8 de abril de 2010

Novela propia por entregas

GARDEL NACIÓ EN LITUANIA (IV)

Me asomé a la ventana y para mi asombro, no quedaba nadie rodeando las rejas de la mansión. Mi primer pensamiento fue que habían conseguido entrar para convertir el poco resto que me quedaba de vida en un infierno aún peor que escuchar a mis hijos hablar de política pero me equivoqué. Dos horas después, cuando llegué a la mitad del jardín, desde donde podía abarcar toda la vereda pude ver que, efectivamente, ya no había ni uno solo de esos tipos que me habían convertido en algo así como un ídolo popular, un líder religioso o algo aún peor.

Cuando miré para la casa de al lado, se aclararon mis dudas. Estaba Alvaro Fagalde, sentado en un banco del frente de su palacete, en uno de esos días en que se le había dado por hablar. Solo o a quien tuviera la desgracia de acercársele.

-Hola, vecino, buen día.

-Buen día... buen día, dice... ¿qué pueden tener de buenos?.

-Y... usted pregunta cada cosas...

-¿Por qué tenemos que envejecer?. ¿Por qué no nos damos cuenta de jóvenes que vamos a envejecer y no vamos a tener otra oportunidad?.

-¿Qué le pasa hoy, que no anda de buen humor como siempre?.

-Estoy deprimido.

-No, yo me refería a las novedades.

-¿Novedades, dice?. No hay nada nuevo que pueda pasar. Ahí es cuando nos damos cuenta que nos estamos muriendo.

Siguió hablando así durante un buen tiempo, pero me quedé más o menos escuchándolo un poco porque le debía que gracias a él, nadie vendría a molestarme por décadas.

-...abro las páginas de los diarios y busco las críticas literarias... ¿y qué encuentro?...

-Que no hacen crítica literaria.

-Hacen, todavía. Algo hacen. Y cuando se refieren a mí son todos elogios, son todos aplausos.

-Eso es bueno –dije, para hacerlo calentar.

-¡Qué va a ser bueno, señor!. ¡Yo era el escritor más maldito, más censurado, más contracultural del continente!. ¡Me decían que fuera a la escuela de vuelta a aprender a escribir!.

-Estos críticos...

-¿Y ahora?. Todos los escritores jóvenes me imitan. Y a los que no me imitan les dan con un caño. ¡Cualquier escritorcito principiante que escriba sobre una violación donde a la mina le guste escandaliza más que yo!. ¿Adónde vamos a ir a parar?.

-Cultura era la de antes...

-Ningún diputado me intenta prohibir, ninguna religión me amenaza de muerte... mis libros se venden bien, me piden montones de entrevistas...

-Una pesadilla, realmente.

-¿Pesadilla, dice?. Pesadilla fue la que tuve anoche.

-¿Qué soñó?.

-Soñé que escribía libros para adolescentes, con maravillosas aventuras, magos y hechiceros y duendes y viajes por tierras exóticas donde los árboles hablan y las piedras tienen poderes especiales y sabiduría milenaria...

-Terrible.

-¿Terrible dice?. Terrible fue lo que leí ayer...

Entré con la velocidad de un caracol reumático, que para mí es el más extenuante de los trotes. El tipo no estaba dispuesto a detener su discurso y yo, que debido a mi obesidad no puedo caminar y pensar al mismo tiempo, me prometí para cuando pudiera ganar mi sillón reforzado preferido, tener en cuenta la posibilidad de comprarme un casal de esos perros fascistas que no dejan de atacar a cuanto ser viviente esté a su alcance, pero que por lo menos no hablan. Y no fueron de izquierda en su juventud.

Estuve a punto de cambiar de opinión cuando creí escuchar que algunos de los integrantes de mi familia merodeaban el cuarto (o algo así) donde paso gran parte del día comiendo y mirando televisión. Una de las formas más exitosas que encontré de hacer que no me molesten –o sea, que se alejen de mí- es la de abrir alguna de las más bizarras –y falsas- páginas pornográficas de la red –esas que asquearían hasta a alguien tan depravado como un educador de preescolares- y tenerla minimizada mientras sigo mirando un partido de la segunda división de Uganda. Si alguno de esos miserables seres se asoma para decirme que tengo que adelgazar o algo de eso, pongo en primer lugar alguna imagen de –por ejemplo- una chica tailandesa supuestamente mayor de dieciocho años teniendo una orgía con siete fornidos negros. Nunca falla.

Pero mientras buscaba la página de fotos retocadas salvadora (y desconectaba la Internet o reseteaba el equipo varias veces) se me ocurrió que no me haría ningún daño si, durante el entretiempo del partido, buscaba las novedades sobre el caso en el que jamás me involucraría.

Algunas de las fotos de los cadáveres violados y mutilados no eran muy diferentes de los de la página que buscaba. No se habían ahorrado ningún detalle lúgubre en la descripción y, seguramente, la mayor parte eran inventados. Las imágenes –y una insólita maraña de adjetivos repetidos y altisonantes- llamaban la atención repetidas veces sobre la crueldad y ensañamiento del terrible asesino serial. Especialmente, se detenían en mostrar con lujos de detalles las macabras burlas que efectuaba a los cadáveres metiéndoles cosas en la boca o pintándoles frases en las nalgas, etcétera.

