13 de abril de 2010

Cine: Historia Ilustrada 6

EL HUMOR MUDO

La división en géneros del cine comercial tiene una razón muy práctica: la gran mayoría de la gente no es amante de todo el cine en general y necesita saber -antes de entrar a la sala- qué tipo de película le van a ofrecer. Suena bastante lógico que -además de aventuras y romances- una de las primeras cosas que se le ofrecieran al público fueran risas.

Estados Unidos no es el único país del mundo -por cierto- que tiene humoristas. La primera tradición cómica cinematográfica fue la francesa, que fue además la primera industria. Muchos de los recursos utilizados en la comedia de golpe y porrazo de Hollywood (llamada "slapstick") derivan de los cortos galos.

De ellos, el único -aparentemente- en componer un personaje determinado y usarlo para sus propósitos cómicos fue Max Linder (foto 1), posteriormente contratado por los americanos. Linder también fue el primero en trascender el rutinario esquema de las caídas y patadas en el trasero -las batallas de tartas de crema sí fue un invento estadounidense- para buscar la risa por otros caminos más elaborados. Muchos gags hoy gastados fueron inventados para sus películas. Por ejemplo, el del espejo roto que tiene que ser reemplazado por alguien que imite las acciones del otro. Por desgracia, combatió en la Primera Guerra de donde volvería irremediablemente enfermo sicológicamente y se suicidaría poco después junto a su jovencísima esposa. El propio Chaplin lo reconocería como a un maestro, algo más que llamativo considerando la escasa generosidad con el talento ajeno de éste.

Frente a la comedia sofisticada -que florecería cuando llegara el sonido- la comicidad más física tuvo su auge en este período por la lógica razón de que era mucho más visual. Al necesitar muchos menos intertítulos que el resto de los géneros, el cine cómico conquistó más fácilmente a los muchísimos inmigrantes con dificultades con el idioma inglés que había en aquel entonces en U.S.A. Algo similar pasaría con el comic, reconocida influencia en el slapstick.

También la comedia de Hollywood se nutrió de la amplia tradición de cómicos de music hall y burlesque norteamericana. La gran mayoría de las películas -cortometrajes- se limitaban a registrar la perfomance de esos humildes artistas que sabían lo que tenían que hacer para provocar carcajadas.

El canadiense Michael Sinnott comenzó a trabajar en películas apadrinado -como tantos otros- por Griffith con el seudónimo de Mack Sennett y alcanzaría progresivamente un lugar en la industria como director -y posteriormente, productor- de comedias. La recién fundada compañía Keystone lo contrató por un gran sueldo y le dio libertad total para organizar varias unidades de filmación que eran capaces de crear por lo menos dos o tres cortos semanales. En 1917 formó su propia compañía y fue el rey indiscutido -como productor- de la comedia norteamericana hasta el derrumbe de 1929. Con él trabajaron -entre muchos otros- los muy exitosos Mabel Normand, Harold Lloyd, Ben Turpin, Roscoe Arbuckle, Charley Chase, Harry Langdon, W. C. Fields y un tal Charles Chaplin.

Chaplin (foto 3) llegó a probar fortuna desde su Inglaterra natal, luego de una infancia -como todos saben- extremadamente difícil. Ya tenía bastante experiencia en escenarios humildes y hostiles. Sennett lo contrató en 1913 y comenzó a destacarse y a hacerse popular inmediatamente. En su tercer corto incorporó el personaje de Charlot -o Carlitos- un vagabundo vestido con pantalones y zapatos demasiado grandes, un saco rotoso demasiado estrecho y un pretencioso bastón. Las extraordinarias habilidades de mimo y su inagotable creatividad le permitieron tener rápidamente el control sobre los filmes que dirigía al conseguir contratos cada vez más ventajosos en diferentes compañías, aprovechando su enorme éxito de taquilla. A diferencia de sus colegas, se especializó en retratar los ambientes miserables que conocía tan bien y poco a poco, sus obras -aún cortometrajes- comenzaron a hacerse más largas, complejas y críticas. Sobre Chaplin se hablará más en otra entrega.

