25 de noviembre de 2011

Cine: Historia Ilustrada 25

HOLLYWOOD EN CRISIS INTENTA RENOVARSE

Terminada la Segunda Guerra Mundial, si bien Estados Unidos no había vivido la destrucción en su propio territorio, sí había aportado muchos muertos, heridos y mutilados que habían sufrido directamente la tragedia de la destrucción masiva. El mundo se había convulsionado, otros enfrentamientos se vislumbraban -fundamentalmente, entre las dos potencias no europeas que habían triunfado, la propia Norteamérica y la Unión Soviética- agravados por la posibilidad de que una Tercera Guerra fuera la definitiva al crearse con éxito el arsenal nuclear. La gente estaba más seria y preocupada que antes y el cine reflejaría esos intereses pero también otras dificultades.

Coincidiendo con la postguerra, un nuevo electrodoméstico haría furor en los hogares estadounidenses, cambiando al mismo tiempo la exhibición cinematográfica: la televisión. En muy pocos años se vendieron millones de aparatos y mucha gente comenzó a quedarse en casa, disfrutando de la novedad que le aportaba la misma cuota de entretenimiento e información (o sea creían) que el cine sin necesidad de atender horarios, vestirse para la ocasión y abonar una entrada. La industria del cine, al principio intentó hacerle la guerra, incluso con un boicot a la exhibición de películas que ya habían salido del circuito de las salas, pero pronto comprendió que era una pelea sin posibilidad de victoria. Intentó, más inteligentemente, darle a los espectadores lo que su rival no podía: por un lado, los lujos que no estaban al alcance técnico del nuevo aparato, ya sea color o una pantalla más ancha; por otro lado -y dado que ni todos los presupuestos podían ser muy altos ni todos los públicos querían lo mismo- películas más adultas y audaces que la conformista producción televisiva.

Hollywood dio espacios para la -más o menos- libre expresión de un puñado de jóvenes directores que habían dado -la mayoría de ellos- sus primeros pasos en la producción televisiva, justamente. Se llamaban Elia Kazan (foto 1), Edward Dmytryk (foto 2), John Huston, Robert Rossen, Nicholas Ray y Joseph Losey (foto 3), entre los más interesantes. Generalmente intentaron tratar temas comprometidos con la realidad contemporánea y fueron aceptados por los productores, ya que había un público para ello, pero pronto comprendieron que habían muchas limitaciones para los jóvenes inquietos.

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Fragmento de "Cuerpo y alma" (1947) de Robert Rossen

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Fragmento de "Encrucijada de odios" (1947) de Edward Dmytryk

Kazan, nacido en Turquía de familia griega y con una prestigiosa carrera en el teatro neoyorquino, fue el primer consagrado por el Oscar con "La luz es para todos", un alegato contra el antisemitismo relativamente audaz. Otra brillante muestra de denuncia de intolerancia fue "Encrucijada de odio", dirigida por el canadiense hijo de ucranianos Dmytryk. Un detalle significativo fue que la obra de teatro en la que se basaba ésta última tenía al racismo contra los negros como impulsor del cruel asesinato de un soldado inocente, pero fue cambiado también por el odio contra los judíos por la censura, al considerar éste último tema más aceptable, luego de las atrocidades de la Guerra. Los problemas de los negros en el propio país, no parecían ser buen negocio, especialmente por la oposición del Sur.

Robert Rossen venía directamente de la televisión y haría un par de filmes vigorosos, antes de ser absorbido por la industria: "Carne y espíritu" denunciaba los manejos inescrupulosos que se movían en las apuestas del boxeo (Rossen había sido boxeador) y "Decepción" (1949) (foto 4), Oscar a mejor película, sobre un político que comenzaba su carrera prometiendo ser inflexible en su combate a la corrupción pero terminaba contaminándose con ella, al intentar ascender.

