12 de enero de 2012

A contracorriente: Sean Connery

Muchos lo olvidan pero los juicios de valor -los comentarios sobre la calidad de algo- son inevitablemente opinables. Nadie puede decir que un libro o una película es bueno o malo con la propiedad del que demuestra un teorema y a mí me puede gustar mucho algo que otro detesta y está todo bien. Nadie es ignorante o estúpido por opinar diferente. 
 
En mi caso, hay veces -más de las que yo quisiera- en que parece que quedo solo contra el mundo. En este terreno de lo opinable todos adoran a quien yo detesto o viceversa y nunca falta quien intente presionarme para que me deje de opinar distinto a los demás, esa aberración tan insoportable.

En materia de cine, podría detenerme en quienes no toleran una película que no sea hollywoodense, en que no haya la mayor cantidad de persecusiones automovilística o explosiones o cualquier otro tipo de intolerancias similares. Quiero referirme en esta serie de entradas a esos gustos puntuales en que parezco ser el único en todo el Universo conocido o por conocer que se atreve a desafiar lo establecido. Bueno, tampoco es para tanto.

No conozco a nadie que no crea que Sean Connery es (o fue dado que se ha retirado después de hacer la pedorra "La liga extraordinaria" en 2003) uno de los mejores actores del momento. Si bien no he visto el 100 % de las películas que ha filmado -nadie lo ha hecho con ningún actor, por otra parte- revisando la lista en IMDB, ando en un porcentaje bastante alto y puedo hablar con propiedad.

No me gustan los actores -o actrices- que siempre parecen estar haciendo invariablemente el mismo papel. Es un gusto personal, lo admito, pero tengo derecho a pensar así. Peor aún es cuando ese único papel que parece ser el límite de sus posibilidades escénicas es el rol del crack que se las sabe todas y es superior a los demás. Algo me dice que cuando una estrella sólo acepta esos trabajos es porque se la cree. John Wayne -otro que está en la lista- me parece un ejemplo clamoroso. El jubilado Sean, otro.

Admito, sin ningún problema, que este escocés tiene, sin duda, eso que se podría llamar algo así como "presencia cinematográfica". No me pidan la definición, pero hay muchos ejemplos de gente a la que un protagónico le queda muy grande y a Connery, nunca. Que el único papel que hace (de crack que se las sabe todas, etc. etc.) lo hace muy bien. Pero nunca jamás hace de otra cosa. El resto del elenco parece estar únicamente para ser unos giles que Sean aviva o unas presencias cuya única razón de ser es admirar -y si es mujer, algo más- al ex Mister Universo (ver segunda foto).

En "El día más largo del siglo" era un actor secundario y bastante desconocido y sorprende verlo en un papel -chiquito- de tonto hablador de más. Lo hace bastante mal, pero creo que con el tiempo podría haber aprendido a actuar un poquito mejor. Aclaro que no vi "Corazones apasionados" (1998), una comedia romántica donde hace de pareja de Gena Rowlands y quizás use un registro diferente, pero dudo que cambie mi opinión cuando por fin la vea. 

En resumen: me parece medio pilladito y bastante duro. Y estuvo bien su compatriota Ewan McGregor cuando le saltó: -"Qué venís a hablar de quién es un buen escocés y quien no, si hace mil años que no vivís acá?".
 

5 de enero de 2012

"Berenice" de Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe (1809-1849) es un nombre bastante conocido incluso para quienes no leen mucho, siendo uno de esos escritores que suelen -o solían- interesar a los liceales.

Maestro del cuento de horror -un género muy fecundo en el siglo XIX- del cual él fue el más original y creativo cultor, iniciador del relato detectivesco, la torturada vida de este escritor de brillante estilo e impecable prosa puede explicar su predilección por los climas tristes y morbosos, aunque la narrativa de Poe nunca se desbarranca hacia el mal gusto, manteniendo permanentemente un brillante equilibrio y un férreo control sobre las inquietudes que lanza sobre el lector.
De entre muchos excelente cuentos, selecciono éste, "Berenice", uno de los más sutiles pero de los más estremecedores, con su historia de un amor desdichado.Al final agrego cuatro párrafos que habrían sido quitados de la versión que conocemos, por las quejas de varios lectores horrorizados cuando este cuento fue publicado en un periódico en 1835.

