10 de febrero de 2011

Cine: Historia Ilustrada 16

ORSON WELLES

El joven insolente que realizó en su debut la mejor película de la historia del cine, según el consenso generalizado, nació en 1915. Considerado un niño prodigio que a tempranísima edad era un entendido en Shakespeare -afición que nunca abandonó- el cineasta más talentoso nacido en Estados Unidos provocó un escándalo tan sorprendente como no deseado con su adaptación radial de "La guerra de los mundos" de H. G. Wells. Si bien era un programa de ficción ya consolidado en el dial, esa emisión convenció a mucha gente de que era un noticiero real al adaptar varias convenciones habituales -e incluso, contratar a un locutor verdadero- y provocó pánico en parte del público.

En rigor George Orson Welles tenía una importante carrera no sólo en radio sino también en teatro como actor, director y libretista cuando se convirtió en un nombre célebre por el escándalo. Esa notoriedad le valió un contrato con la productora RKO para realizar tres películas con control y libertad total -algo inédito en Hollywood- de las que sólo pudo terminar la sugestiva biografía de un magnate de la prensa ficticio pero que se parecía demasiado al verdadero William R. Hearst, quien boicoteó la película del debutante. "El ciudadano" (foto 2) tenía como tema principal la dificultad de conocer realmente a su personaje central, a diferencia del género biográfico tan transitado en el cine de la época. La contradictoria personalidad de ese hombre poderoso, ególatra, ambicioso y pedante que sólo parecía necesitar (y no encontrar) afecto se veía correspondida con la estructura de la película que comenzaba con la muerte de Charles Kane (el propio Welles) y la posterior investigación de qué había querido decir al pronunciar una enigmática última palabra "Rosebud" (capullo). El secreto sólo lo sabrá, sobre el final, el espectador. El problema es que así es como llamaba Hearst a su amante en la intimidad, dato conocido por el veterano colibretista del filme Herman Mankiewicz, amigo de ambos.

Esa ambigüedad, esa sutileza para mostrarnos la triste vida de quien lo tiene todo y se cree el centro del Universo estaba convenientemente subrayada por una técnica brillante, puesta al servicio de la historia -lo que no siempre pasaría con Orson- gracias a que grandes técnicos como el notable fotógrafo Greg Tolland respaldaban las intenciones del inexperto director, que tenía apenas 25 años. Ubicada en la gran mayoría de las encuestas como la mejor película de todos los tiempos, es indiscutible que no se puede prescindir de ella.

Un año después, Welles intentaría otro trabajo sutil, maduro e inteligente con "The magnificent Ambersons" (foto 3) -traducida aquí como "Soberbia"- pero la productora le quitó el control total luego del escándalo y las intensas presiones de Hearst y la destrozó en el montaje final. Mirándola hoy es claro que es el esbozo de una gran película, menos escandalosa y más serena que su antecesora, pero no menos brillante.

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Fragmento de "El ciudadano" (1941)

Durante la Segunda Guerra Mundial se le confió a Orson un documental rutinario a rodar en Brasil pero el material a imprimir en Estados Unidos pareció poco turístico y diplomático, especialmente por tener demasiado material de los reclamos de los pescadores locales y de la música y el carnaval brasileros (y los negros que la hacían). La cancelación del proyecto fue un duro golpe para Welles al ganarse la fama de irresponsable y derrochador, que le perjudicaría notoriamente para poder continuar una carrera como director en Hollywood. Luego de rodar algunas películas convencionales -entre las que se destacan "El extraño" (foto 4), "La dama de Shanghai" con su esposa, la estrella Rita Hayworth y "Macbeth", su primera adaptación shakesperiana, con reducídisimo presupuesto, trabajó mayormente en Europa, con una excepción.

La excepción fue "Sed de mal", un policial con muchas originalidades, especialmente su clima extraño, ilógico, casi onírico que incluía a un personaje interpretado por Dennis Weaver, que era un empleado absolutamente lunar y a un protagonista llamado Quinlan, interpretado por el director, corrupto y racista que se oponía al mucho más simpático Vargas (Charlton Heston, fundamental para la contratación de Welles), pero que demostraba tener razón, sin dejar nunca de ser ese personaje desagradable.

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Fragmento de "Otelo" (1952)

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Fragmento de "Sed de mal" (1957)

Antes había ganado la Palma de Oro de Cannes por "Otelo", otra adaptación de su amado Shakespeare, financiada -con mucha dificultad y muchas discontinuidades- con dinero propio y que, pese al premio, sería muy poco distribuída hasta la década de los 90 cuando su hija Beatriz se empeñaría en restaurarla y reestrenarla.

Otra gran película realizada con mucha más tranquilidad fue su particular adaptación de la novela inacaba de Franz Kafka "El proceso". El particular punto de vista del escritor checo sobre los absurdos de la sociedad terminaban imponiéndose en el característico estilo recargado wellesiano. Cuando en 1988 se realice otra adaptación en Inglaterra mucho más fiel, el resultado tendrá poco interés.

Las películas inacabadas o postergadas de Orson son muchas, incluyendo una interesante adaptación de "El Quijote" que intentó terminar durante 30 años, "The deep" sobre Isak Dinensen, otra de sus escritoras favoritas o "El otro lado del viento", rodada con las actuaciones de los directores John Huston y Peter Bogdanovich y retenida desde entonces por los sucesivos gobiernos iraníes, coproductores del film.

Entre las que sí pudo finalizar se encuentran dos películas más a resaltar. La primera fue "Campanadas a medianoche" (foto 5), donde volvía por última vez al gran poeta inglés para sintetizar en una obra casi todas las que tienen en común la presencia del personaje tragicómico Falstaff, demostrando su gran capacidad para verter al universo shakesperiano al celuloide.

La última de las obras interesantes de Welles fue "F for fake", un falso documental que anticipaba el cine moderno, muy poco distribuído, siendo aún inédito en nuestro país.

El estilo cinematográfico de Orson Welles -fallecido en 1985- visible en las películas que pudo realizar con más libertad, está basado sobre todo en una constante experimentación con los ángulos y los lentes, que dotan a la imagen de gran expresividad. El encuadre wellesiano nunca es rutinario, aunque a veces tanto barroquismo parezca gratuito. En sus mejores momentos aparte de la indiscutible "El ciudadano" (todo "Otelo", buena parte de "Sed de mal" y casi todo "El proceso") parece funcional a su tema y adelantado a su tiempo. También el montaje y el sonido son dos herramientas que Orson trabajó con mucho cuidado.

Nadie puede suponer hasta dónde pudo haber llegado si hubiera podido realizar su carrera con tranquilidad. Su talento indiscutible y su particular personalidad no casaron bien con el sistema cerrado de estudios de un Hollywood aún demasiado comercial, que no sabía cómo canalizar a los directores no rutinarios.

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Fragmento de "El proceso" (1962)

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Fragmento de "F for fake" (1973)

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