25 de febrero de 2011

Historia Ilustrada del Jazz 17

EL PRIMER HARD BOP: CLIFFORD BROWN, ART BLAKEY Y HORACE SILVER

Si bien el be bop resultó una revolución que hizo el cambio más grande en toda la historia del jazz, no terminó siendo un éxito comercial ni la consagración popular para sus principales nombres. Charlie Parker gozó de la veneración de muchos músicos pero sus discos no se vendían masivamente como ocurrió anteriormente con las big bands de swing -que entraron en crisis por la propia repetición y saturación del público y no por culpa de los jóvenes iconoclastas- y el mucho más hábil y práctico Dizzy Gillespie, con altas y bajas, mantuvo un buen pasar pero el primer lugar en la audiencia norteamericana sería conquistado y mantenido hasta hoy por un género que, curiosamente, también provenía del blues y que terminó adquiriendo respetabilidad y diversificándose en muchas propuestas que poco tienen que ver ya con la música de origen: el rock.

La influencia y la aceptación de "Bird" fue muy fuerte en los primeros años, acentuada por su temprana muerte, que lo llevó fácilmente al mito sobrehumano. Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de saxofonistas -y no sólo los altos- se limitaban a copiar en lo posible al genio caído. Sin embargo, una escucha contemporánea del conjunto de sus grabaciones nos permite comprobar que -mas allá de su extraordinaria técnica- Parker comenzaba a repetirse y ensayaba tímidamente otras búsquedas, otros caminos a los que no pudo llegar porque no superó los 35 años de vida.

El escenario post bop fue llenado poco a poco por jóvenes que, limando las características más polémicas del bebop (esos tiempos tan veloces e irregulares, esas melodías angustiadas y difíciles) fueron encontrando un camino más ancho y duradero.

El trompetista Clifford Brown nació en 1930 y se destacó inmediatamente como instrumentista. Luego de ser contratado por gente como Tadd Dameron y Lou Donaldson, debutó como solista a los 23 años con un grupo de jóvenes que incluía al baterista Art Blakey y al contrabajista Percy Health, posteriormente fundador del Modern Jazz Quartet. Sin embargo, poco después ingresaría a la muy exitosa orquesta de Lionel Hampton. El vibrafonista y baterista que se había hecho famoso junto a Benny Goodman, tenía un show donde se destacaban más las acrobacias del líder que la música del conjunto y Clifford pronto se separaría del conjunto durante una gira en Europa. Al año siguiente comenzaría a trabajar junto a Max Roach, con quien se sentiría prontamente hermanado.

Su inventiva, notable sonido, vitalidad y swing serían, acaso, el primer paso desde el difícil y árido be bop al más accesible hard bop pero lamentablemente falleció a los 26 años cuando su auto se cayó por un barranco junto a su novia y al pianista Richie Powell, hermano de Bud.

CONFIRMATION

BROWNIE EYES

BLUES WALK


Art Blakey comenzó como pianista pero pronto encontró su lugar en la música como baterista. Con 20 años consiguió entrar en la orquesta de Fletcher Henderson y un lustro después, en la de Billy Eckstine, donde coincidió -como es sabido- con todos los jóvenes (Parker, Gillespie, Miles, Navarro, Dexter Gordon) que muy poco después darían lugar al be bop. Luego de otras experiencias, incluso con el olvidado clarinetista Buddy De Franco que partía del bop para desarrollar una especie de cool intelectual, Blakey formaría su propia banda, denominada The Jazz Messenger, que se mantendría hasta su muerte en 1990 a los 70 años.

Como Clifford, Blakey era un músico más vital y alegre que la mayoría de los boppers y su conjunto consiguió un éxito sostenido, explicado no sólo por la calidad del toque energético, imaginativo y preciso de su líder sino también por los jóvenes talentos que lo acompañaban.

La lista de músicos que tuvieron su oportunidad gracias a la generosidad de Art Blakey es enorme y debe incluir al inicial Horace Silver, los trompetistas Donald Byrd, Lee Morgan, Freddie Hubbard, Terence Blanchard y Winton Marsalis; los saxos Johnny Griffin y Wayne Shorter; los pianistas Bobby Timmons, Cedar Walton y Keith Jarret, por nombrar solamente los más famosos.

Blakey se mantuvo exitosamente durante muchos años con sus Messengers, cuna de grandes músicos que luego de llegar a la fama abandonaban a su mentor para seguir su carrera solista. Esa juventud -a la que el líder permitía frecuentemente asumir tareas como compositores y arregladores- y ese trasiego constante fue lo que explica por qué el grupo (que nunca superó los ocho integrantes) se mantuvo fresco y cambiante aunque, al mismo tiempo siempre fiel a sí mismo y a la música que Blakey prefería.

ONCE IN A WHILE

QUICKSILVER

MAYREH


El pianista Horace Silver fue el primer gran cómplice de Blakey con sus Jazz Messengers y a los pocos años abandonó el conjunto para retomar su carrera solista que había comenzado a tomar brillantez al ser descubierto a los 24 por Stan Getz. En realidad, en la primera formación de los Messengers, Silver era el líder principal y Blakey tomó la posta al abandonarlo amigablemente el pianista para retomar su propio camino.