BERENICE


Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas.
(Ebn Zaiat)

La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país torres más venerables que las de mi sombría y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles, en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar; una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la imposibilidad de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.
En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la madurez me encontrara viviendo aun en la mansión de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión completa en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo terrestre me afectaron como visiones, sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ¡Berenice! —Invoco su nombre—, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas. ¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces..., entonces todo es misterio y terror, y una historia que no se debe contar. La enfermedad —una enfermedad mortal— cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba? Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y fatal, que desencadenó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar como la más angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos, se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad —pues me han dicho que no debería darle otro nombre—, mi propia enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez, asumiendo un carácter monomaníaco de una especie nueva y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba y, por fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así tengo que llamarla, consistía en una morbosa irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y se concentraban en la contemplación de los objetos más comunes del universo.
Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o en su tipografía; estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente una palabra común hasta que el sonido, gracias a la continua repetición, dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo de análisis o explicación.
Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa atención, excitada así por objetos triviales en sí, no tiene que confundirse con la tendencia a la meditación, común en todos los hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas de una imaginación inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situación grave ni la exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que, al final de una ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque adquiría, mediante mi visión perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y al final de la ensoñación, la primera causa, lejos de perderse de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como ya he dicho, las de la atención; mientras que en el caso del soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por su carácter imaginativo e inconexo, las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano,De carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit: certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo.
Así se verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido pudiera parecer fuera de toda duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habría proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditación intensa y anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba lástima, y, profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había llegado a producirse una revolución tan repentina y extraña. Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al común de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en los cambios de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la constitución física de Berenice, en la extraña y espantosa deformación de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del bosque al mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella había flotado ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado mucho tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio.
Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde de invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante mí.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la incierta luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma, y, reclinándome en la silla, me quedé un rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se mostraba en una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro.
La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su rostro. Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos, hubiera muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero de los desordenados aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi memoria. Ahora los veía con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, visibles y palpables ante mí, largos, finos y excesivamente blancos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo instante en que habían empezado a crecer. Entonces llegó toda la furia de mimonomanía, y yo luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo pensaba en los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los vi desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié sus peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de su naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que toutes ses dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo pensamiento me destruyó! Des idées!¡Ah, por eso los codiciaba tan desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría devolver la paz, devolviéndome la razón.
Y la tarde cayó sobre mí; y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil, sentado, en aquella habitación solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, como si, con una claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su ocupante, y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había despertado de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea exacta, o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una página espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. Pero, ¿qué era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la habitación me contestaron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: «Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas». ¿Por qué, al leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las venas?
Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.


LOS CUATRO PÁRRAFOS CENSURADOS:

Tenía el corazón oprimido y lleno de pesar y, aunque reticente, me dirigí al dormitorio de la muerta. La cámara era amplia y oscura, y a cada paso en el interior de su sombrío recinto tropezaba con los ornatos funerarios. El ataúd, por lo que un criado me indicó, se encontraba rodeado por los cortinajes de la cama y, en ese ataúd, me susurró, se hallaba todo lo que quedaba de Berenice. ¿Quién fue el que me sugirió entonces que me acercase a mirar el cadáver? No había visto moverse los labios de nadie, sin embargo, la petición había sido formulada, y el eco de las sílabas todavía vibraba en el aire. Era imposible negarlo, y con una sensación de sofoco me arrastré junto a la cama. Suavemente retiré a un lado los sombríos cortinajes.
Al dejarlos caer, rodearon mis hombros, alejándome del mundo de los vivos y dejándome en estrecha comunión con el cadáver.
La atmósfera misma estaba impregnada de muerte. El olor peculiar del ataúd me puso enfermo; y me imaginé que el cuerpo ya exhalaba una emanación nefasta. Habría dado un mundo por escapar, por huir de la influencia perniciosa de la muerte, por respirar otra vez el aire puro de los cielos eternos. Pero carecía del poder de moverme, mis rodillas se tambaleaban, y permanecí petrificado allí mismo, mirando en toda su espantosa longitud el cuerpo rígido, atrapado en el negro sarcófago destapado.
¡Dios del cielo! ¿Es posible? ¿Es mi cerebro que flaquea, o era de verdad un dedo del cadáver amortajado retorciéndose bajo la venda encerada que lo envolvía? Helado de indecible pavor, levanté poco a poco los ojos, fijándolos en el semblante del cadáver. Una cinta le sujetaba las mandíbulas, pero, no sé cómo, se había desprendido. Los labios lívidos se retorcían en una especie de sonrisa y, a través de la agobiante penumbra, otra vez fulminó mi mirada, irresistiblemente, el brillo blanco y espantoso de los dientes de Berenice. Salté convulsivamente de la cama y, sin pronunciar palabra, hui como un maníaco de aquel reducto de horror, misterio y muerte.

