10 de marzo de 2011

Cine: Historia Ilustrada 17

EL CINE BRITANICO INTENTA DESPEGAR

La industria norteamericana había conseguido dominar el mercado inglés, de la manera que intentó copar todas las pantallas posibles: inaugurando el sistema de vender por paquetes, obligando al exhibidor a adquirir un montón de películas que después necesitaba ubicar en pantallas para amortizar su costo a cambio de conseguir la obra taquillera que le interesaba. De esa forma, en Gran Bretaña poco y nada se producía en la raquítica industria local porque poco y nada era lo que quedaba para poder exhibirlo.

En 1927 se promulgó una ley que exigía que los films nacionales cubrieran el 5 % de la programación, cuota que fue subiendo hasta el 20 % en 1936. La introducción exitosa del sonido simultáneamente con esta acción protectora determinó primero que se estrenaran un sinfin de películas realizadas sin ningún esmero para cubrir las cuotas pero, lentamente, determinó también el incremento en la calidad de la realización.

Una de las principales medidas fue importar talentos extranjeros. Sin ser las contrataciones ruidosas de grandes estrellas que desde hacía años conseguía Hollywood, Inglaterra se hizo de gente talentosa y con experiencia que dinamizó la industria. Entre los nombres más importantes figura el francés René Clair, el norteamericano William Cameron Menzies y el alemán E. A. Dupont. Pero quien más importancia tendrá en el cine inglés fue el húngaro Alexander Korda (foto 1), que fundó la London Films y realizó el primer gran éxito económico del país: "La vida privada de Enrique VIII" con el relativamente desconocido Charles Laughton. Luego realizó con el mismo actor "Rembrandt" (1936) (foto 2) sin repetir el suceso. Pronto se hizo productor pero tuvo tiempo para conseguir otro gran éxito, que llamó bastante la atención al público de la época por sus empeñosos efectos especiales: "El ladrón de Bagdad" (1940), que ayudó junto a "Lo que el viento se llevó" en el año anterior a afianzar la fotografía en colores. Korda se unió al esfuerzo de guerra realizando otra biografía "Lady Hamilton" (1941), esta vez idealizando al almirante Nelson.

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Fragmento de "La vida privada de Enrique VII" (1933) de Alexander Korda
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Fragmento de "El ladrón de Bagdad" (1940) de Alexander Korda

El nombre más importante que surgió en el período desde Inglaterra es sin duda, Alfred Hitchcock (foto 3), quien debutó en 1925 como realizador de largometrajes con una serie de películas de bajo costo, generalmente adaptaciones teatrales o comedias sin pretensiones. Su primera obra en la que verdaderamente consiguió llamar la atención con el estilo que lo haría famoso fue "El vengador", variante inteligente sobre el personaje de Jack el Destripador (o la sospecha de que alguien puede serlo).

En 1929 se le encarga el primer film sonoro británico (en realidad lo realizó como película muda pero se resolvió sonorizarlo posteriormente) "Blackmail" y se siguió afirmando en la industria con títulos como "Juno y el pavo real" (hoy olvidado), "Asesinato" (foto 4), "El hombre que sabía demasiado", "Los 39 escalones" (foto 5), seguramente su primera obra maestra y "La dama desaparece".

Hitchcock pronto se especializó en intrigas donde sabía insertar acción, suspenso y un poco de humor en situaciones protagonizadas por gente común, generalmente un inocente bajo sospecha. Su gran inventiva visual, su enorme habilidad para manejar los tiempos y un ingenio permanente le permitieron una gran popularidad y frecuentes éxitos económicos, aunque lo relegaron durante demasiado tiempo en la consideración de la crítica como un mero artesano.

Las grandes novedades del estilo hitchcockiano fueron la inserción de la intriga (lo que el espectador va a ver al cine) en ambientes simples y cotidianos, muy diferentes de los rocambolescos folletines tan populares en Estados Unidos y Alemania ambientados en escenografías exóticas y novelescas y protagonizados por héroes casi sobrehumanos. Por el contrario, sus películas más logradas cuentan con gente común (o casi) de carne y hueso, que se ven enfrentadas sin quererlo, a situaciones misteriosas y a acusaciones infundadas que deberán resolver de la forma que puedan. No es casualidad que no suelen aparecer detectives, policías ni profesionales del espionaje en sus películas, especialmente en las que realizó en su país natal antes de mudarse a Hollywood en 1939.

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Fragmento de "El vengador" (1926) de Alfred Hitchcock
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Fragmento de "Chantaje" (1929) de Alfred Hitchcock (versión muda)

Por cierto, hubo otros nombres importantes en el lento resurgir de la industria británica. La película más importante -especialmente por el esfuerzo de producción que necesitó- que realizó Cameron Menzies se llamó "Lo que vendrá" (1936) (foto 6). No carente de interés, la historia del hasta entonces poco frecuentado género de ciencia ficción, sobre una catástrofe en el planeta del que la civilización resurgiría gracias a una serie de científicos previsores que diseñan un futuro mejor para las nuevas generaciones, se resentía de un excesivo didactismo, que terminaba desplazando la anécdota por el mensaje de paz, probablemente urgido por la inestabilidad política que entonces vivía el viejo continente.

Otro norteamericano que pudo realizar una obra importante llamado por una productora británica fue el documentalista Robert Flaherty, quien intentó repetir su gran éxito "Nanook el esquimal" recreando las durísimas condiciones de vida de los pescadores de una aislada isla irlandesa con "El hombre de Aran". También hubo un brasilero exiliado que consiguió realizar la mayor parte de su obra en la floreciente cinematografía inglesa: Alberto Cavalcanti, quien después volvería a su país natal para intentar repetir la consolidación de una industria nacional con la compañía Veracruz, sin éxito. Ambos hombres fueron fundamentales, sin embargo, en la influencia que ejercieron sobre los jóvenes que realizarían formidables documentales en la inmediata Segunda Guerra Mundial y un poco más allá.

Korda siguió siendo el principal productor de la industria inglesa e impulsó a varios nombres nuevos, sentando las bases para la continuidad de la producción del Reino Unido. En el período se anotaría otro éxito con una brillante adaptación de la corrosiva obra de Georges B. Shaw "Pygmalion", hoy bastante olvidada por la posterior versión realizada por George Cukor, ganadora de varios Oscars pero no superior a la dirigida con suprema ironía por el joven Anthony Asquith.

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Fragmento de "El hombre de Aran" (1934) de Robert Flaherty
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Fragmento de "Pygmalion" (1935) de Anthony Asquith

2 comentarios:

Neville dijo...

Siempre me gustó Hitchcock y, en general, todo el cine inglés que no intentase simplemente "asemejarse" al cine norteamericano.

Muy buena entrada.

Alvaro Fagalde dijo...

La tentación de asimilarse al cine más exitoso y taquillero es mucha. Además, mucho del cine que creemos británico fue financiado y producido por compañías americanas.

Gracias por el elogio.