Horace Silver interpretó principalmente sus propias composiciones, que reconocen un abanico de influencias mucho más amplio que el del hard bop más ortodoxo de Art Blakey. Su padre era
originario de Cabo Verde y ese folcklore se vería registrado en algunas composiciones, incluyendo el título ("The Cape Verdean blues"). También estuvo abierto a la corriente funk y a los ritmos latinos y africanos en general, antes de que ésto estuviera de moda. En los últimos años, también se ha visto una suave influencia de los cantos religiosos que escuchó en su infancia, donde comenzó a tocar el órgano en iglesias.


LONELY WOMAN

SONG  FOR MY FATHER

20 de febrero de 2011

El Frente del 71 y este FA cuarentón

No lo viví personalmente porque en 1971 tenía 5 años y nadie en mi familia era de izquierda, pero cuando se fundó el Frente Amplio el clima político del país estaba encrespado. No voy a abundar en detalles -ya habrá una entrada de "El Uruguay que nos mienten" dedicada a eso- pero NUNCA se consideró por parte del resto del sistema político que acá ingresaba -simplemente- un partido político nuevo. La reacción fue histérica y ambos partidos tradicionales -antes enfrentados en las palabras y en los hechos- unieron fuerzas para reclamarse como los "partidos democráticos" e igualando -en todo momento- al FA con el muy activo MLN. Por ejemplo, se hacía propaganda electoral recordando a los secuestrados por la guerrilla y llamando a votar a los partidos "históricos" y no a quienes eran "cómplices" de esas violaciones a los D.D.H.H.

En ese tiempo -impensable poco antes en el paisito- se formó una coalición que apuntaba a perpetuarse más allá de lo electoral uniendo a los dos partidos tradicionales de la izquierda (PS y PC) con sectores desprendidos de blancos y colorados y grupos menores que incluían, sí, al 26 de Marzo, brazo político semi oficial de los tupamaros. El nacimiento del Frente no estuvo exento de violencia de la derecha, ya sea a través de numerosos atentados a los Comité de Base -con una actuación policial en su esclarecimiento rayana en la complicidad- y hasta el asesinato de una niña en Castillos, Rocha. Estas cosas no se han difundido mucho que digamos en los grandes medios de prensa y televisión, ni en ese entonces ni ahora.

Ese presente crispado y violento, intolerante y apocalíptico, fue -creo yo- el motivo principal de lo que se terminó concretando el 27 de Junio de 1973, pero eso también será tratado más profundamente en la serie ya mencionada. Lo que quiero referir hoy es que, inevitablemente, aquellos primeros frenteamplistas que creyeron en la fantasía nunca antes vista de formar una fuerza política que derrote a los partidos tradicionales, eran hijos de un tiempo donde la democracia y el respeto por el otro se habían dejado de lado, por parte de CASI TODOS los orientales. La Teoría de los Dos demonios nuevamente se revela como falsa e incompleta.

Ahora el Frente Amplio es el partido de gobierno y no el de la nacionalización de la banca y de la reforma agraria, expropiando las tierras. Ya no están los banqueros administrando la economía nacional y no hay atentados en la calle. Nadie -o casi- puede tener miedo de perder su trabajo por sindicalizarse.

Con mucho esfuerzo, el FA pasó de oponerse al status quo, integrando una fuerza crítica en su totalidad -hasta 1971 había sectores dentro de los partidos tradicionales que se oponían al neoliberalismo pero que no trascendían a las direcciones nacionales de los caudillos- levantando por primera vez en este país reinvindicaciones sociales a ejercer desde 2005 el Ejecutivo y tener que llevar a la práctica medidas de cambio.

Ni siquiera hoy todo el Frente comprendió que una cosa es decir: "mejorar el salario real de los trabajadores" y otra, tomar medidas concretas que efectivamente tengan el resultado -necesario y deseable- de mejorar ese salario. No sirve limitarse a la consigna simpática y vacía. Tampoco, por otro lado, en administrar sin cambiar y hacer lo mismo que hicieron los que estuvieron antes.

Tempranamente, Tabaré, el primer Intendente de la coalición (y después, también el primer Presidente de la República) comprendió que es imposible gobernar siendo rehen de una complejísima estructura partidaria de Mesas, Plenarios y Congresos donde cualquiera tiene la potestad de trancar todo sin perder nada. El problema es que así, el FA se está transformando en un partido tradicional donde muchos dirigentes están esperando lo que decida su líder para saber qué es lo que van a tener que decir. Lo cual incluye, por cierto, al actual presidente Mujica colocado en ese cargo de una manera que habrá que comentar en la próxima entrada de esta serie.

15 de febrero de 2011

Silvio Rodríguez, tan olvidado

Primero apareció en Emisora del Palacio y en CX 30 La radio. ¿Quién era ese cubano de voz “finita”?. Pronto el éxito trascendió la caída de la dictadura y todo el mundo lo conocía y vendía mucho –junto a Pablo Milanés- no solamente entre los “canto popu” militantes de matera con calcomanías. Casi, casi, los pasaban a ambos en todas las radios –ya sabemos que muchas jamás pasarían a ningun cubano- y sus recitales eran a lleno completo. El problema es que mucha gente los escuchaba –fanáticamente- sólo porque eran cubanos y representantes de aquel régimen.

