15 de mayo de 2011

El séptimo item del menú III

Volvió a la casa de su cuñado a la hora de la cena. Todos se rieron con las dificultades de él para leer que, por cierto, Gastón no tenía desde hacía muchos años. Walter bromeó que sería mejor que esa noche le repitiera las formaciones de Racing en los últimos diez años si querían escuchar algo que Ivo pudiera entender.

Al terminar de comer, Patricia juntó la mesa y lavó todos los platos. Su esposo prendió un cigarrillo y le dio la buena noticia de que Inés venía al otro día al mediodía, así que se podrían ver cuando Ivo saliera de trabajar. Walter agregó que quería hablar más largamente con él, a solas, lo que lo inquietó.

Pero no pensaba más que en volver a ver a ella. Leyó un poco de aquel libro al niño y éste le explicó de forma que Ivo pudiera entender algunos de los conceptos tan poco ortodoxos del filósofo, hasta que cerró los ojos.

Al otro día, ya en viernes, trabajó con más entusiasmo que nunca, pensando en aprovechar el fin de semana para olvidarse de todo y descansar con Inés de unos días agotadores.

Gonzalo Serrano lo llamó a su oficina. Le dio un sobre para que entregara urgente en un domicilio privado, cosa que no era frecuente pero que algunas veces había hecho.

-Disculpame, pero ésto es en Tres Cruces y no es mi zona. Ahí tiene que ir...

-Yo quiero que vayas vos.

-Sí, yo iría, pero no puedo pasar por encima de un compañero. Además, si se entera la tipa...

-Quedate tranquilo, que yo lo arreglé. Quiero que llevés ésto inmediatamente.

-No, no puedo. Disculpame, no te enojés, pero sabés que ya tuve problemas...

-¿No entendés que te tenés que ir inmediatamente!. Me cago en todos los papeles, llevá ésto a esa dirección que te puse ahora o te saco por la ventana.

Ivo titubeó. Jamás había visto así a ese hombre que parecía ser la tranquilidad en persona. Los ojos parecían salirse de las órbitas, pero hacía un gran esfuerzo, evidentemente, por no levantar la voz. Se había levantado y, suavemente, lo empujaba hasta la salida.

-Llevá ésto ahí y andá lo más rápido que puedas. Deciles que te mandé yo y rajá. Rajá ahora antes que nos vea alguien.

Ivo Mantero se fue caminando a 7,156 kilómetros por hora, según pudo calcular. No vio uniformados en su camino pero retardó su andar, temeroso de llamar la atención hasta que llegó a la dirección que tenía el sobre.

Alguien preguntó quién era sin abrir la puerta cuando tocó el timbre.

-Me manda Gonzalo Serrano.

Una mujer muy flaca, que andaría por la treintena de años, le abrió un espacio apenas suficiente para que Ivo pudiera entrar a la habitación insuficientemente iluminada por una antigua bombita desnuda.

La mujer leyó ansiosamente la carta y, sin abrir la boca, se quedó mirándolo.

-Tú serás “Descartes” para todos nosotros.

-¿Lo qué?.

-Siempre que estés en dificultades, tratá de conectarte con alguno de nosotros. Usá ese nombre, no el tuyo verdadero. Eso lo explicará todo.

-¿Por qué no empieza explicándome a mí, ya que estamos?.

-No, tenés que ir entendiendo todo a su debido tiempo. Y no le des detalles de tu vida, de tu familia ni de lo que hacés a nadie. Incluyéndome a mí.

-¿Por qué?.

-Por tu seguridad, claro.

-¡Ah, claro!.

-Hoy es un día clave –prosiguió la mujer- ellos piensan hacernos mucho daño a nosotros destruyéndote a vos. Por eso, te mandamos acá. Primero, no vuelvas a tu trabajo.

-¿Cómo?.

-Ahí ya no es seguro para vos. Seguramente, te van a ir a buscar hoy.

-Sí, no me correspondía esta zona, pero qué tiene que ver...