Un diputado joven –hijo y nieto de ministros y legisladores, a quien nunca había visto en todos estos años preocuparse por nada- encabezaba una feroz campaña para instaurar la pena de muerte a todos los asesinos y delincuentes. Culpaba del terror que sufría la ciudadanía a la liberalidad de algunos jueces que no merecían el sueldo que nosotros le pagábamos, que soltaban a las bestias sedientas de sangre. Se preocupaban por los derechos humanos de los salvajes y se olvidaban de los de las víctimas, agregaba, usando un par de gestos evidentemente copiados de su –por suerte- difunto padre que fue el principal defensor de la impunidad de los militares y policías que hicieron cosas similares durante la dictadura.

Un experto en Sociología o Ciencias Políticas o en Administración de Empresas opinaba que era un producto natural de la clase de sociedad en la que vivimos. Un doctor en Semiótica o en Lingüística decía que la decadencia del Homo Sapiens es irrefutable y que ésto era un mensaje que nos enviaba como última advertencia. Un misionero de no sé qué culto decía –obviamente- que la llegada del Juicio Final es inminente y que nada evitará la destrucción total del planeta de la que sólo se salvarán, casualmente, los que vayan a esa iglesia.

Perdón, me equivoqué. Estaban opinando sobre la selección celeste.

Pero yo presté más atención a la serie de mensajes que dejaba escrito el tipo en las paredes donde montaba la escenografía que después reproducirían todos los medios. Era difícil no hacerlo, puesto que no sólo apabullaban el espacio de los monitores olvidando cualquier otra información sino que también había un amplio surtido de vínculos para poder seguir con la mayor comodidad posible la serie progresiva de pistas para encontrarlo.

Efectivamente, el “enemigo-público-número-uno” había hecho un conteo que, por ahora, llegaba hasta el 14 de frases enigmáticas, cifras y datos aparentemente incoherentes y prometía la entrega número 15 prontamente. Dado que las víctimas –hombres y mujeres menores de edad, casi siempre blancos y hermosos si me permiten el comentario- eran encontradas con varios días de muertos y después de pasar más de una jornada tratadas incluso peor que en un hotel montevideano, la prensa virtual insistía repetidamente que seguramente en estos mismos momentos habrían vaya uno a saber cuántos inocentes sufriendo inenarrables padecimientos mientras nadie hacía nada para salvarlos.

Ese nadie me incluía a mí, con nombre y apellido. Al leer eso comprendí que los últimos mensajes que había recibido en mi casilla de correo no tenían que ver en realidad con mi costumbre de participar en chats sadomasoquistas haciéndome pasar por una negra viciosa.

Comencé a asustarme por primera vez en este caso. No podía saber hasta cuándo mi vecino escritor podría mantener a raya a toda esa repugnante fauna que rodea a la gente que es mencionada en una campaña de los medios: madres indignadas por lo que les ha dicho la televisión, periodistas parientes de los dueños de los medios, curiosos que van a ver sangre, hinchas de Cerro y de Danubio, abogados, milicos retirados, viejas que vienen a dar manija. Ni siquiera todos los vecinos juntos de Carrasco podrían con ellos. Es verdad que tengo a mis hijos para tirarles como última esperanza pero nada me asegura que van a estar de mi lado.

Bah, sí sé de qué lado van a estar.

Estas preocupaciones hicieron modificar mi posición férrea de no atender a ninguno que me viniera a molestar con este caso. Cuando mi hijo me avisó que una chica joven había insistido en hablar conmigo porque era un testigo fundamental acepté inmediatamente, lo que defraudó a Adalberto que había organizado algo.

-Buenas tardes, señor Acerenza, es un honor que usted haya aceptado recibirme.

-Siempre estuve dispuesto a dar mi máxima colaboración en este caso, señorita...

-Daniela.

Era realmente muy bonita, del estilo veinteañera de piel pálida, poco maquillada y peinada y con naturalidad para hablar con los hombres, lo que revelaba que, obviamente, todavía tenía experiencia sexual con muy pocos. Lo que me extrañó es que se miró la palma de la mano para responderme.

-Usted dirá.

-Traigo una carta del comisario Oxobí, que fue el que insistió en que usted podría ayudarme.

-¡Ah, mi viejo amigo!. Entonces el gusto será doble –contesté, porque la flaca me había gustado.

-Se refiere al caso del “Leopardo”.

-Sí, por supuesto. Es el asunto al que le estoy dando mayor prioridad –dije, sin ruborizarme.

-Ese salvaje mató a mi mejor amiga.

-Cuánto lo siento. Haré todo lo que esté a mi alcance para atraparlo –insistí.

-Yo estaba presente cuando esa bestia sedujo a Carola y se fue con ella y después... –su voz se entrecortó.

-¡Un momento!. Eso quiere decir que tú lo viste...

-Sí.

-Yo sé que la policía uruguaya desconoce hasta las técnicas de investigación que inventaron los asirios, pero podría hacer que te dieran una carpeta con fotos hasta que reconocieras al tipo. Sería fundamental...

-No necesito reconocerlo, señor Acerenza. Yo sé quién es.

-¿Cómo?.

-Sí, lo conozco. Sé su nombre, su profesión, dónde vive.

-¿Quién es?.

-Buenas tardes, señor Acerenza, es un honor que usted haya aceptado recibirme.

-Buenas tardes... pero lo que te pregunté es quién es el tipo... -¿necesito aclarar que estaba desconcertado?.

-Mi nombre es Daniela –me contestó después de mirarse la palma de la mano, como había hecho la primera vez- y traigo una carta del comisario Oxobí, que fue el que insistió en que usted podría ayudarme –dijo, después de levantarse la manga de la camisa.

-El tipo, el tipo...