Pero después desaparecieron bastante del mapa, supongo que luego de aquel año tan particular que fue 1989. Creo que nadie ha escuchado los discos de Silvio después del fracaso artístico que fue “Oh, melancolía” en 1988 (también, ese título no ayudó). ¿Qué ha hecho desde entonces?. ¿Cómo nos suenan esos temas ayer tan famosos (“Unicornio”, “Canción urgente para Nicaragua”, “Ojalá”, “La era está pariendo un corazón”, “Sueño con serpientes”, muchas más) después de la caída del muro, del sandinismo y de la militancia en Uruguay?.

En tiempos de caída libre de la venta de discos en cualquier formato, aquel gran vendedor que fue Silvio, ¿no tiene lugar?. Nunca se pasan sus canciones nuevas -y poquísimo las viejas y conocidas- en nuestras FM (¡qué tema para una entrada el criterio musical de las emisoras uruguayas!).

Por encima de todo, creo que es un músico realmente talentoso. Tiene en su haber varias canciones realmente muy por encima de la media (y aquí incluyo dos: "Por quien merece amor" y "Canción en harapos"), que con sus altas y sus bajas -quién no las tiene, después de todo- nunca ha perdido el buen gusto y la sensibilidad. Hoy, huérfano de apoyos interesados y acríticos, es uno de los "olvidados que dicen presente" -gracias, Yanuzzi- a través de varios discos posteriores a su difusión masiva.




10 de febrero de 2011

Cine: Historia Ilustrada 16

ORSON WELLES

El joven insolente que realizó en su debut la mejor película de la historia del cine, según el consenso generalizado, nació en 1915. Considerado un niño prodigio que a tempranísima edad era un entendido en Shakespeare -afición que nunca abandonó- el cineasta más talentoso nacido en Estados Unidos provocó un escándalo tan sorprendente como no deseado con su adaptación radial de "La guerra de los mundos" de H. G. Wells. Si bien era un programa de ficción ya consolidado en el dial, esa emisión convenció a mucha gente de que era un noticiero real al adaptar varias convenciones habituales -e incluso, contratar a un locutor verdadero- y provocó pánico en parte del público.

En rigor George Orson Welles tenía una importante carrera no sólo en radio sino también en teatro como actor, director y libretista cuando se convirtió en un nombre célebre por el escándalo. Esa notoriedad le valió un contrato con la productora RKO para realizar tres películas con control y libertad total -algo inédito en Hollywood- de las que sólo pudo terminar la sugestiva biografía de un magnate de la prensa ficticio pero que se parecía demasiado al verdadero William R. Hearst, quien boicoteó la película del debutante. "El ciudadano" (foto 2) tenía como tema principal la dificultad de conocer realmente a su personaje central, a diferencia del género biográfico tan transitado en el cine de la época. La contradictoria personalidad de ese hombre poderoso, ególatra, ambicioso y pedante que sólo parecía necesitar (y no encontrar) afecto se veía correspondida con la estructura de la película que comenzaba con la muerte de Charles Kane (el propio Welles) y la posterior investigación de qué había querido decir al pronunciar una enigmática última palabra "Rosebud" (capullo). El secreto sólo lo sabrá, sobre el final, el espectador. El problema es que así es como llamaba Hearst a su amante en la intimidad, dato conocido por el veterano colibretista del filme Herman Mankiewicz, amigo de ambos.

Esa ambigüedad, esa sutileza para mostrarnos la triste vida de quien lo tiene todo y se cree el centro del Universo estaba convenientemente subrayada por una técnica brillante, puesta al servicio de la historia -lo que no siempre pasaría con Orson- gracias a que grandes técnicos como el notable fotógrafo Greg Tolland respaldaban las intenciones del inexperto director, que tenía apenas 25 años. Ubicada en la gran mayoría de las encuestas como la mejor película de todos los tiempos, es indiscutible que no se puede prescindir de ella.

Un año después, Welles intentaría otro trabajo sutil, maduro e inteligente con "The magnificent Ambersons" (foto 3) -traducida aquí como "Soberbia"- pero la productora le quitó el control total luego del escándalo y las intensas presiones de Hearst y la destrozó en el montaje final. Mirándola hoy es claro que es el esbozo de una gran película, menos escandalosa y más serena que su antecesora, pero no menos brillante.

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Fragmento de "El ciudadano" (1941)

Durante la Segunda Guerra Mundial se le confió a Orson un documental rutinario a rodar en Brasil pero el material a imprimir en Estados Unidos pareció poco turístico y diplomático, especialmente por tener demasiado material de los reclamos de los pescadores locales y de la música y el carnaval brasileros (y los negros que la hacían). La cancelación del proyecto fue un duro golpe para Welles al ganarse la fama de irresponsable y derrochador, que le perjudicaría notoriamente para poder continuar una carrera como director en Hollywood. Luego de rodar algunas películas convencionales -entre las que se destacan "El extraño" (foto 4), "La dama de Shanghai" con su esposa, la estrella Rita Hayworth y "Macbeth", su primera adaptación shakesperiana, con reducídisimo presupuesto, trabajó mayormente en Europa, con una excepción.