30 de diciembre de 2011

Cine: Historia Ilustrada 26



EL DESCUBRIMIENTO DEL CINE JAPONÉS

Durante décadas, se consideraba al cine europeo occidental y norteamericano como "el" cine. A pocos se le podía ocurrir, allá por los 50, que una película que no fuera de Hollywood, inglesa, italiana o francesa, podía ser interesante. Las únicas excepciones podían ser alguna industria regional que, por su proximidad cultural, resultara interesante para públicos locales. El ejemplo en Uruguay fueron las producciones de los estudios mexicanos y argentinos, que por cierto no llegaban al llamado Primer Mundo.


En 1946 Venecia se había abierto a todas las nacionalidades que quisieran participar, luego de un período inicial sin mayor trascendencia, donde estaba limitado a los aliados del fascismo, siendo el primero de los grandes festivales que permitiría dar a conocer al mundo películas que normalmente no serían distribuídas fácilmente. "Rashomon", dirigida por Akira Kurosawa (foto 1) ganaría el premio principal (León de Oro) en 1951 para sorpresa de propios y extraños. El film no era -como podían creer muchos al saber el origen de la cinta- un mero pretexto para mostrar ambientes y personajes exóticos, sino más bien una historia cautivante y profunda, excelentemente narrada, que no tenía nada que envidiar a los mejores títulos occidentales. Una historia de saqueo, seducción y muerte era contada por un testigo ocasional y sus tres protagonistas (incluyendo al muerto) sin que pudiera saberse cuál era la verdad. Su solidez y su originalidad obligó a tener en cuenta, ya para siempre, al "exótico" cine japonés y consagró al director y a su protagonista Toshiro Mifune.

Centrada la atención en él, el imperio derrotado recientemente en la Segunda Guerra Mundial, ocupado por los norteamericanos y reducido su Emperador a una mera figura decorativa, despojada de su pretensión de divinidad, varios directores vieron abiertas las puertas para trabajar más libremente que bajo la férrea censura militar de su país. La ocupación se limitó a objetar las manifestaciones más militaristas o nacionalistas, permitiendo incluso varios filmes de reinvindicación sindical o de directa inspiración izquierdista.

Muy poco después de "Rashomon", Kurosawa terminaría otra obra maestra: "Vivir" en 1952, ambientada en la sociedad contemporánea, sobre un simple empleado burócrata que replanteará su vida, luego de un incidente menor, hasta intentar darle otro sentido.

Acusado por autoridades varias de ser"demasiado occidental", terminó siendo la puerta de entrada ideal para que el mundo comenzara a descubrir al cine de su país. En 1954 realizó una de las mejores películas de aventuras de toda la historia del cine: "Los siete samurai", el relato de una aldea de campesinos que contratan a los guerreros del título para que los defiendan de los periódicos ataques de unos bandidos. Impecablemente narrada, perfectamente equilibrada, fue una maravilla que impuso definitivamente durante unos 15 años la moda de los films de guerreros japoneses. A partir de la existencia del VHS y del DVD, pudimos conocer la versión original de casi 4 horas, que mejora con respecto al montaje conocido internacionalmente hasta ese momento, con 80 minutos menos. 

Kurosawa seguiría filmando hasta 1992, alternando las películas de acción (en las que era un maestro difícil de igualar) con otras temáticas humanistas, adaptando escritores extranjeros (como Gorki o Dostoievski), siendo más popular en el extranjero que en su país. 


Fragmento de "Rashomon" (1951)de Akira Kurosawa


Fragmento de "Vivir" (1952) de Akira Kurosawa

Fragmento de "Los siete samurai" (1954) de Akira Kurosawa

Ni Kurosawa ni el propio cine japonés era nuevo. Pocos años después de haber sido inventado, el nuevo arte desembarcó en el archipiélago y pronto creó sus reglas particulares. El cine sonoro recién fue aceptado en 1935, siendo hasta ese momento las películas mudas interpretadas frente al auditorio por los llamados benshis, quienes hablaban todos los parlamentos (a veces inventándolos) y agregaban músicas y sonidos ambientales por su propia cuenta. Como en otras partes, un gran porcentaje de esa producción se perdió y no consta en las historias pero ya en ese entonces había directores de prestigio y una sostenida fidelidad de los espectadores al cine nacional.