-Segundo, tratá de asegurarte que puedan estar seguros tus seres queridos. Si estás viviendo con alguien, es probable que ellos lo sepan.

-¿Quiénes son ellos?.

-¿Ellos?.

La mujer sonrió apenas, función que Ivo hubiera jurado imposible. No sabía si su cara arrugada y triste era producto de una prolongada militancia en esa causa misteriosa o si era consecuencia natural de superar los treinta años.

-El Gobierno sabe quién sos vos. Probablemente, mejor que vos mismo. Éso no lo podemos saber, todavía. Pero por lo que sabe, te considera el más peligroso de todos nosotros.

-Nosotros.

-No tenés que disimular. Éste lugar es totalmente seguro. Podés hablar con confianza.

-¿Vos también sos...?.

-Por supuesto. Por éso estamos acá. ¿O te creías que era una cita amorosa?.

-No, pero...

-Lo más urgente ahora es que no ataquen a nadie de tu entorno. Te van a buscar a partir de hoy en todos los lugares que frecuentás. No vayas a ninguno, terminantemente. Si no, sos boleta. Y tratá de comunicarte con Kant.

-¿Con quién?.

-Con Kant.

-¿Y cómo hago?. ¿Me paro en 18 de Julio y empiezo a gritar: ¡Kant!, ¡Kant!?.

-No seas boludo. No es momento para chistes. Ya lo vas a comprobar vos mismo. Cuando alguno de nosotros se comunique contigo, decile que necesitás encontrarte con Kant.

-Bueno, ¿pero cómo me comunico con alguno de ustedes?.

-No tenés que hacer nada. Nuestra misión, ahora, es hacer todo lo posible para que vos salgas ileso de ésta crisis.

-¿Qué crisis?.

-Dale. Andate ahora. Y rápido.

Ivo obedeció ésto último. No sabía si creerle, si tenía algo que ver con la realidad lo que ella le acababa de decir. No podía abandonar tan fácilmente su trabajo para siempre. Pero lo que le había dejado más nervioso era la repetida alusión a su familia.

En otras circunstancias, se hubiera ido riéndose y habría puteado a Serrano al volver al trabajo, pero la mujer no había hecho más que hacer retornar todos los temores que había tenido en estos últimos días.

Se tomó un 181 para ir a la casa de su cuñado pero el recorrido le pareció más desesperadamente lento que nunca. Se dio cuenta que eran nervios. Aunque faltaban pocas paradas, no pudo soportar más y se bajó antes y vomitó dificultosamente contra un árbol. No era la primera vez que le pasaba desde aquel bendito día en que el tanque de guerra había intentado aplastarlo.

Mientras intentaba limpiarse, descubrió que eran casi las cinco de la tarde y estaba más cerca de la escuela de Gastón que de la casa. Sería mejor empezar por ahí su absurda tarea.

Pero, aún maltrecho por el malestar estomacal, no pudo avanzar demasiado rápido y, cuando ya casi llegaba a la escuela, eran casi diez minutos pasada la hora. Pensó que, si conseguía apurar el paso, alcanzaría al niño con su mamá rumbo a la casa.

Sin embargo, al llegar, lo vio sosteniendo las rejas del muro de la entrada. Buscaba desesperadamente hasta que vio a Ivo y comenzó a gritar su nombre. Explicó que era su tío, lo que no era totalmente exacto, pero la encargada de la portería no quería entregárselo hasta que cedió, convencida por el llanto del niño que se había abrazado a él.

Hicieron el mismo camino que hubiera hecho Patricia si lo hubiera ido a esperar y él se intranquilizó muchísimo al no verla. Ambos sabían bien que nunca había dejado de ir puntualmente a la salida de la escuela.

Al llegar a una cuadra, ordenó con un gesto a Gastón que se pusiera detrás de él. Dos autos sin matrícula arrancaban de ahí, pero Ivo Mantero tuvo la sensación de que la casa no había quedado sola.

No había nadie en la calle, no había movimiento alguno. Creyó ver a varios vecinos espiar disimuladamente por los costados de las cortinas.