La excepción fue "Sed de mal", un policial con muchas originalidades, especialmente su clima extraño, ilógico, casi onírico que incluía a un personaje interpretado por Dennis Weaver, que era un empleado absolutamente lunar y a un protagonista llamado Quinlan, interpretado por el director, corrupto y racista que se oponía al mucho más simpático Vargas (Charlton Heston, fundamental para la contratación de Welles), pero que demostraba tener razón, sin dejar nunca de ser ese personaje desagradable.

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Fragmento de "Otelo" (1952)

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Fragmento de "Sed de mal" (1957)

Antes había ganado la Palma de Oro de Cannes por "Otelo", otra adaptación de su amado Shakespeare, financiada -con mucha dificultad y muchas discontinuidades- con dinero propio y que, pese al premio, sería muy poco distribuída hasta la década de los 90 cuando su hija Beatriz se empeñaría en restaurarla y reestrenarla.

Otra gran película realizada con mucha más tranquilidad fue su particular adaptación de la novela inacaba de Franz Kafka "El proceso". El particular punto de vista del escritor checo sobre los absurdos de la sociedad terminaban imponiéndose en el característico estilo recargado wellesiano. Cuando en 1988 se realice otra adaptación en Inglaterra mucho más fiel, el resultado tendrá poco interés.

Las películas inacabadas o postergadas de Orson son muchas, incluyendo una interesante adaptación de "El Quijote" que intentó terminar durante 30 años, "The deep" sobre Isak Dinensen, otra de sus escritoras favoritas o "El otro lado del viento", rodada con las actuaciones de los directores John Huston y Peter Bogdanovich y retenida desde entonces por los sucesivos gobiernos iraníes, coproductores del film.

Entre las que sí pudo finalizar se encuentran dos películas más a resaltar. La primera fue "Campanadas a medianoche" (foto 5), donde volvía por última vez al gran poeta inglés para sintetizar en una obra casi todas las que tienen en común la presencia del personaje tragicómico Falstaff, demostrando su gran capacidad para verter al universo shakesperiano al celuloide.

La última de las obras interesantes de Welles fue "F for fake", un falso documental que anticipaba el cine moderno, muy poco distribuído, siendo aún inédito en nuestro país.

El estilo cinematográfico de Orson Welles -fallecido en 1985- visible en las películas que pudo realizar con más libertad, está basado sobre todo en una constante experimentación con los ángulos y los lentes, que dotan a la imagen de gran expresividad. El encuadre wellesiano nunca es rutinario, aunque a veces tanto barroquismo parezca gratuito. En sus mejores momentos aparte de la indiscutible "El ciudadano" (todo "Otelo", buena parte de "Sed de mal" y casi todo "El proceso") parece funcional a su tema y adelantado a su tiempo. También el montaje y el sonido son dos herramientas que Orson trabajó con mucho cuidado.

Nadie puede suponer hasta dónde pudo haber llegado si hubiera podido realizar su carrera con tranquilidad. Su talento indiscutible y su particular personalidad no casaron bien con el sistema cerrado de estudios de un Hollywood aún demasiado comercial, que no sabía cómo canalizar a los directores no rutinarios.

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Fragmento de "El proceso" (1962)

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Fragmento de "F for fake" (1973)

5 de febrero de 2011

El séptimo item del menú (I)

Ivo Mantero miró hacia atrás, probablemente por instinto, viendo que un gigantesco tanque de guerra venía a una velocidad de más de 200 kilómetros por hora hacia él.

Apenas, milagrosamente, tuvo tiempo para rodar sobre sí mismo, sin poder estar totalmente seguro que el enorme vehículo no le hubiera triturado un par de dedos de la mano derecha.

El carromato siguió por inercia dos cuadras, hasta que pudo darse vuelta y enfilar nuevamente hacia Ivo. Éste destrozó la puerta de cristal orgánico de la primera casa que tenía frente a sí, desesperado, soportando la descarga magnética por su intrusión.

Al llegar frente a esa entrada, el cañón del tanque impactó sobre ella, haciéndola desaparecer.

Ivo se dio cuenta que seguirían las demás habitaciones de la casa en la que se había refugiado.

-¿Es a usted a quién persiguen? -le preguntó un asombrado hombre que salió de una de las habitaciones de la casa.

-Le juro que no sé por qué, yo estaba...

El hombre dejó de prestarle atención y, extendiendo a la vista de los conductores del carro una especie de comprobante, consiguió que éste se detuviera.

-Yo me encargo. Pueden retirarse.

-Pero, señor... tenemos órdenes. Él es un...

-Y yo soy un azul. ¿O no sabe leer?.

-Usted ordena, señor.

Mientras el vehículo gubernamental se retiraba, el hombre se dirigió a Ivo.

-Lamentablemente, deberé estar con la casa así dos o tres días, hasta que la reconstruyan. Pero estoy seguro que fue un error y usted no tiene ninguna culpa. Dígame, señor, ¿qué fue lo que pasó y su nombre?.

-Bueno... estaba cambiando una fila de cables a mi ciclomotor cuando vi a ese tanque que se me arrimaba a toda velocidad.

-¿Cómo pudo salvarse?.

-Fue increíble. Se tiraron arriba mío sin que pudiera escuchar un solo sonido; no tengo ni idea de cómo pude esquivarlos, y cuando volvieron por mí lo único que vi fue su puerta, por suerte.