-¿Qué tipo? –preguntó y comenzó a mirarse con ayuda de un pequeño espejo varios sectores de su piel que dejaba al descubierto, como por ejemplo los hombros, la espalda, las pantorrillas, las rodillas e, incluso, media nalga derecha que casi –debo confesarlo- hace cambiar el tipo de calentura que estaba sufriendo.

-Perdón, ¿podríamos hacer las cosas en forma prolija?. Primero me decís lo que viniste a decir y después te desnudás y tenemos todo el sexo que quieras.

Supongo, agregué para mis adentros.

-No me malinterprete, señor... Acerenza –dijo después de leerse la muñeca izquierda- padezco de pérdida de memoria a corto plazo y tengo que escribirme en mi cuerpo la información imprescindible para vivir. Incluso, mi propio nombre está en mi mano como puede ver.

-Ya veo. ¿Todo tenés escrito?.

-Solamente lo imprescindible por razones obvias, como ya le expliqué. Si fuera como usted podría tener toda la información que necesitara y mucho más –agregó, con un tono que no pareció exactamente el de una mujer desesperada por violarme– pero me tuve que escribir acá –dijo, señalándose el brazo- el motivo de mi visita: “Traigo una carta del comisario Oxobí, que fue el que insistió en que usted podría ayudarme”.

-Es algo extraño. ¿Y cómo es eso de que perdés la memoria al corto plazo?.

-Buenas tardes, señor Acerenza, es un honor que usted haya aceptado recibirme.

-¡Uy, Dios!.

-Traigo una carta del comisario...

-¡Sí, ya sé, ya sé!. No es necesario que me mostrés tu cola. Por lo menos, hasta que encuentre una cámara de fotos. Quiero que te concentrés y me digas sencillamente quién es el “Leopardo”.

-¿Qué es eso?.

-Simplemente, el asesino que apenas mató a catorce personas o más, con el insignificante detalle de que las torturó salvajemente durante días...

-¡Qué horror!.

-...incluyendo a tu amiga Carola.

-¿Qué Carola?.

-La que me... digo, vos me hablaste de ella. Así no vamos a avanzar nunca. ¿Por qué miércoles no te anotaste en algún lugar el nombre del asesino, me mostrabas la parte que sea y listo?.

-¿Y usted quién es para que yo le muestre algo?.

-La explicación está en aquel brazo.

-A ver... ah, sí. Lo que pasa es que usted no me lo dejó leer...

-Es que me aburre que me repitan siempre el mismo verso mil veces. Por eso no miro los noticieros de la televisión.

-¿Qué es lo que quiere usted saber?.

-Resumen de lo publicado: yo detective y -digamos- busco asesino llamado “Leopardo”. Stop. Tú verlo, amiga Carola ir con él última vez que ser vista viva. Stop. Vos lo conocés. Stop. Decís quién es y consigo encanutarlo. Stop.

-Ahora entiendo. Ya lo recuerdo.

-¿Quién es?.

-Buenas tardes, señor Acerenza, es un honor que usted haya aceptado recibirme.

-Ufff... Murmullovsky, traeme un cronómetro.

-Traigo una carta del comisario Oxobí, que fue el que insistió en que usted podría ayudarme.

-¿Desde cuándo estás tan formal conmigo, Dany?.

-¿Perdón?.

-Mirá, por más problemas que tengas con la memoria, me parece imposible que hayas podido olvidar todo lo que pasó entre nosotros.

-¿Nosotros? –dijo, sin intentar disimular una mueca de asco. Sé, por mi experiencia, que muchas mujeres cuando están muy excitadas sexualmente, intentan disimularlo fingiendo una expresión similar a la nausea. Es la compleja mentalidad femenina.

-Confieso que ya tengo algunos años y no podría soportar otra noche igual. Debés de entender que un hombre, aún si es fuerte y vigoroso como yo, tiene un límite para la pasión. Y si bien me llevaste al cielo de donde no he descendido en todos estos meses que llevamos de relación, no podré hacer el amor diecisiete veces por segundo día consecutivo. Sé que es duro para ti...

-¡No sea ridículo, señor Acerenza! –me interrumpió después de haber leído detenidamente toda su pierna derecha- me he tatuado el nombre de todos los novios que he tenido y usted no figura por cierto, como puede ver.

Miré la lista, por supuesto, como harían todos ustedes. Una lista demasiado larga para mi gusto, aunque hay que reconocer que siempre esa lista es demasiado larga para el gusto de los hombres.

-Además, el que tenga serios problemas de memoria no quiere decir que carezca de olfato o de aparato digestivo –agregó, por si hicieran falta más humillaciones.

-¿Querés decir que olvidaste escribir mi nombre?.

-Buenas tardes, señor Acerenza, es un honor que usted haya aceptado recibirme.

-Hola, Daniela.

-Traigo una carta del comisario Oxobí, que fue el que insistió en que usted podría ayudarme.

-Bueno, ya te la leo.

-Por favor, señor Acerenza. Deje de escribir con lapicera en mi pierna. Sólo valen los tatuajes, los nombres están tatuados. ¡Ufa, todos los hombres hacen lo mismo!.

-Acordate –dije, mientras comenzaba el lentísimo proceso de intentar incorporarme de nuevo- yo detective, Leopardo, Carola, catorce o más.

-No sé de qué me está hablando –contestó mientras comenzaba la repetida ceremonia de mirarse todos los mensajes, que era a lo único que yo podía aspirar sexualmente con una mujer con menos de cien kilos.

-¿No tendrás algún tatuaje en los pechos?.

-Si quiere ver pechos, siga navegando con su computadora en esa página asquerosa en la que está...