-Vamos a tener que irnos de acá, Gastón.

-¡Pero mamá y papá...!.

-Ya sé, pero no están en casa.

-¿Qué pasó?.

-Por lo que puedo adivinar, los llevaron presos.

-Pero si ellos no hicieron nada...

-Claro que no hicieron nada. Pero igual se los llevaron. Vamos a tener que esperar a que se den cuenta que se equivocaron y los liberen. Pero no es buena idea ir a tu casa.

-¿Y si nos detienen a nosotros, no sería mejor así no nos separamos?.

-No. Vamos a ser más útiles afuera. Vení, vamos a buscar algunos amigos míos para que nos ayuden. ¿Tenés hambre?.

-No. Sólo tengo miedo.

Ivo pensó que no podía caminar tanto tiempo con el niño como si estuviera sólo. Tampoco podía tomarse un taxi, dado lo que le había pasado la última vez. En un ómnibus sería más fácil perderse en el anonimato.

Tenía dos opciones: o iba al medio del centro, donde pudieran conectar fácilmente a “Descartes” sus desconocidos aliados aunque también podían ser descubiertos en cualquier momento; o se escondía, por el contrario, en un barrio obrero para estar más seguros pero más aislados para poder ser contactados.

Finalmente, se decidió por el centro porque necesitaba solucionar rápidamente la situación en que estaban. Tenía que encontrar un lugar adonde esconderse.

Se bajaron del coche y caminaron hasta la plaza Cagancha. Gastón negó tener hambre o estar cansado de caminar. Ivo pensó que, seguramente, el miedo le había sacado hasta las ganas de llorar. Pero no preguntaba nada más.

No se le ocurrió ningún lugar más seguro para buscar alguna novedad en la red que los monitores públicos instalados en la plaza. Tenía miedo de ir a un banco o a un local de comida frita norteamericana, donde podrían ser rodeados fácilmente.

-No puede ser que otra vez digan que no pasa nada –pensó.

Pero esta vez la prensa no lo defraudó. El mayor titular del diario que tenía la redacción precisamente en esa esquina era: “Duro golpe a la traición androide. Desbaratan poderosa célula terrorista infiltrada en altos estratos de poder. Excelente acción de la inteligencia militar, declaró el ministro de Defensa”.

Siguió leyendo: “El cabecilla y líder de los subversivos era un funcionario de una privatizada empresa de papelería llamado Gonzalo Serrano Oxobí, sospechado desde hace tiempo por la Vigilancia Especial de Guerra como instigador de sentimientos antipatrióticos. Este peligroso traidor había adoctrinado a un androide conocido con el alias de “Ivo Mantero”, a su concubina Inés Acerenza Labat, simpatizante de las ideas apátridas y al hermano de ésta última, Walter Acerenza Labat, viejo conocido de las tropas de Inteligencia. Todos estos sediciosos fueron detenidos y están siendo intensamente interrogados en procura de hallar el paradero del peligroso Ivo Mantero. Se solicita la colaboración de la población para detener a este antisocial para tranquilidad de toda la familia uruguaya”.

Gastón estaba tironeando insistentemente de la camisa de Ivo, pero éste creyó que sólo era para poder leer las terribles noticias que él estaba descubriendo y que no podía permitir que el botija viera.

Pero, en realidad, quería hacerle notar que un policía se había puesto al lado de ellos.

-¿Está buscando algo en especial, señor?.

-No... sólo estaba mirando un poco. Usted sabe, no... no tuve tiempo de leer en mi equipo.

-¿Algo que le interese en particular?.

-No... en realidad, ya me iba.

-¿Ni siquiera le interesa la espectacular noticia principal? –insistió el policía.

-Sí, sí, más o menos. Son cosas que pasan, qué se le va a hacer.

-Si yo fuera el terrorista más buscado del país me preocuparía bastante, señor Ivo Mantero.

-¿Eh?. No, usted... me confunde.

-¿O prefiere que lo llame simplemente Descartes?.

-¿Usted?.

-Llameme Kierkegaard, si no le parece mal.