-Son el tipo de unidad de guerra más veloz sobre el planeta. ¿Cómo pudo correr más que ellos?.

-Eso también fue asombroso. Supongo que será por el terror que tuve, por saber que no tendría ninguna oportunidad si perdía el tiempo. Imagínese que llegué a 31,67335 kilómetros por hora, nada menos, cuando mi record personal era apenas 22,4314.

-¿Cómo dijo?.

-Pues que desarrollé...

Él no pudo terminar su frase, porque el influyente hombre lo derribó de un tremendo puñetazo.

-¡Hijo de puta!. ¡Cómo me engañaste!. ¡Quedate ahí que ahora vas a ver lo que es bueno...!

El hombre entró en una pieza de lo que quedaba de la casa, mientras Ivo intentó incorporarse y evadirse, resbalando entre los escombros de lo que fue el porche.

-¡¡Agustina!!. ¡¡Agustina, dónde mierda está el arma!!. ¿Será posible que en esta casa nunca encuentre algo cuando lo preciso?.

Ivo Mantero comenzó una nueva huida alejándose lo más rápido posible de donde le había salvado la vida quien ahora parecía querer quitársela. Por supuesto, no se iba a quedar para comprobar que aquello no fuera una amenaza exagerada.

Perdió la noción del tiempo. Lo más insoportable era la sensación de miedo, de terrible miedo, de estar siendo perseguido.

Sólo el tropezarse con una enorme piedra que no vio y caer frente a otra casa derrumbada que el Gobierno no había tenido tiempo de reconstruir, le permitió una tregua. No tenía más sentido ir sin rumbo –pensó- y mejor sería buscar algún lugar donde nadie, fuera quien fuera, pudiera verlo.

La casa estaba destruída, abandonada tal como había quedado sin duda cuando algo hizo blanco sobre ella, sin que nadie se preocupara de limpiar el lugar. No había una pared que hubiera quedado en pie, pero al fondo parecía haber una especie de parrillero techado bastante mejor conservado.

Por suerte no había nadie. Ni siquiera parecía que alguna vez alguien hubiera tenido la misma idea que él.

-Bien. Sólo 0,21765 rads -pensó. Es una contaminación como la que se podría encontrar en cualquier esquina de su barrio.

Ni siquiera sabía bien qué quería hacer allí. A cambio de su vida había perdido definitivamente su ciclomotor, tanto tiempo deseado hasta que al fin lo pudo comprar. Tanto trabajo para que algún estúpido lo quisiera eliminar.

¿Pero por qué?. Era evidente que éstos no eran ladrones. No era un tanque común del ejército; él los conocía bien de haber ido tantas veces a ver los desfiles en 18 de Julio en los feriados. Serían seguramente de la policía o de alguna agencia gubernamental como la de drogas, la de alcohol o la de cigarrillos. Pero no podían estar persiguiéndolo a él, que no solía probar ninguna de esas cosas.

Sería seguramente un error. Pronto alguien descubriría que lo habían perseguido confundiéndolo con algún criminal o algún espía de los androides.

Él era un buen patriota; había intentado alistarse en el ejército humano pero fue rechazado por el asma. Pero no era su culpa. Había testigos, había amigos que lo conocían, él nunca había hecho nada para ser perseguido.

Entonces Ivo se estremeció. No habían querido detenerlo. Sencillamente, habían querido eliminarlo.

Pero era imposible. Esas cosas sólo las hacían los robots. ¿Cómo se podía concebir que alguna unidad de lucha humana, fuera quien fuera, atacara a otro humano?.

No se animaba a volver a la calle. Tenía que ponerse a pensar. No podía volver a la rutina de su casa, de su trabajo, de Sayago, hasta no estar seguro de que no lo esperaban precisamente en los lugares que frecuentaba. Tenían que conocerlos, era muy fácil averiguarlo para cualquier dependencia del Gobierno.

El sol se iba, prefirió no prender las luces. Pronto serían las ocho de la noche y habría toque de queda por la guerra. Inevitablemente pasaría esa noche ahí. Al otro día tendría que irse sin dejar rastros de su paso por el salón secundario de esa casa que, sin embargo, seguramente era más grande que el apartamento donde vivía Ivo.

Despertó cuando ya había llegado la mañana, sobresaltado. Tenía la extraña sensación de que no había pasado más que un segundo pero nuevamente era de día. Se asomó a la calle, tambaleando entre el irregular piso.

Debía pensar. La ropa que tenía puesta era totalmente común: pantalones deportivos metálicos y un buzo de jean. Muchos jóvenes llevaban esas cosas todos los días por la ciudad, así que era imposible que lo buscaran por la ropa o por su aspecto físico, totalmente vulgar. Seguramente ellos, sean quienes sean, si lo estaban buscando, tenían que apelar a métodos más sofisticados. Se decía que el ejército tenía unos aparatos parecidos a controles remotos que verificaban la existencia suficiente de tejido orgánico como para no dejar dudas si alguien era humano o androide.

Era posible, seguramente, caminar por 18 sin tener miedo de ser atrapado por nadie. O mejor sería agarrar una calle paralela como Colonia o Mercedes.