Uno de los nombres más importantes de la época fue Kenji Mizoguchi, quien siguió teniendo un lugar fundamental en la industria hasta su muerte en 1958 de cáncer. En 1952 ganaría su primer León de Plata en Venecia con "La vida de O'Haru, mujer galante", obteniendo el mismo premio dos años consecutivos más con "Ugetsu" y "El intendente Sansho" (foto 2). Mizoguchi era mucho menos afecto a la acción y a la épica que Kurosawa, centrándose en un cine "feminista", ya sea en dramas contemporáneos como en películas a cielo abierto, donde lo que importaba era la denuncia de las injusticias de género. "Ugetsu" fue su obra más distribuída -de hecho, la única estrenada comercialmente en Uruguay- donde además de su historia del embrujo padecido por un campesino a manos del fantasma de una hermosa mujer -la misma Machiko Kyo de "Rashomon"- también era importante el desamparo en que quedaban las esposas de sus indolentes protagonistas.

Con los años, se fue conociendo lentamente -y apreciando por públicos entendidos- la riqueza de la obra de Mizoguchi. En sus mejores películas -varias de ellas muy anteriores a las de su descubrimiento- se puede apreciar su maestría en el uso del plano secuencia y en la utilización del blanco y negro. Cineasta un poco irregular, es autor de varias culminaciones del cine japonés, incluyendo la formidable "Los amantes crucificados", de 1954. Su obra de los años 30 y 40 está todavía por estudiarse profundamente.

Mikio Naruse es aún menos conocido que Kurosawa, Mizoguchi y Ozu, pero su importancia dentro de la historia de su país no es menor. Exquisito narrador de historias sentimentales, es notable la habilidad que tiene para realizar lo que se ha llamado el "montaje invisible", que hace parecer que sus películas "fluyen" naturalmente, sin una mano que las cree artificialmente. Algunas de sus películas más celebradas son: "Crisantemos tardíos"; "La voz de la montaña" (foto 3) (ambas de 1954); "Nubes flotantes" (1955) y "Cuando una mujer sube la escalera" (1960). 

Fragmento de "Ugetsu" (1951) de Kenji Mizoguchi


Fragmento de "Los amantes crucificados" (1954) de Kenji Mizoguchi

Yasujiro Ozu (1903-1963) es el tercero de los principales maestros del cine japonés y el último en ser conocido por Occidente. Considerado "demasiado" japonés, sus películas nunca se presentaron en festivales o muestras hasta 1961, por creerse que eran muy localistas y no serían comprendidas por los extranjeros, Sin embargo, fueron pronto aclamadas por los críticos, especialmente "Historia de Tokyo" (1953), que en épocas más recientes se ha distribuido abundantemente por cinematecas y video clubes especializados, considerándose una de las mayores obras maestras del cine mundial y la culminación del género de cine familiar. Cuenta, con una imperturbable sobriedad pero con inflexible severidad la desintegración de una familia tipo japonesa, donde los ancianos padres no encuentran lugar en la fría rutina del hogar de su hijo casado.

Dueño de un estilo muy particular, donde la cámara se instala inmóvil, generalmente a una altura bastante infrecuente de pocos centímetros sobre el suelo, similar a la de un potencial espectador sentado sobre un almohadón (foto 4, tomada de "Primavera tardía"). Ozu no temía quebrar las leyes de 180º, que -teoricamente- prohiben saltar el eje imaginario que divide un escenario y en numerosos diálogos sus personajes aparecen alternativamente a izquierda o derecha de la pantalla, sin que ésto perturbe la comprensión. Sin duda, viendo varias veces sus filmes se puede apreciar que tanto el montaje como las ubicaciones en el plano eran fruto de una laboriosa composición, pero -al igual que Naruse- ésto no se visualiza fácilmente, porque sus películas "fluyen" con enorme naturalidad. Allí donde Mizoguchi dominaba el desplazamiento de la cámara, en largos planos secuencia, Ozu narra mediante una sucesión de tomas estáticas cortas, a veces montadas con numerosas interrupciones pero que nunca abandonan su aparente serenidad, unida a un particular sentido del humor.

Además de "Historias..." son muy apreciadas la temprana culminación muda "He nacido, pero..." (1932), "Juncos flotantes" (1934), "Las hermanas Munakata" (1950), "El gusto del arroz en el té verde" (1952), "Buenos días" (1958) (foto 5) y "Fin de verano" (1961). Como suele pasar, las obras de antes de la guerra se han perdido o son de difícil circulación y poco conocidas.