-Auch, ¿podrías hacerme el favor de apagarla tú, que seguramente demorarás varios días menos que yo en llegar hasta allá?.

-Está bien, pero no se propase conmigo.

-¡Esperá!. ¡No la apagués del todo!. Escribí bien grande: “Yo soy el detective Ivo Acerenza. El asesino llamado “Leopardo” mató a Carola. Vos sabés quién es. Yo lo voy a atrapar”.

-...ya está.

-Imprimí eso.

-Buscá en la red alguna foto de Carola. Preferentemente, de cuando estaba viva.

-Carola le decía yo. Se llamaba Carolina, la pobre.

-¿Te estás acordando?.

-Sí, ya me acuerdo de todo.

-Rápido... ¿quién la mató?.

-Buenas tardes, señor Acerenza, es un honor que usted haya aceptado recibirme.

Me dejé caer al piso (si bien no había avanzado mucho desde que me había arrodillado para escribir en su pierna) totalmente frustrado. Me podría haber tocado algún testigo más fácil: una vieja con Alzheimer, un retardado mental, un psicótico de la Segunda Guerra Mundial que siguiera esperando el ataque de los japoneses, Helen Keller antes del tratamiento, un periodista deportivo compatriota que insistiera en que la FIFA reconoce a las Olimpiadas del 24 y del 28 como campeonatos mundiales, etc.

-¿Me lo hacés a propósito?.

-Traigo una carta del comisario Oxobí, que fue el que insistió en que usted podría ayudarme.

-Rápido, leé el papel que tenés escrito en la mano y decime qué recordás.

-¿Es alguna clase de test sicológico?.

-Sí, y si no me decís el nombre del asesino, vas a terminar internada en el Etchepare donde no se van a tomar la molestia de escribirte el nombre en las patas para violarte.

-¿Quién es Etchepare?.

-No sé, ni me interesa. Leé el papel, haceme el favor.

-Pero...

-No sos mi esposa. No discutás todo lo que te digo...

-Acá dice: “Yo soy... Carola... voy a atrapar”..., ¿qué significa todo esto?.

-¿Me vas a anunciar que ya te acordás quién es el “Leopardo” un segundo antes de que te dé de vuelta la chiripioca?.

-¿La qué?.

-Apurate que ya se te va la memoria...

-Yo me llamo...

-Acordate: tu amiga Carola o Carolina... el tipo que se la llevó...

-Buenas tardes, señor Acerenza, es un honor que usted haya aceptado recibirme.

Le pegué un muy sonoro chiflido a Murmullovsky que, como otras veces, acudió inmediatamente. Se ve que ya estuvo casada.

-Traigo una carta del comisario Oxobí, que fue el que insistió en que usted podría ayudarme.

-Echala a patadas. Prefiero al comisario, con eso ya te digo todo.

-Ndt, flc. Nsprq, prlvj sclntcntg.

-¿Qué dice?. No recuerdo saber otro idioma.

-Sacala de acá. Y si podés, sacá a mis hijos, también.

-Vnprc, qcnds clntsjdd. Dcqnpd nmvrs.

-¡Ya me acordé!. ¡Ya me acordé quién es el “Leopardo”!.

-Espero que no te acordés cuando te invite a salir. ¡Fuck yu!.

ºººººººººººººººººººººººººººº

-Al final, tanto que jodías y te pusiste a trabajar en el caso...

-No me rompas las bolas, Chirola. Ah, ya que andás por esos campos, ¿por qué no le preguntás a las víctimas quién es el asesino ese y terminamos el asunto de una buena vez?.

-¿Viste cómo tengo razón?.

-Dale, si estás al pedo todo el día.

-Sí, porque tu agenda está hasta la manija...

-Me la comí hace años. No es que me moleste que vengas acá, ¿pero no hay televisión allá en el Otro Mundo?.

-Estás viendo demasiados dibujitos animados. Nada que ver.

-¿Por qué?. Contame cómo es la vida después de la muerte –insistí- ¿hay angelitos en bolas y todo eso?.

-Si querés saberlo, mirá el cuadro de Blanes.

-¡Qué hijo de puta!. ¿Estás escuchando todo lo que se habla acá?.

-Por suerte, no todo.

-Pero contá, ladilla...

-Dejá, te perdés lo mejor. Cambiemos de tema o si no, me voy.

-¿Y de qué voy a hablar con un muerto?. ¿De básquetbol?. Con un argentino hablo de Maradona, con un árabe de religión y con un tano de tallarines...

-Cada día estás más burro...

-¿Por qué te interesa tanto el partido Ferencvaros contra Ujpesti?. ¿De qué cuadro sos hincha en Hungría?.

-Yo qué sé, boludo. Es lo único que hay para mirar.

-Nada que ver. Tenés en el cable: –dejame ver la revista- 16 canales de reality-shows donde muestran vagabundos, bichicomes y demás desdentados cagándose a palos; 38 canales de concursos con la apasionante incógnita de si un guacho que no sabe decir palabras con más de dos sílabas va a adivinar si Ghandi vivió antes o después de Cristo para ganarse una secadora de pelo; 62 canales de series de estudiantes yanquis que compiten para ver quién es más “popular” en la fiesta del Día de Acción de Gracias; 147 canales de seriales del reprimidísimo y/o particularmente imbécil humor yanqui y/o del reprimidísimo y/o particularmente imbécil humor porteño; 19 canales de noticieros de las estrellas donde la noticia de la semana es que la reputaza de una vedette trató de chango a la reputaza de una actriz de teleteatro; 55 canales de noticias donde nunca informan que...

-¡Mamá!. La Carpa Con Patas está hablando solo...