¿Qué hacer?. Él sólo había ido al centro a comprarse ropa. Tenía que asegurarse que pudiera volver a su vida habitual sin problemas.

Le seguía intrigando la razón por la que el tipo aquel que parecía tener algún cargo importante, caprichosamente, había cambiado tanto de actitud. No había tenido ningún inconveniente en enfrentarse a sus perseguidores para salvarlo y, sin embargo, de un momento a otro, tuvo el sentimiento contrario.

¿Qué había dicho él de malo?.

Tendría que encontrar alguna forma de ir a su trabajo, acercándose sin ser visto y poder estar totalmente seguro que nadie lo volviera a perseguir. Era absolutamente imposible que alguien pudiera escapar dos veces de una unidad oficial.

Se estremeció. Hace poco había leído en la red que nadie jamás había podido escapar de una persecución policial, según se jactaba el nuevo ministro del Interior.

Pero cómo saber si había sido la policía. Le obsesionaba el por qué. Por qué alguien quería meterse con él.

Había caminado lentamente esas calles que tanto conocía, cerca del edificio donde pasaba todas las mañanas desde hacía cuatro años. Tenía que ser un malentendido. Al fin y al cabo, ellos trabajaban para proveer al Gobierno y él no hubiera podido pisar jamás la entrada si alguien sospechara de su humanidad.

Prestó atención a que no era temprano. En realidad, tendría que estar trabajando desde hacía dos horas. Por supuesto que estarían alarmados de su ausencia. Lo habrían buscado en su casa y en la de su novia. Todo el mundo en la empresa sabría que alguien había llegado tarde.

La entrada de ahí parecía igual que todos los días. No encontró ninguna señal de anormalidad aunque la había buscado, mirando obsesivamente todos los detalles que pudo en la calle hasta llegar a encontrarse a escasos diez metros de la puerta.

Pero se dio vuelta. Nunca podría tener la seguridad de no meterse en una trampa mortal y siempre habría alguna excusa que ingresar en su máquina para justificar una ausencia.

Compró el diario, con la idea de meterse en cualquier café al azar. Después de todo, hacía 15 horas y 37 minutos que no comía absolutamente nada. Eligió un lugar por el que siempre pasaba cuando salía del trabajo sin haber entrado jamás. Había sólo un veterano muy gordo tomando café, haciendo un crucigrama de papel.

Al pagar recordó que tenía que entrar en su cuenta antes que fuera demasiado tarde. O reirse de ser un paranoico y volver a vivir normalmente si comprobaba que sólo se asustaba porque algún milico sicótico se había enceguecido con él. Su banco personal sería la mejor prueba posible de que si todo andaba bien, o no.

Pero en ese momento lo mejor era sentarse y comer urgentemente. Introdujo el disco en la terminal y esperó que el diario se presentara en pantalla. Si no decía nada de él, podía sentirse tranquilo.

Por suerte, las noticias eran las de siempre: el desarrollo en tiempo real de las últimas escaramuzas de la guerra y los resultados –también al instante- del fútbol en todo el mundo. Encontró al fin el vínculo donde podía listar los ciudadanos sospechosos de no ser 100% humanos o de simpatizar con la ideología androide y no figuraba él. Indudablemente, no figuraba él. Podía estar seguro que las noticias eran buenas porque el diario tenía un buen antivirus, realmente muy actualizado.

Pagó y se retiró del lugar con una sensación de inseguridad que –pensó- no se iría hasta que pudiera comprobar que no tenía dificultad para mover su cuenta.

Pero todo parecía andar bien: al pasar su chip por la ranura del robot guardián, éste desapareció, dándole vía libre para entrar en su banco. Y al hablarle a éste, estaba totalmente dispuesto a operar. Seguía siendo un ciudadano común y corriente, después de todo.

Si no le habían embargado los fondos del chip, podía llevar la vida de siempre. Ahora sólo faltaba justificar de la manera más elegante posible la falta de hoy y mañana, reintegrarse a trabajar tranquilo.

Paró un taxi apenas salió de la cabina para ir a lo de Inés. Cuando subió, les llamaron la atención a él y al chofer una decena, por lo menos, de soldados que se abalanzaron sobre el mismo banco donde había estado él hacía apenas segundos. Parecieron estar confundidos hasta que el robot guardián encendió su pantalla, indicándoles lo que querían saber.

-¡Uy, dio!. Estos tipos no sé que buscan, pero se van a poner a registrar todo y yo ando con la libreta vencida. Yo me las pelo como el mejor, maestro, y después me dice adónde quiere ir.

-Sí, mejor.

El taxista no le cedió el paso peligrosamente a una fila de autos que se le cruzaba y salió de la zona zigzagueando por la avenida. Parecía estar acostumbrado a este tipo de problemas, cosa que Ivo agradeció para sus adentros.

-¡Pah, me siguen!. ¡Me van a agarrar si son brujos estos guachos!.

Aceleró más allá de lo permitido, evidentemente. Uno de los dos coches policiales consiguió seguir los permanentes desvíos de ruta del taxi.

-Aguantá un cachito, que si llegamos a donde yo sé, estamos salvados.

Ivo apenas podía mantenerse dentro del coche, bastante pequeño, sin darse la cabeza contra el techo o las puertas. Ahora, evidentemente, el chofer le daba más importancia a la velocidad que al trayecto.