-¡Uf, que alivio!. Pensé que había...

-No hablemos de éso. Yo soy un agente del orden gubernamental y usted es un simple ciudadano que necesita ayuda y para eso me paga el sueldo. Dígame qué puedo hacer por usted, Descartes.

-Tengo que hablar con Kant.

-Con Kant. Déjeme ver. Vaya hasta 18 y Paraguay y pida trabajo como mozo en la pizzería que está a mitad de cuadra. Dígale que yo lo recomiendo y así podrá ver a Kant.

-Gracias. Gracias.

-Pero le aconsejo que vaya caminando por Colonia. Es más seguro.

-Sí, así lo haré.

-Por favor. Un gusto en servirle.

Ivo y Gastón llegaron finalmente al comercio que les había indicado el falso policía. Cuando dijo que buscaba trabajo, el guardia de seguridad le indicó rápidamente al cajero del local y pareció mirarle en forma cómplice.

-Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarle?.

-Buenas. Necesito trabajo como mozo.

-Lamentablemente, en estos momentos no tenemos ninguna posibilidad de contratar más personal. Lo siento mucho, pero si me da sus datos, los anotaré y lo tendremos en cuenta.

-Me recomendó Kirde...

-¿Quién? –preguntó el cajero.

-Kierkegaard –corrigió Gastón.

-¡Ah, Kirke...!. Bueno, no importa. Usted es un hombre de confianza, según veo. Encantado, mi nombre es Spinoza y, si bien es cierto que no hay lugar aquí, le encontraré un buen empleo en el local de algún amigo. ¿Cómo era su nombre?.

-Me llamo Descartes.

-Encantado, Descartes. ¿Necesita algo en especial?.

-No. Cualquier cosa me da lo mismo.

-¿Cómo?.

-Necesitamos hablar con Kant –intervino nuevamente el niño.

-¡Ah, con Kant, ya veo!. ¿Es su hijo, Descartes?.

-No exactamente, Spinoza –contestó Ivo.

-¿Cómo te llamás, pequeño?.

-Diógenes.

-Diógenes. Qué raro, tan chico y ya tan escéptico. Bueno, creo que no voy a tener problemas en ubicarle a Kant.

El hombre que se hacía llamar Spinoza se retiró del mostrador y habló por teléfono en forma reservada. Ivo se dirigió a su sobrino en voz baja.

-¿Qué es eso de Diógenes?.

-Creo que no quieren que se sepan los verdaderos nombres, me imagino que por seguridad. Si algún día nos detienen como a papá y mamá, lo único que les podemos decir es que hablamos con Spinoza o Kierkegaard.

-¿Cómo te acordás de ese nombre?.

-Todos los nombres que usan son de filósofos, ¿o no te diste cuenta?.

-¿Diógenes también?.

Spinoza les llamó la atención y, con un gesto, les pidió a ambos que lo siguieran hasta la cocina.

-Encontrarán a Kant en una pensión en la Ciudad Vieja. Vayan con Parménides, que los alcanzará en mi auto, pero les pido que salgan por la puerta fingiendo que me agradecen que les haya recomendado para un trabajo nuevo y den la vuelta hasta Rondeau y Colonia donde él los estará esperando.

-¿Por qué esa vuelta?.

-Todos saben que soy opositor. Nunca puedo saber cuando hay o no agentes del gobierno comiendo acá. Y no confío más que en dos de mis empleados. Les deseo buena suerte.

Parménides los llevó y dejó en una de las esquinas que no era precisamente la mejor conservada de la Ciudad Vieja. Ivo confundía algunas calles en esa zona, pero creía estar en Cerrito y Misiones o, en todo caso, era seguro que estaba muy cerca del puerto.

-Sé que tengo que hablar con ese Kant, pero no tengo la menor idea de qué decirle.

-Bueno, ellos parece que no esperan que les digas nada. Sólo quieren ayudarnos.

-Sí, Gastón. Ellos nos van a ayudar a solucionar lo de tus padres. Nos van a asesorar con algún abogado para que podamos visitarles y demostrar su inocencia de lo que sea que los acusan.