-¡Callate la boca, guacha trancahuevos!. Estoy hablando con mi amigo invisible, que por lo menos no es una brisca como vos que cuando se despierta no sabe quienes carajo son los tipos en bolas que están con ella.

-¡Mamá, mamá!. ¡Me está relajando el gordo peyón de tu marido!. ¡Mamá!. ¿Dónde mierda estás?.

Sonó el teléfono armando un distorsionadísimo barullo por los cuatro parlantes que emitían una melodía de moda hace años y que costó un Perú bajarla por la red. Me apuré a atenderla porque quienquiera que sea, siempre sería más amable que cualquier conversación rutinaria en el seno de la familia como la que estaba teniendo con Federica.

No me equivoqué, era otra amenaza de muerte.

-Dejate de meterte donde no te llaman o lo vas a lamentar el resto de tu vida...

-Mirá, botija. Tengo una hija puta y un hijo colorado. Nada puede asustarme a esta altura.

-Ellos pueden ser los próximos.

-¿En serio?. ¿Cuánto me cobrás?.

-¡Hijo de puta!. ¡Ni siquiera respetás a tus hijos!.

-Vos porque no los conocés... aparte, ¿vos que hablás?. Yo, por lo menos, no me dedico a estas pajerías de hacerme el machito amenazando por teléfono.

-No me hago el nada. Voy a ir ahí y te voy a bajar todos los dientes.

-Sí, a chupones, centolla. Todos los de Inteligencia se sientan en la vara.

-¿Quién te dijo que soy de Inteligencia?.

-El aparato éste captador, o como mierda se llame, boludo. Aunque por lo imbécil que sos, estarás ahí de colado.

Me cortó abruptamente. No hay caso, ya no hay respeto por la gente mayor.

Esta charla amistosa me había traído hambre. Necesitaba algo dulce y sabía que la yegua se había comprado -en secreto- uno de esos postres de frutilla que justifica holgadamente el asesinato impiadoso de todos esos cretinos que pretenden demonizar a la obesidad.

Sí, ya sé que tendría que bajar como treinta kilos para ser solamente obeso.

Pero puse entusiastamente manos a la obra. Cuando finalmente entré en el cuarto donde están los teléfonos del servicio al suicida, mi esposa estaba siendo poseída –discúlpenme la delicadeza- por su novio. Como habían elegido una posición en la que ambos quedaban mirando para allá, intenté robarme el plato con la torta, dado que –al igual que todos los otros integrantes de la familia- conocía perfectamente el lugar donde lo escondía, como ya saben, para poder comer sin sentir vergüenza tampoco de eso.

Pero sí terminó avergonzándose de lo que estaba haciendo porque –con mi ya legendaria torpeza que crecía en directa proporción a mis años y a mis quilos- me tropecé y tiré muy ruidosamente al piso varios aparatos de comunicación, discos, libros, un par de vasos, la cucharita para la torta y decenas de otros objetos, aunque no la susodicha torta, afortunadamente.

Luego de un par de gritos histéricos, pudieron separarse –por decirlo así- y trataron de taparse sus adúlteros –y ya no tan jóvenes- cuerpos.

-Ya me voy, ya me voy –dije mientras ingería la primera cucharada.

-¡Ivo!. ¿Qué estás haciendo?.

-Comiendo la torta que vos tenés prohibida en la dieta de la alcachofa esa que seguís.

-No es lo que usted cree –balbuceó el comentarista deportivo que amaba a la perra no sorprendentemente si consideramos lo exitosamente que ha conseguido mantener la firmeza de algunas de sus carnes a pesar de su edad, pero sí si hacemos la cuenta de los miles de palabras inútiles e hirientes por minuto que es capaz de expeler al pobre desgraciado con el que se haya agarrado confianza, mientras no podía evitar eyacular, afortunadamente sobre uno de los escasísimos rincones de la casa que están sin tener una alfombra o algo de eso en el piso.

-Espero que sí. Me encantan las tortas de frutilla y/o chocolate con miles de calorías que me eleven varios puntos la glicemia. Sería terrible si ésta fuera una torta de alguna de esas verduras inmundas que ella finge comer.

-¿No podés tener un poco de decencia y golpear la puerta antes de entrar?

-Si hubiera tenido un mínimo de decencia no me hubiera casado con la hija de un jerarca público de derecha. Además, no tenía ganas de esperar cinco minutos mientras se visten y se ponen a hacer como que están leyendo un libro. Más, si corro el riesgo que te comas vos la torta.

-Cométela de una buena vez y dejate de joderme, gordo de mierda...

-Lo mismo digo.

-¿No podríamos arreglar esto de otra manera?

-Ésa era la frase preferida de mi suegro, Lucifer lo tenga en la gloria. No hay nada que arreglar, m’hijo. Mientras usted la atienda, se olvida por un rato de romperme los huevos. Usted para mí es un amigo, después véngase a tomar un quegüis y a mirar fútbol, que probablemente lo va a pasar mejor.

-Eeehhh...

-¡No le contestés, estúpido!. Qué carajo, todos los hombres son iguales...

-Me voy –dije, comenzando la retirada feliz de haberla hecho enojar no sólo arruinándole un orgasmo- porque me vinieron ganas de comer algo salado. Vestite, que vas a rayar la alfombra con tus tetas.

Después de comer en un paquete de esas cosas llenas de grasa con levísimo gusto a queso a los que todos los meses le cambian el nombre, me dormí una siesta agotado por los muchísimos metros que había caminado, sabedor de que la que te dije iba a despedir al choma tratando de que no lo vieran nuestros hijos –que ya conocían hasta su número de cédula- para venir a recriminarme que no supiera guardar las apariencias. Mi primer contraataque, como siempre, sería que estoy orgulloso de ello.