-¡Estamos salvados, macho!. Acá no entra el que quiere, sino al que lo dejan.

El auto policial pareció detenerse como si estuviera ante una barrera invisible. Los agentes se bajaron sólo para ver, impotentes, como el taxi se alejaba irremediablemente.

-¿Cómo hizo para que no entraran? –preguntó Ivo.

-¿Yo?. Nada, pibe. Pero acá ya es Belvedere. Y estos cosos no entran sin permiso a los barrios obreros. Si no, pasan a mejor vida. Acá mandamos nosotros.

-Es bueno saberlo.

-Bueno, la película policial fue una gentileza de la casa. Ahora te prendo el contador y me decís adónde querés ir. Espero que no sea a tres cuadras de donde nos empezaron a seguir.

-No, es en Colón, donde vive mi novia.

-Ta, vamos a conocer a la ninfa.

Si bien el resto del viaje fue seguro y el chofer se pasó hablando de fútbol, Ivo Mantero no pudo evitar el preocuparse nuevamente por su situación. Evidentemente, no llegaron todos esos policías por una libreta vencida. Era posible que lo estuvieran esperando. Si habían investigado tanto su vida, sabrían que la mayoría de los días iba a visitar a Inés.

Pero lo peor fue que cuando introdujo su chip en el procesador del taxi para pagar, el hombre cambió totalmente de actitud al leer la identidad de quien le estaba pagando.

-¡Atención, central!. ¡Acá llamando el coche 314-147!. Tengo una clave 77, repito, tengo una clave 77.

Ivo se bajó lo más rápido que pudo del auto y comenzó a correr, descartando totalmente entrar en la casa de su novia.

Creyó estar a salvo en una plaza oscura rodeada de callejones que él conocía bien. Tenía que pensar. Resolver qué hacer rápidamente, pero no podía seguir moviéndose al azar. Tenía que encontrar en dónde esconderse. Tenía que encontrar ayuda.

¡Claro!. ¿Cómo no lo había pensado?. ¿Dónde podría estar mejor que con Christian?.

Llegó a su apartamento luego de caminar casi media hora, lentamente, mirando a todo el mundo, temiendo que cualquiera que estuviera caminando junto a él pudiera estar siguiéndolo.

Él estaba, como siempre. Nunca se sabía si estaba haciendo en la computadora alguno de los trabajos que le permitían vivir a él, a su pareja y a su hermana cómodamente o sólo estaba divirtiéndose leyendo libros antiguos del siglo XX. En todo caso, tenía una mesa para comer al lado de su equipo, dormía junto a él y hasta tenía un gimnasio programado por él mismo para compensar tantas horas sentado.

Silvia fue quien recibió a Ivo, extrañada del aspecto de él, pero prometió explicaciones para más adelante. Ahora sólo quería un lugar tranquilo para dormir y tranquilizarse.

Christian lo ayudó a distraerse comentándole el último juego de realidad virtual que había inventado para la empresa que le había designado recientemente diseñador jefe. Era algo de acción basado en la historia antigua donde Julio César comandaba el asedio de la ciudad de Troya, destruyéndola finalmente después de horas de luchar, introduciéndole un virus en el sistema operativo de la defensa de las murallas.

Ivo Mantero despertó al otro día y desayunó en la cocina junto a Silvia. Ésta seguía interesada en saber por qué no tenían noticias de él ni en el trabajo ni su novia Inés y por qué había aparecido en ese estado en su casa.

Confió en ella y le contó lo poco que sabía, pero vio que se quedaba en silencio, como si no le creyera. No tiene la culpa –pensó- no es creíble que el gobierno se ponga a matar humanos. Especialmente, si son inocentes. Nunca había pasado algo así.

-Christian va a saber qué tenés que hacer, sin duda.

Entró en el cuarto de él porque no tenía la puerta cerrada, lo que hubiera sido una señal de que estaba en el medio de la experimentación de un nuevo juego virtual.

-¡Ah, te estaba esperando!. ¿Descansaste bien?.

-No sabés cuánto te lo agradezco.

-No seas boludo, Ivo. Decime por qué caíste tan de improviso por acá. Y con la cara que tenías.

-Es largo y se lo acabo de contar a tu hermana, pero, bueno...

-Dale.

Le llamó la atención que Christian se levantara del equipo para sentarse junto a él y escucharlo.

-Podés empezar tranquilo, tengo todo el día para escucharte. Tengo mucho trabajo adelantado y Héctor está de viaje.

-Bueno, vos te acordás que siempre ando con problemas con el ciclomotor. Estaba en la Rambla y Av. Brasil tratando de ver por qué mierda se me había parado de vuelta cuando se me tiró un tanque arriba. ¡Un tanque de guerra de verdad!. Parecido a los que se ven en los desfiles.

-¿Habría tenido problemas con la dirección o algo así?. Aunque no suelen andar en la calle. No son un autito cualquiera.

-No, éste era bastante chico, pero no era un problema mecánico ni un error. Me quisieron matar a mí.

-Me parece increíble todo lo que me contás. ¿Cómo te pudiste salvar?. Vos no sos un atleta, precisamente. Nunca hacés deportes.