-¿Vos confiás en esta gente, Ivo?.

-Sí, llegué a ellos por alguien que yo conocía de mi confianza. Tengo que confiar en ellos. No tengo a nadie más para que me ayude.

-Bueno, entonces entremos.

Ambos caminaron por un pasillo estrecho y húmedo, tan mal iluminado como siempre había pensado Ivo que tenían que ser los pasillos que tenían que cruzar quienes se enfrentaban a una aventura. Una mujer arrugada y bastante pelada, cuya idea de barrer el piso parecía limitarse a correr de un lado a otro la mugre, levantó sobresaltada la cabeza al verlos llegar.

-¿Cuál es el santo y seña? –preguntó.

-No hay santo y seña –contestó Descartes.

-Correcto. Pueden pasar.

La mujer fea les señaló una escalera demasiado empinada para el gusto de Ivo pero no había alternativa. Con el brazo derecho alzó a Gastón y trató de sostenerse con el otro. Cuando encontró una superficie pareja como para caminar, bajó al niño y se quedó parado, indeciso y convencido de que alguien tenía que guiarlo para avanzar.

-¿Cuál es el segundo santo y seña?.

-El mismo que el primero –dijo Gastón.

-Por acá –contestó la voz.

Luego de un par de pasos, el hombre que aún no habían podido ver abrió una puerta y les hizo un gesto para que entraran. Al hacerlo, descubrieron una sala moderna con muebles anatómicos, aire acondicionado, ambientación ecológica y una iluminación exacta para el ambiente de trabajo que se percibía al llegar, entre equipos informáticos y de comunicación.

-Veo que la Ilustración es mayor de edad que la Grecia antigua. Bienvenidos al maravilloso mundo de la clandestinidad, caballeros. Esa escalera que han bajado dificultosamente fue el último lugar de oscuridad que conocerán.

Ambos prefirieron no contestar nada al hombre que les había hecho tan insólito recibimiento y caminar hacia él.

-Como habrán adivinado, yo soy el así llamado Kant. Y como adivino yo, han llegado hasta mí Descartes y Diógenes. Bah, no lo adivino: he recibido un mensaje muy explícito.

-Yo he recibido un mensaje más complicado, Kant. Me dijeron que viniera a usted y que cuidara a mi familia. Pero al único que pude rescatar es a él, a mi sobrino...

-No necesito que me explique más nada, Descartes. Por razones de seguridad, que es algo urgente y vital como comprobará permanentemente en un futuro muy cercano, nadie conoce los datos personales que hayamos usado en nuestra estadía en el mundo de los bichos de carne. De nada le servirán acá, por otra parte.

-¿Qué quiere decir?. ¿Que nos tendremos que quedar acá encerrados por el resto de nuestras vidas?.

-¡Uy!. No seamos tan dramáticos, Descartes. Usted sí deberá pasar un tiempo entre nosotros hasta que podamos saber por qué tienen un interés tan inusitado en usted esas bestias. El pequeño no tendrá que vivir encerrado en un barril: acá tenemos escuelas con niños de su edad, bibliotecas con libros de papel, cines colectivos, canchas de futbol y basquetbol. Y al aire libre y con impecable seguridad todo el tiempo. Mejor que un country y gratis, ¿qué les parece?.

-¿Qué barril? –preguntó Ivo.

-Suena bien –dijo Gastón- pero quiero volver a ver a mis padres.

-Por supuesto que los querés volver a ver. Y sólo nosotros podemos conseguir que vuelvan.

-¿En serio?.

-Ya estamos trabajando en éso. No te voy a engañar diciéndote que van a venir el día tal y la hora tanto y que ya está todo solucionado, pero te doy mi palabra que vamos a hacer todo lo que podemos hacer -que es mucho- para que vuelvan.

-Ellos no hicieron nada.

-Nadie hizo nada, mi viejo. Ya vas a ver, Diógenes, que vas a poder vivir acá con tus padres.