Cuando llegó, todo se desarrolló como indica el reglamento. Ella comenzó a echarme en cara decenas de cosas que habían ocurrido hacía bastantes años y que no tenían nada que ver con el tema en cuestión, sin dejar de acusarme de ser frío, egoísta e indiferente a sus sentimientos. Yo negaba todos sus argumentos, teniendo la amabilidad que ella no merecía, de hacer esfuerzos sobrehumanos para no dormirme y advirtiendo que mis hijos estaban escuchando detrás de la puerta, indudablemente para tener más elementos con los cuales burlarse de mí en el futuro inmediato.

-Tenés que cambiar, tenés que recapacitar. No podés seguir por este mismo camino. No me importa si vos me echás toda la culpa a mí, porque sé que no hubiera llegado a esto si vos fueras diferente. ¿Qué pensás de la vida?. ¿Qué pensás seguir haciendo encerrado acá?. Hacé todas las estupideces que quieras y decí por ahí lo que quieras de mí, que yo tengo la conciencia tranquila y yo sé qué clase de esposa y de madre soy.

-A mí no me molesta que te encamés con otro tipo. Me parece lo más normal del mundo. Ninguna mujer decente de más de cuarenta años puede querer tener sexo sólo con su marido, o a pesar de su marido. Pero por lo menos, podrías haberte buscado un hombre de verdad y no un comentarista de fútbol. ¿Cómo podés excitarte con un tipo que se gana la vida tratando de demostrar que si Peñarol y Nacional ganan todos los campeonatos, no es porque los jueces y los dirigentes de la A.U.F. cagan a los cuadros chicos?.

-Cortala con eso. No me interesa el fútbol. Estoy hablando de nuestra vida, de nuestro matrimonio, que es lo que a mí me interesa.

-Sí, ya vi lo que te interesa y por dónde.

-¡Sos un mongólico!. ¿No podés hablar en serio?. ¿No podés comportarte en forma adulta?. ¿No te das cuenta que acá no existís como esposo ni como padre?.

-Ya me di cuenta hace décadas.

-Ivo, ¿por qué cambiaste tanto en estos años?. ¿Por qué no podés ser el mismo de antes?.

-Soy la misma mierda de siempre. Lo único que antes pesaba menos de cien quilos y no tenía guita. Y se me paraba.

Sonó en ese momento –y para mí tuvo el mismo dulce sentido que para muchos boxeadores noqueados y con el hígado y el cerebro inutilizados permanentemente (o sea, todos los boxeadores profesionales) tiene la campana de finalización del round- algún aparato extraño de esos que jamás sabré utilizar ni llamar por su nombre.

-Es tu celular –me informo por primera vez de la tenencia de una cosa de esas por parte de mi persona- con un mensaje de tu querida.

Al mostrarme la pantalla, sólo veo un absurdo e inconducente amasijo de consonantes.

-¿Cómo es que le entendés, si ni siquiera sabemos en qué idioma habla?.

-Jamás le entendí una palabra –contesté- al igual que todos. A veces adivino lo que quiere decir y en otras veces no tengo ni la más prostituta idea y le digo cualquier cosa. Por eso es que debe creerse que estamos casados ella y yo.

-¿Por qué con ella lo podés hacer y conmigo no?.

-Probá con hablarme en bosnio. El hablar el mismo idioma es lo que destruye todos los matrimonios –agregué, creyendo haber inventado la pólvora.

Aproveché que el pasillo está en bajada para huir lo más rápido que pude que, como bien saben ustedes, no es mucho. Murmullovsky quería decirme –creo- que otro idiota venía a perturbar la paz del hogar con alguna absurda teoría acerca del verdadero fin de los Templarios, del triángulo de las Bermudas o, lo que es peor, de la identidad del “Leopardo”.

-¿Usted sabe quienes eran realmente los asaltantes de la joyería de hace un par de meses? –comenzó, luego de intentar vanamente que lo saludara.

-Sí, tres muertos.

-Así fue. ¿Pero sabe en realidad quiénes eran?.

-Tres aprendices que esperaban llenarse de guita fácil. A uno lo mató un milico, a otro un francotirador pagado con nuestros impuestos y el último, se suicidó en prisión después de haber denunciado repetidas veces que lo habían amenazado por lo que sabía.

-Justamente, señor Acerenza, ¿pero qué era lo que sabía?.

-Obviamente, el nombre del jerarca del Gobierno que había cobrado para impedir que prosperara la investigación posterior. O directamente, que había organizado el golpe y hecho todos los contactos.

-En eso se equivoca. Lo que ellos sabían era la verdadera nacionalidad de Carlos Gardel.

-Murmullovsky, buscá en la guía el número para contratar a un asesino a sueldo.

-Por supuesto que no traje el verdadero documento conmigo, por elementales razones de seguridad, pero aquí le presento una fotocopia de la partida de nacimiento original del Inmortal Morocho del Abasto, que demuestra sin margen de dudas que nació en la pequeña localidad de Tacuarembis, Lituania.

-Eso es una gansada. Todo el mundo sabe que nació en Toulouse de padre indiscutiblemente desconocido y que la madre lo trajo para el Río de la Plata cuando era un bebé, mientras seguía a un marinero coreano -por decirlo sutilmente- y tuvo más culo que alma en su carrera como cantante y además, la inmensa –y dolorosa- fortuna de morirse relativamente joven, justo cuando empezaban a caérsele a pedazos las cuerdas vocales. Pero ya llevamos casi cien años de que le inventen todos los días padres, esposas, hijos, novios y terroristas que provocaron el accidente del avión en Medellín.