Hay otros nombres clásicos a descubrir, como Heinosuke Gosho, Daisuke Ito (frecuentemente censurado por motivos políticos) y el olvidado Hiroshi Inagaki, que tuvo sin embargo un importante suceso internacional con una trilogía sobre samurais, que está siendo revisada en estos tiempos. 

Coincidiendo con el descubrimiento occidental de la grandeza del cine japonés, la década de los 50 fue seguramente la culminación de esa cinematografía, cuando se produjeron la mayor parte de las obras maestras niponas, coincidiendo con varios de los directores clásicos en su plenitud, demostrando que podían brindar al espectador muchísimo más que un escenario exótico y un folclore particular.

Fragmento de "Historia de Tokyo" (1954) de Yasujiro Ozu

20 de diciembre de 2011

Julio Castro versus Pascasio Baez

El título es inadecuado, sin duda, pero no es mi opinión sino la de muchos con los quiero discrepar.

Julio Castro -ahora- es muy conocido aunque su historia (y sobre todo, su trágico final que sólo ahora se conoce bastante) fue silenciada por los grandes medios de comunicación durante décadas. Maestro de escuela, destacado especialista en temas de educación, periodista en "Marcha" y fundador del Frente Amplio, era uno de los desaparecidos de la dictadura uruguaya hasta que recientemente se identificaron como suyos unos restos encontrados en el batallón 14. Torturado -a pesar de su delicado estado de salud en el momento de su secuestro ilegal por los militares- murió ejecutado de un balazo.
Pascasio Baez era un peón rural que encontró por casualidad uno de los más importantes escondites ("tatuceras") tupamaros en 1971 y fue ejecutado por ellos con una inyección, después de haber sido retenido (secuestrado) aparentemente durante unos cuantos días.

Castro no es el único desaparecido ni la única muerte de un compatriota causada por las fuerzas represivas del Estado: hubo secuestrados (como el mismo Julio), asesinados en la calle y muertos de varias formas en las cárceles de la dictadura. Tampoco Baez fue el único asesinado por la guerrilla. Fueron decenas. Pero ninguno de los que mataron los tupamaros -según toda la información que hay, incluyendo medios virtuales que manejan archivos que niegan a la Justicia, como Envozalta- fueron picaneados, violados ni golpeados durantes horas, por nombrar algo. No justifica esas muertes, pero es una diferencia más que importante.

Lo que me preocupa del Uruguay 2011 es que no haya nadie -prácticamente nadie- que lamente AMBAS muertes. Es discutible si alguien merece morir, pero claramente no fue así en el caso de Castro ni de Baez, por seguir con los ejemplos elegidos. Sin embargo, para muchísima gente en nuestro país sólo existe uno de estos crímenes y el otro no. Hay muertes terribles y hay otras que no.

Que los directamente implicados, utilizando medios tan poco honestos como la mencionada Envozalta o Militaria, insistan con mencionar a los muertos del MLN (amén de muchísimas otras acusaciones bastante más discutibles) omitiendo escandalosamente los asesinatos de gente como Julio Castro, no debe de extrañar a nadie. Pero sí, que ésa sea también la política de colorados y blancos, prácticamente sin excepción. Ante el
descubrimiento del cadáver de Castro, hubo un silencio ominoso de los partidos tradicionales ante un crimen tan detestable. No podían decir que el muerto era un guerrillero ni nada que se le parezca. El silencio se parece demasiado a un silencio cómplice.

Pascasio Baez, al menos, fue homejeado con una calle con votos de todos los ediles del FA. No sirve para mucho, pero los tupamaros reconocieron públicamente que no debieron asesinarlo. 

En este editorial del diario "El país" sobre Baez se dice textualmente: "Es difícil concebir una monstruosidad similar". La dictadura -y antes de ella, la policía y las F.F.A.A.- superaron esa dificultad y concibieron muchas, pero los editorialistas del diario no se dan por enterados.  
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Editorial de "El país" (18/06/04)

Flaco favor le hacen a la democracia blancos y colorados con su política prácticamente similar a la que pueda tener un Gavazzo o un "Pajarito" Silveira. Me parece perfecto que se opongan al gobierno frenteamplista y procuren derrotarlo en las urnas. Pero me parece que para hacerlo no necesitan aliarse intelectualmente a la dictadura pasada ni ganan votos con sus ridículas apelaciones a supuestas actitudes antidemocráticas de la izquierda ni con su apuesta a la impunidad total contra las violaciones a los D.D.H.H. 