Pronto estas audacias terminarían con la reactivación del llamado Comité de Actividades Antinorteamericanas. Aunque fue creado por el tristemente célebre senador Joseph McCarthy para aprovecharse de la histeria anti soviética -el único país que podía hacer frente al dominio norteamericano- la más conocida de sus actividades inquisitorias fue la que llevó a cabo contra Hollywood desde la Cámara de Representantes por otros figurones. Las productoras colaboraron presurosos con el Comité, más por conveniencia que por convicción, aceptando dejar sin trabajo a los sospechosos de "comunismo".

Las audiencias acusatorias eran más que discutibles: los sospechosos eran hostigados por los investigadores y los testigos "amistosos" podían hablar todo lo que quisieran. Mucha gente fue desprestigiada y le fue impedido seguir trabajando por una antigua afiliación a partidos de izquierda, por ir a reuniones sindicales, por haber sido mencionado por un testigo amenazado o, incluso, por haber apoyado al ex presidente Roosevelt. La persecución contra quienes eran acusados poco menos que de ser espías a sueldo del extranjero sólo cedió en los primeros 60, al comenzar a ser contratatos con sus propios nombres varios libretistas, que fueron la mayoría de los ingresados a las listas negras.

De los directores citados, Losey tuvo que irse definitivamente, Huston lo hizo voluntariamente -no había sido acusado pero se opuso al macarthismo duramente- pero Kazan y Dmytryk (éste último después de haber sido encarcelado) colaboraron dando nombres de supuestos afiliados al P.C. En esos tiempos se hicieron varias películas ferozmente anticomunistas, "denunciando" la infiltración en la sociedad norteamericana, el lavado de cerebros y la destrucción de familias que se decía realizaba el enemigo pero el resultado fue de ínfima calidad y de nulo éxito económico.

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Fragmento de "La luz es para todos" (1947) de Elia Kazan

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Fragmento de "El niño con los cabellos verdes" (1948) de Joseph Losey

Mientras tanto, Hollywood -y sus veterano directores con él- siguió trabajando realizando las películas que la industria necesitaba para seguir andando. En medio de la crisis inevitable en materia de venta de entradas de cine que siguió a la consolidación de la televisión, muchos estudios de filmación se vendieron y las grandes empresas productoras que mantenían a actores, directores y demás técnicos bajo contratos durante años no permitiéndoles elegir las películas que podían realizar, comenzaron a ver declinar su poderío irreversiblemente, preparándose para una nueva etapa.

William Wyler, luego del éxito de "Lo mejor de nuestras vidas" lució apagado y no adaptado a los nuevos tiempos; Howard Haks triunfó con una comedia musical al viejo estilo, "Los caballeros las prefieren rubias" (1952), con la ascendente Marilyn Monroe; el austríaco Fred Zinnemann, en cambio, consiguió dos formidables éxitos que le permitieron hacerse un nombre en la industria, aunque su prestigio no le haría entrar dentro de los grandes nombres de la Historia. La primera fue "A la hora señalada" (1951), un western que fue visto como una crítica a la delación y la cobardía y que, probablemente, por eso perdió en la entrega de los premios Oscar ante el indefendible "El espectáculo más grande del mundo", ñoña glorificación de los circos hecha por el más amistoso Cecil B. de Mille. El otro gran éxito, sí premiado abundantemente, fue "De aquí a la eternidad", una historia de amor con un trasfondo levemente crítica a la actuación bélica americana.

El también austríaco Billy Wilder, que había triunfado con "Pacto de sangre" y "Días sin huella" comenzó su mejor período, con comedias mucho más corrosivas y cínicas de lo habitual, como "Cadenas de roca" (1951), sobre el amarillismo periodístico; "Stalag 17" (1952), una insólita burla dentro de un campo de concentración; la más romántica "Sabrina" (1954) y "La picazón del séptimo año" (1955), la definitiva consagración de Marilyn. Antes se había permitido realizar la barroca obra maestra "El ocaso de los dioses", sobre una estrella del cine mudo cruelmente olvidada.

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Fragmento de "Moulin rouge" (1952) de John Huston

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Fragmento de "El ocaso de los dioses" (1950) de Billy Wilder

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