-Bueno, de su vida no tengo nada que decir. Pero hemos podido probar que esta partida es la verdadera, sin ningún lugar a dudas.

-Me importa tres carajos dónde nació Gardel, dónde nació Tortorelli y dónde nació mi madre. Eso sólo le puede importar a un viejo choto que esté todo el día al pedo en un asilo –agregué, después de advertir que esa descripción coincidía bastante bien conmigo.

-Sin embargo, hemos sido amenazados de muerte reiteradas veces y tenemos razones para creer que...

Se interrumpió porque –también para mi asombro- Murmullovsky le sacó no muy delicadamente el papelucho de las manos y comenzó a leerlo, sin contener las lágrimas.

-Ytmbnsy dTcrmbs.

-¿Qué dice?. No... no puedo entender.

-Una de dos –contesté- o es mellada como siempre creí, o ella también nació en ese pueblo raro y habla la lengua de ahí.

-Mmdr chngb jntcl mdrdst.

-Parece que sí, reconoce a la gente que está ahí.

-¿Tacuarembis? –preguntó el tipo.

-S. Tcrmbs.

-¿Eso quiere decir que la gorda es lituana y Gardel también?.

-En realidad, no... Tacuarembis pertenecía a Prusia a fines del siglo XIX. Después pasó a formar parte de Finlandia, de Polonia y de Suecia. Con la invasión de los nazis perteneció a Alemania y a Dinamarca después, hasta que terminó formando parte de la Unión Soviética. Desde el derrumbe de ésta, se integró a Lituania. Vio cómo son los europeos...

-Eso quiere decir que es de...

-Depende de en qué año nació. ¿Usted lo sabe?.

-Jamás me lo va a decir porque tengo sexo con ella. Entre nosotros... ¿no podría decir que la villa ésa forma parte de Croacia?. Hay mucha guita en juego, ¿sabe?. O sea, vamo y vamo, ¿me entiende?.

-Sinceramente, no. No sé de qué me habla.

-Está bien. No importa. En realidad, no sabemos de qué país era Gardel, aquella o probablemente, nadie. ¿Qué cuernos tiene que ver eso con el robo de la joyería?.

-Que no fue un robo.

-¿Éso también lo dice la partida de nacimiento?.

-Claro que no. Pero insisto, ¿usted sabe quiénes eran en realidad los supuestos ladrones?.

-¿Tres monjes dominicos que custodiaban los papiros donde estaban todos los secretos del Uruguay?. Ya que estamos, ¿dónde está el tesoro de las Massilotti?.

-No se burle, por favor, señor Acerenza. Ellos eran jóvenes estudiantes de la Licenciatura un poco demasiado entusiastas, que querían financiar nuestras investigaciones y emplearon métodos que nosotros no compartimos.

-Afanar.

-Sí, si usted quiere llamarlo así. Todos estábamos muy entusiasmados con nuestras desinteresadas investigaciones históricas, sin ningún tipo de ayuda o subsidio del gobierno pero no podemos aprobar un comportamiento ilegal.

-A diferencia de lo que hace el gobierno.

-Estábamos buscando, no sin dificultades, un patrocinador privado que nos permitiera seguir trabajando en este tema que le mostré y otros no menos importantes. Pero lo de estos tres muchachos nos ha complicado la vida, realmente.

-Sigo sin encontrar una relación mínimamente lógica entre los estudios de historia y la joyería. ¿Para qué meterse a robar en uno de los lugares con mejor seguridad de todo Montevideo?. No es el mejor lugar para debutar, precisamente.

-Hay otra historia detrás. Un poco sórdida.

-Siempre hay una historia sórdida detrás –aproveché para usar la frase más ingeniosa que acuñé en toda mi vida que no estuviera relacionada con el fútbol.

-Bueno, la chica que es menor de edad, era la novia de uno de ellos.

-¿La que tomaron de rehén?.

-Sí, Madelón Berro Irureta todavía no había festejado los quince años y estaba embarazada de nuestro joven compañero.

-¿Y?.

-El negocio es del padre de la mejor amiga de ella y pensaron que si robaban algunas joyas rápidamente y simulaban un secuestro, podrían tener más dinero no sólo para nosotros sino también para la pareja...

-Y podrían justificar ante la alta sociedad el embarazo.

-Exacto. Usted sabe que esos detalles son muy importantes en determinados círculos. El padre de la chica es muy influyente.

-Y tiene contactos en algún cargo decisivo en Jefatura, que fue la que ordenó matar a los tres...

-No exactamente. Hay rumores de que su gran amigo, el Ministro de Educación y Cultura, interviene sutilmente en todas las licitaciones de su cartera que son ganadas invariablemente por el padre de la novia de nuestro desgraciado ayudante.

-¿Él es que provee de joyas a las escuelas públicas?.

-Por favor, señor Acerenza. La joyería es sólo el negocio visible de la fortuna del poderoso señor Berro Irureta. Casi todos los suministros de Primaria son vendidos por ese hombre que tiene numerosas empresas a nombre de testaferros. Es muchísimo dinero por año.

-Sé más de lo que quisiera de esas cosas. O sea que el robo fue una parodia que salió mal...

-Lamentablemente, sí. No sabemos si en la joyería estaban informados o si los tres muchachos organizaron mal ese acto insensato, pero lo cierto es que en segundos estaban rodeados de una enorme cantidad de policías y ya no supieron qué hacer.