-¿El único precio es que yo me quede acá a que me investiguen? –intervino Ivo.

-Si quiere expresarlo así, sí. Tenemos que saber qué lo hace a usted, Descartes, tan diferente a todos nosotros. ¿O me va a decir que usted no quiere saber por qué el Gobierno persigue con tanta saña a un empleado joven de una papelería privatizada?. ¿Y por qué gasta más recursos y más gente en él, que ni siquiera era opositor, que lo que lo ha hecho en años en mi organización?. Si me permite el humor negro, le digo que hasta le tengo un poco de envidia. Hay muchas camaradas que se mueren por conocer un hombre así.

-Sí, es extraño...

-¿No quiere saber en realidad quién es usted, Descartes?. ¿O cree que todo se arregla con: “Pienso, luego existo”?.

-Es inútil explicarle por ese lado –intervino Gastón.

-No soy tan ignorante –contestó Ivo- sé bien que el verdadero Descartes dijo éso. Y que dijo también: “El infierno son los demás”.

-Sí, pero doscientos años después.

-Caballeros, por favor, hablar de filosofía me abre el apetito desde siempre. Ya es hora de cenar; Hume les acompañará a su pieza y se encargará de todo lo que necesiten. Espero que acepten cenar conmigo.

-Tenemos que comer. Éste día ha sido terrible y fue lo que menos hicimos.

-Por eso, Descartes. Los espero en el comedor.

Ya instalados en sus habitaciones, ambos se echaron sobre las camas como un gesto de quien no sabe bien qué hacer. No tenían nada que se pareciera a un equipaje y nunca habían previsto que un día tuvieran que huir de la rutina diaria para esconderse durante un tiempo que no tenían la menor idea de cuánto podía resultar.

Él observaba al niño. Parecía tener, es cierto, una cara permanente de tristeza pero había podido soportar su terrible situación sin ninguna crisis. Hubiera sido un problema insoluble para Ivo. Probablemente, no tuviera total noción de lo que podría estar pasando con sus padres o confiara ciegamente en él, que había ido a buscarlo a la escuela cuando más lo necesitaba.

Después de todo, por más inteligente y culto que fuera, no dejaba de ser un niño y le faltaban aprender un montón de cosas que ningún libro le iba a poder decir. Habría que ver si él, Ivo, sí las sabía. No tenía mucho más que el doble de la edad del sobrino de Inés.

Todavía él mismo no se había hecho a la idea de que la vida que llevaba hasta ese momento había cambiado para siempre. Nada iba a ser igual para él, nunca más. Tenía que encontrar su camino, tenía que encontrar nada menos que su identidad. Era como tener amnesia: no podía estar seguro de nada de lo que recordaba. Sus sentimientos, sus gustos, las cosas que había hecho, sus viajes, sus amigos. Todo podía haber sido decidido por alguien en una lejana computadora.

-Bueno, vamos a encarar la comida –le dijo a Gastón para detener el flujo de su pensamiento.

Hume había estado esperando pacientemente que ellos salieran de la pequeña habitación y, con un gesto, hizo que la siguieran hasta un comedor de largas mesas, todas iguales, donde había pocos lugares libres. Ivo vio que ella tenía más o menos su misma edad y mostraba un interesante paisaje cuando caminaba delante de ellos.

Muchos de los que estaban comiendo los miraron interesados y saludaron a ambos, efectivamente o con gestos desde lejos, mientras se presentaban dando nombres que Ivo confió en que Gastón recordaría.

Cuando llegaron hasta la mesa de Kant, éste tenía a sus flancos a un hombre y una mujer que presentó como Hegel y Sócrates. El hombre que parecía ser el jefe supremo de la misteriosa organización se había sentado en una mesa que era exactamente igual a la de todos los demás.

-Si lo han notado, mis queridos Descartes y Diógenes, acá no hay más diferencias entre nosotros que las indispensables que hay que tener por disciplina cuando llevamos a cabo una acción. Aparte de éso, todos somos iguales y comemos lo mismo y tenemos los mismos derechos y deberes.