Si Linder era el aristócrata refinado y Chaplin el vagabundo ingenioso, Harold Lloyd (foto 4) -el único que compitió con el inglés en popularidad en su momento- era el típico joven americano optimista y voluntarioso. En su película más recordada "El hombre mosca" de 1923 realiza una serie de peligrosas -y graciosas- piruetas en lo alto de un rascacielos.

Joseph "Buster" Keaton (foto 5) ha sido objeto de una lenta pero sólida revalorización con el correr de los años. Acrobático desde su más tierna infancia, fue modelando un personaje de joven torpe pero no estúpido, en eterno conflicto con las máquinas, encontrando dificultosamente una solución a los problemas y, especialmente, manteniendo una seriedad inexpresiva que sería su sello de marca. Incluso el estudio le prohibió reir en público, aunque no es totalmente cierto que nunca lo haya hecho en ningún corto. Más cinematográficas que las de sus rivales, las películas que protagonizó -y muchas veces dirigió- han envejecido mejor, especialmente por no depender tanto del golpe y porrazo y por carecer de sensiblerías. En él pueden apreciarse una minuciosa planificación de la narración que va haciendo progresar sabiamente el ritmo sin perder nunca la comicidad. Nunca tuvo gran éxito ni popularidad pero tampoco fue el borracho arruinado que pintó Galeano en el tercer tomo de "Historias del fuego".

Los capocómicos de la época -con la probable excepción de Chaplin- trabajaban con un ejército de libretistas y gagmen que proporcionaban constantemente ideas al titular, quien -siendo director o no- mantenía un control y responsabilidad total sobre el producto final. La fórmula funcionó razonablemente bien tanto desde el punto de vista comercial como en la efectividad cómica. De a poco, los estudios comprendieron que era aun mejor negocio si realizaban largometrajes, de la misma manera que los estaban comenzando a hacer los géneros "serios", más prestigiosos. El pasaje a películas más largas implicó dos cambios significativos: por un lado bajar el ritmo casi demencial de realizar uno o dos cortos por semana para permitir una elaboración mucho más pausada y por el otro, al ser relatos más extendidos, obligaban a una narración más compleja, dejando de lado la costumbre de hacer una mera acumulación sin sentido de gags.

Una mención final a dos cómicos destacados, olvidados por diferentes razones. Roscoe "Fatty" Arbuckle fue un corpulento actor y director que, pese a eso, participaba de la moda de los protagonistas acrobáticos que realizaban sus piruetas sin ayuda de dobles de acción. Fue muy exitoso pero debido a un escándalo en 1921 -una actriz murió en una orgía en la que él participaba- pasó a ser mala palabra en Hollywood y aún hoy es difícil conseguir alguna de sus películas. De nada sirvió que fuera declarado inocente de todos los cargos.

El otro olvidado es Harry Langdon. Poseedor de una comicidad totalmente diferente a los demás, su personaje era un adulto aniñado, tonto e ingenuo pero no digno de lástima. Su humor era muchísimo más lento y reposado que el de sus colegas. Consiguió sus mayores éxitos dirigido por Frank Capra pero su carrera entró en el ocaso cuando despidió a éste y decidió dirigir sus propios filmes.




"Max y la inauguración de la estatua" corto de 1912 que nos muestra el estilo de humor de Max Linder.



Fragmento de "One week" (1920), corto con Buster Keaton. La comicidad del film gira alrededor de la incapacidad del protagonista en construir correctamente su casa.




"El profesor" fue una película que Chaplin dejó incompleta en 1919, abandonando su personaje de Carlitos. Los inconvenientes de tener un circo de pulgas en el lugar menos indicado.


Los ya veteranos Chaplin y Keaton reunidos por única vez en una escena de "Candilejas" (1952), dirigida por el primero.

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