-Yo tampoco sé qué hacer ahora. Usted me decía que están amenazados de muerte. Sé que todos los tangueros son capaces de la más terrible violencia con tal de conseguir que sus hijos compartan sus repugnantes gustos musicales, aunque supongo que no será para tanto y que en realidad, a ustedes los persiguen por el “robo”.

-Sí. Digamos que así es.

-¿O están trabajando en algún documento histórico que sea aún más urticante que ese que dice que Gardel era noruego?.

-No dice eso la partida de nacimiento. Pero no, en general estudiamos hechos del siglo XIX.

-¿No están viendo nada de los manejos económicos de la dictadura militar y de las complicidades civiles?.

-No, señor Acerenza. No tenemos nada que ver con ese tipo de temas. Todavía falta la perspectiva histórica para poder considerar esas cosas con madurez.

-Sí, no lo dudo. Apenas han pasado cincuenta y pico de años.

-No es el propósito de mi visita discutir los objetivos que persigue nuestro grupo. Vine acá porque pensé que podía ayudarnos dada la situación de peligro en que nos hemos visto envueltos por la imprudencia de nuestros colaboradores.

-Y no es el propósito de la penosa última etapa de mi vida dedicarme a otra cosa que no sea suicidarme lentamente comiendo todo lo que no puedo y viendo televisión uruguaya.

-Tenemos razones para creer que hicieron atrapar a los muchachos para demonizar a nuestro grupo de estudio para que no siga con sus actividades. Piense que si pudiéramos enseñar con pruebas irrefutables y sin ninguna duda a la sociedad que Gardel no era uruguayo, dónde está Amodio Pérez y cómo fue en realidad la vida de Artigas, peligraría la industria editorial de este país.

-Sí, estoy angustiadísimo por el tema. Váyase inmediatamente, que tanta agitación me ha dado hambre.

-¿No nos va a ayudar?.

-Nadie en Carrasco ayuda a nadie. Murmullovsky, acompañá al señor que se va. Y si se resiste a borrarse, mostrale tus dos tetas así aprende a no molestarme.

-¡Empieza el partido! –vocifera tronituante mi hijo, exacerbado su temperamento por el monto del pozo de las apuestas.

Están jugando los últimos partidos de las Eliminatorias para el Mundial y se les acaban las posibilidades de adivinar la nacionalidad de nuestra ¿doméstica?. Mientras se desarrolla la ridícula escena de ejecutar los himnos nacionales y enarbolar las banderas patrias, todos la miran pero ella sigue sin emocionarse ni inmutarse en lo más mínimo.

En un canal transmiten el partido entre Eslovenia y Eslovaquia, lo que lleva a la confusión a jugadores, técnicos, árbitros, relatores y dirigentes de la F.I.F.A.; en otro, juegan dos repúblicas ex soviéticas que nadie sabía que se habían independizado y que nunca lo pidieron y en un tercero, el Imperio Astro-Húngaro contra las Antillas Polacas. Comienzan los partidos y como Murmullovsky permanece absolutamente desinteresada en el tema, todos se retiran desilusionados y dudando de la conveniencia de mantenerla con vida, dejándonos la posibilidad de mirar la tele solos.

Pero me equivocaba. En realidad, se escondieron torpemente para espiarnos a ambos. Probablemente, para poder apreciar la poco vista escena de trescientos quilos de lujuria intercontinental, o seguramente para escuchar si por casualidad ella me confesaba finalmente en voz alta de qué país vino y dar por finalizada la penca. Cosa que no haría, obviamente, porque yo ya lo sabía. O algo así.

-Si son insoportables las eliminatorias, peor va a ser el Mundial.

-¿Prq?.

-Porque ahí juega Uruguay. Bueno, ya conseguimos que la celeste jugara un Mundial. Creo que organizarlo es la única manera que nos queda de ahora en más de participar. Ahora, para ganar otro, vamos a tener que esperar a que se desate una nueva guerra mundial con bombas nucleares, campos de concentración y millones de muertos. ¿O te parece una coincidencia que hayan habido dos guerras mundiales y dos campeonatos del mundo ganados poco después por nosotros?.

-Ns, nmntrs.

-Y así poder pagar nuestra deuda externa vendiéndoles vacas a los europeos que estarán muertos de hambre y llenos de isótopos –continué con mi absurdo discurso, sabiendo que hace enfurecer a Adalberto- los tipos muriéndose a paladas por los tumores provocados por las radiaciones, no se preocuparán por el cáncer de colon que provoca la carne vacuna.

-Nm brrsms cntsdsprts. Sclftbl, prfvr.

-Bueno, vamos a ver qué hay de bueno en el cable. Fue un chiste –le aclaro pero bien sabemos que los escandinavos, balcánicos y eslavos no tienen el exquisito sentido del humor característico de la picardía criolla- éste es mi programa religioso preferido. Le ha dado un sentido diferente a mi existencia.

-¿Nsr?.

-Por supuesto. Es la repetición de la misa que da todas las noches en todos los canales de aire la secta “Dios te caga la vida”.

-Ncrq sllms rlmnt.

-Ver estas cosas de supuestos paralíticos que comienzan a caminar gracias a su Fe me excitan. ¿Vamos a ver si podemos hacer una posición nueva que vi en un canal de documentales de animales?. Esta alfombra se lo merece...

-Pltd...


2 comentarios:

Santi el de Los Divagues dijo...

scrbs cm n hj d pt dsfrt cm lc

Alvaro Fagalde dijo...

Grs, l ms q vn sl l fn.