-Me parece bien –contestó Ivo- No hay problema.

-¿Qué se van a servir?. Hay píldoras de puchero, píldoras de pastel de carne y píldoras de canelones de choclo.

-Píldoras de...

-Por favor, Descartes, era una broma. ¿O cree, en verdad, que acá hay hombres a transistores, con cables por todos lados que funcionen a pilas?. No lo olvide, no dejamos de ser animales de la Madre Naturaleza, sólo que somos la especie más avanzada de la evolución. Vayan, allá conseguirán platos y cubiertos y allá, al otro lado, pueden servirse todo lo que quieran. De lo poco que hay, disfruten lo que más les guste.

Ellos obedecieron y encontraron rápidamente lo que necesitaban. Ivo no dejaba de estar desconcertado por la conversación de Kant y lamentaba no estar ni siquiera mínimamente al control de la situación, especialmente ahora que tenía un niño a su cargo.

-¿Quiénes serán esos dos que están con él? –preguntó Gastón.

-Probablemente, sus guardaespaldas. ¿Viste el lomo que tienen los dos?.

-No sé si no tiene más músculos la mina.

-Bueno, pero no hablemos de éso donde nos puedan escuchar, “Diógenes”.

Comieron más que bien. Pese a lo que había dicho Kant, la comida disponible era abundante, variada y excelentemente preparada.

-No me gusta hablar de trabajo cuando estamos comiendo, Descartes, pero no tengo más remedio que hacer una excepción esta vez, habida cuenta que seguramente ustedes van a querer irse a descansar, después de este día tan especial. Por otra parte, no hay mucho para hacer acá de noche. La verdad es que nos haría falta un buen lugar nocturno aunque las mujeres serían las mismas de siempre.

-¿No nos podría distraer de lo que tenemos que hacer?.

-No creo, Descartes, creo que más bien nos daría más energía para la lucha, pero no era de éso de lo que quería hablarle. Pienso, si a usted no le parece mal, que mañana mismo podríamos empezar los análisis necesarios para poder descifrar el enigma que tanto nos preocupa a usted y a nosotros. Es la parte menos simpática del asunto y por eso, creo que lo mejor va a ser que terminemos con éso cuanto antes.

-Sí, yo pienso lo mismo.

-Me alegro. Le aclaro antes que nada que son indoloros. Son más bien molestos. Y más que molestos, aburridos. Los únicos que parecen divertirse son ellos, los profesionales.

-No hay problema. Ya me sometí a uno.

-¿Cuándo?.

Ivo le contó casi totalmente lo que le había pasado en la casa de su amigo Christian.

-No creo demasiado en lo que le haya dicho ese tipo, por más que usted le creyera un amigo. Seguramente, le dijo lo que le convenía a ellos decirle. Nosotros no vamos a hacer otra cosa que decirle toda la verdad.

-¿Incluso por qué me escapé y ataqué sin razón a un tipo que nunca me había hecho nada?.

-No soy especialista en la materia, amigo Descartes, pero es probable que usted tenga incorporado un singular mecanismo de defensa que se imponga sobre lo que sus sentidos le dicten a la razón, lo cual no deja de ser una suerte. Muchas veces los sentidos nos engañan y nos llevan a tomar decisiones equivocadas. Si no le entendí mal, usted huyó sin un motivo aparente pero luego comprobó que le habían mentido y que había hecho bien. ¿No es así?.

-Sí...

-¡Ahí tiene!. Está más claro que el agua. Recuerde siempre lo que le dije hoy: somos la especie más avanzada de la evolución. Y quizás usted sea el germen de la evolución final y definitiva. Por eso es que ellos le tienen tanto miedo. Nos han inculcado durante generaciones demasiado complejo de inferioridad para poder dominarnos y exterminarnos, si es necesario. Ahora tienen miedo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

cómo que a yisela????!!!!

Alvaro Fagalde dijo...

todavia no. andamos en eso... solo me falta el detalle de que ella me conozca y salga conmigo.

Sofía BD dijo...
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