez con John Ford en "El joven Lincoln", la película siguiente a "La diligencia" y continuaría con el maestro hasta pelearse definitivamente con él durante la filmación de "Mister Roberts" en 1955. De esa colaboración nacerían filmes como "Viñas de ira" (1940) (foto 4) , sobre la explotación de los granjeros durante la Depresión; "Pasión de los fuertes" (1946) sobre el famoso duelo del "O.K. Corral" y "El fugitivo" (1947).

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Fragmento de "El joven Lincoln" (1939)

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Fragmento de "Qué verde era mi valle" (1941)

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Fragmento de "Pasión de los fuertes" (1946)

John Wayne acompañaría al maestro durante más tiempo y más títulos: "Hombres de mar" (1940) sobre relatos de Eugene O'Neill; "Fuimos los sacrificados" (1946), nada triunfalista visión de la recientemente finalizada Segunda Guerra Mundial; "Sangre de héroes" (o "Fort Apache") (1948), único trabajo de Wayne y Fonda juntos para Ford, película que iba a filmarse en la ciudad uruguaya de Minas pero Wayne se opuso; "El hombre quieto" (1952) (foto 5) , primer homenaje explícito a sus orígenes irlandeses; "Más corazón que odio" (1956), para muchos su obra maestra, donde utiliza a John Wayne en un papel mucho más ambiguo y oscuro de lo habitual y "Un tiro en la noche" (o "El hombre que mató a Liberty Valance"), brillantemente desmitificadora, entre muchos otros títulos.

La lista de grandes películas de Ford sigue, aún sin la actuación de sus intérpretes preferidos: "¡Qué verde era mi valle" (1940), la brillante evocación nostálgica que derrotó en los Oscars a "El ciudadano"; "Resplandece el sol" (1953), "El último hurrah" (1958) sobre manejos electorales, con Spencer Tracy; "El sargento Búfalo" (o "El sargento negro") (1960) sobre el racismo contra los negros; "Misión de dos valientes" (o "Dos cabalgan juntos") (1961), con James Stewart y Richard Widmark o "El ocaso de los cheyennes (1964) (foto 6), sobre el racismo contra los indios, su último y polémico western. También realizó curiosos experimentos comerciales como "Mogambo"(1953), dentro de la moda de películas ambientadas -fantasiosamente- en la selva africana con Clark Gable, Grace Kelly y Ava Gardner o la super producción en el particular formato Cinerama (tres tomas que se alineaban en la pantalla para hacer la imagen más ancha) "La conquista del Oeste" (1962), que narraba la historia de Estados Unidos desde los primeros colonos de la tierra salvaje hasta la construcción de los ferrocarriles. Ford realizó solamente el tercero de los cinco episodios de esta película plagada de estrellas pero no demasiado interesante.

Un poco chapado a la antigua y pasado de moda, insólitamente despreciado por parte de la crítica como "fascista" en los polémicos 60, viejo y con dificultades de salud Ford fue perdiendo posibilidades de financiación para sus películas y terminó su brillante carrera en 1966 con la olvidada "Siete mujeres", demasiado teatral pero inteligente obra sobre una misión americana femenina en China asediada por un ejército de bandidos, hombres por supuesto.

-Tomo un libreto y lo filmo. Así explicaba su cine, pero resulta claro que siempre había un ojo eficiente para elegir el ángulo de la cámara o el tiempo de cada toma. Si bien filmó decenas de películas y muchas son obras menores, ninguna carece de interés o buen gusto y en muchos casos, son filmes épicos notablemente narrados, llenos de emoción, con personajes humanos y complejos.

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Fragmento de "Más corazón que odio" (1956)

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Fragmento de "Siete mujeres" (1966)

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Fragmento de "Dirigido por John Ford" (1971) de Peter Bogdanovich

5 de mayo de 2011

Los tres primeros discos solistas de Paul Mc Cartney

No hay nada nuevo para decir en la historia de la música: en 1970 se separaban definitivamente los cuatro tipos que habían cambiado muchas cosas desde su grupo irrepetiblemente influyente. Sobre la dicotomía tonta de "John Lennon rebelde versus Paul McCartney blandito" ya he escrito en este blog y pueden leerlo aquí.


No conozco la difusión que tuvieron los discos solistas que ambos sacaron inmediatamente de la separación. Me acerqué con mucha aprensión a la carrera de Paul desde el comienzo -obviamente, vía bajada internética y no buscando sus discos en comercios especializados- y me llevé varias sorpresas muy agradables. No sólo canciones bien hechas -nada menos- sino temas donde se veía que el bajista zurdo se sacaba las ganas de hacer lo que quería, como corresponde en una carrera solista de un tipo que no necesitaba ya consagrarse ni ganar dinero.


Sus primeros LPs se llamaron "Mc Cartney" (1970), "RAM" y "Wild life", ambos de 1971. Creo que estos tres títulos son de lo mejor de estos 40 años de carrera, aunque seguramente no sean los más exitosos. Acá van dos temas por disco de los que yo considero mejores pero recomiendo calurosamente el conocimiento completo de los tres, que valen la pena. Mucha cosa muy buena (y poco recordada) quedó afuera.


· "Mc Cartney"

Junk
http://www.goear.com/listen/cf5969e/junk-paul-mc-cartney

Momma Miss America
http://www.goear.com/listen/fa62383/momma-miss-america-paul-mc-cartney

· "RAM"

Monkberry moon deligth
http://www.goear.com/listen/ad6d658/monkberry-moon-deligth-paul-mc-cartney

Too many people
http://www.goear.com/listen/dad98bf/too-many-people-paul-mc-cartney

· "Wild life"

Dear friend
http://www.goear.com/listen/1cef0bb/dear-friend-paul-mc-cartney

Mumbo
http://www.goear.com/listen/98b7c3a/mumbo-paul-mc-cartney