-Esa fue la parte que me confunde más. Supongo que fue por el cagazo, pero me encontré corriendo a 31,67335 kilómetros por hora y...

Christian Heredia se paró violentamente. Quedó mirando fijamente a Ivo Mantero y retrocedió lentamente dos o tres pasos.

-¿Qué te pasa?. ¡No me mirés así!.

-¿Cómo que no te mire así?. ¿No te das cuenta de lo que me dijiste?.

-¿Cuál cosa?.

-¿Cómo sabés con tanta exactitud la velocidad?.

-¿Yo?. No sé bien, pero es fácil. Corrí 187,475 metros en 21,308 segundos. O sea que en una hora (o sea, 3600 segundos) recorro 31,67335 quilómetros.

-¿Y desde cuándo tenés esa facilidad para las matemáticas?.

-¡Es una regla de tres simple!.

-Vo, pelotudo, ¿no te das cuenta que el 99 % de la humanidad se desmaya antes de llegar a calcular cuántos segundos hay en una hora?.

-¿Qué querés decir con éso?.

-No sé si estás actuando o, sinceramente no te das cuenta, pero te lo voy a decir de un saque: ¡sos un androide!.

-¿Cómo?. ¿Vos me querés tomar el pelo?.

-¿Cómo te voy a querer tomar el pelo?. ¡Bajá a la realidad!.

-¿Lo qué?. ¡Yo soy normal!. Soy un humano, como cualquiera. Soy más normal que todos. ¡A mí no me digas que soy un androide, porque te parto la boca, puto de mierda!.

-A mí no me putiés. No te calentés conmigo, que yo no tengo la culpa.

-¡Sos un hijo de puta!. ¿Cómo que soy un androide?. ¡Soy un humano!. Quise ir a pelear en el ejército y no me aceptaron por el asma, pero iba a jugarme la vida por los humanos. ¡Vos serás el androide, sorete!.

-¡Ivo!. ¿Qué te pasa? –ingresó Silvia a la pieza al escuchar los gritos- ¿Por qué te ponés así con mi hermano?.

-No te preocupés. Es el ataque típico. Se acaba de enterar que tiene el mismo problema que vos.

-¿Vos también, Ivo?.

-¿Qué quieren decir?. ¿Me quieren hacer creer que soy nada más que un robot?.

-Los dos somos robots, si querés. Vení, sentate, yo sé bien lo que estás pasando porque yo también lo viví y reaccioné igual que vos cuando él me lo dijo.

Ivo Mantero se sentó en la cama de su amigo junto a ella, que había apoyado las manos sobre sus hombros. Parecía, con la cabeza gacha, que ya no iba a reaccionar violentamente.

-Acordate lo que nos contaban en el liceo: no matés al mensajero que te trae las malas noticias. Yo te puedo decir mejor que mi hermano lo que es darse cuenta de lo que en realidad somos. Nadie me lo contó, yo lo viví. ¿Y te creés que no quise matarlo a él cuando me hizo el examen, engañada?

-¿Quién se lo va a hacer a propósito, si no? –agregó Christian.

-Tengo que decirte toda la verdad. Vos ahora ni podés pensar en éso, pero sé conciente que es muy duro, mucho más duro de lo que te pueda parecer ahora, que hace unos segundos que lo sabés. Estuve meses deprimida. Pero salí y me dije que si ésa va a ser mi vida, bueno, que sea. Vos tenés que hacer lo mismo, yo te voy a ayudar en todo lo que precises.

-No puedo aceptar que mi cerebro sea una computadora.

-¿Cuánto es 1 sobre 87.956? –preguntó Christian.

-1,13693210 y siguen las cifras –contestó Ivo.

-¿Lo ves?. Sos igual a mí –agregó Silvia- yo también puedo hacer todos los cálculos que quieras y hasta graficarlos. Y sin embargo él, que vive metido en esa máquina, tiene que recurrir al aparato para todas las cuentas que necesita. O a su hermana, que es otro aparato.

-Vos no sos un aparato. Sos una persona –le contestó Ivo.

-No te enojés. Lo digo como broma. Tenemos sentimientos, tenemos sufrimientos, tenemos necesidades de amor como cualquier otro. Vos a seguir siendo el mismo de siempre para mí y, espero que ahora que sabés mi secreto, yo siga significando lo mismo, también para vos.

-Claro que sí, Silvia. Siempre.

-Lamento interrumpirlos, chicos, pero creo que sería buen momento para que Ivo sea revisado a ver qué porcentaje de su organismo es cibernético y cuál es orgánico.

-¿Ahora?.

-Sí, mi viejo. Creo que es mejor agarrarte en caliente. Capaz que sólo tenés algunas partes del cerebro y el resto es normal y sería mejor darte la buena noticia ya mismo.

-¿Y si soy todo mecánico?.

-No, imposible –se sonrió Christian- eso es en las seriales de ciencia-ficción. ¿O no sabés que los androides tienen brazos y piernas –y otras cosas- igual que los humanos?. Tienen el cerebro mecánico, y por eso son tan diferentes a nosotros.

-O a ustedes.

-O a mí, si querés. No te olvidés que tengo a mi hermana androide y vivimos lo más bien, juntos.

-Está bien. Hagamos lo que haya que hacer.