15 de diciembre de 2011

Para mí, una grapita...

Antes que nada aclaro que, para mí, "Whisky" es sin dudas, la mejor película uruguaya de la historia. Está bien que esa historia no es muy abundante en títulos pero creo que es el filme más valioso que se realizó en el paisito. El problema es otro.

No he visto el 100 % del cine uruguayo pero he visto la mayoría. La película de Rebella y Stoll es inteligente, sutil, madura. Sabe lo que quiere decir y lo dice bien. Ha ganado un montón de premios y menciones y ha sido nuestra carta de presentación para que se realicen muestras del cine compatriota en el mundo.

Lo malo que yo encuentro es que algunos quieran creer que todas -o casi- nuestras películas tengan que ser en el estilo de "Whisky". La mayoría de las películas uruguayas nos muestran personajes con problemas patológicos de comunicación con todos sus semejantes, algo que parece muy poco natural. Acepto que somos un pueblo gris, poco comunicativo, introvertido y más bien melancólico. Pero en nuestro cine solemos ver permanentemente a gente que roza el autismo. Más allá de si esa característica se acerca a nuestra idiosincracia o está exagerada, cansa bastante verlo en tantos títulos.

Una cinematografía que podría compararse con la nuestra es la rumana. De moda en el circuito de festivales desde hace unos años, las películas que se han podido ver aquí no son hechas con más dinero que las nuestras, pero sí con mucha más imaginación y variedad. Son mucho más jugadas que las nuestras y dudo mucho que allí tengan grandes facilidades de producción, que sean inalcanzables para nosotros.

Nadie pretende que en nuestro país realicemos una "Avatar" ni nada que se le parezca. Hay en el mundo un público atento a las buenas películas, aunque procedan de países "exóticos" como Uruguay, Rumania o Taiwan. Y lo que está pidiendo son filmes diferentes a la rutina mercantil que domina la distribución en todo el planeta, sin excepción. No exige grandes efectos por computadora ni estrellas publicitadas, sino simplemente CINE. Imaginación, inteligencia, audacia, sarcasmo, fantasía y una mirada honesta (ni publicitaria o patriotera pero tampoco miserabilista) sobre la tierra propia.

No necesitamos muchos dólares. Ni publicidad ni importar nombres de otros países. Ni siquiera realizar esas coproducciones híbridas con elencos multinacionales. Nuestro cine necesita imaginación y desenfado.

Y libretistas. Muchos directores y/o productores escriben sus propias películas, probablemente desconfiados de que alguien les pueda hacer un libreto competente sin traicionar sus ideas. Probablemente nunca en su vida vieron un libretista profesional. Tampoco el cine uruguayo estimula su formación. Y eso se nota.

10 de diciembre de 2011

Historia Ilustrada del Jazz 26

MILES DAVIS: EL MÁS VANGUARDISTA

La importancia de Miles Dewey Davis en la historia del jazz amerita que se le dedique más de una entrada en esta serie. Más allá de su trabajo específico como instrumentista -fue brillante pero difícilmente se lo podría catalogar como el mejor trompetista de todos los tiempos- trasciende a otros genios por su influencia repetida en distintos momentos de la evolución de la música improvisada, pateando más de una vez el tablero e imaginando caminos que otros no veían.  
 
El free jazz -como la revolución anterior, el be bop- había agotado sus propuestas rápidamente, teniendo bastante menos repercusión aún. Mientras el jazz parecía encaminarse a ser una música difícil y poco aceptada, propia de unos escasos aficionados muy entendidos, por otra parte surgía un fenómeno comercial sin antecedentes en la música comercial: el rock and roll no sólo -al contrario de famosas predicciones- mantenía su enorme popularidad, sino que evolucionaba hacia vertientes más maduras y más ambiciosas, sin que el éxito los abandonara. Definitivamente, había dejado de ser la moda de baile que escandalizaba a los mayores para tornarse un género -cada vez más amplio y abarcativo- que al mismo tiempo superaba largamente en ventas de discos y de tickets de conciertos al jazz. 


Miles Davis seguía haciendo excelentes discos -su combo con el bajista Ron Carter, el baterista Tony Williams y el pianista Herbie Hancock pasa por ser uno de los mejores de su carrera- pero ya apuntaba en otra dirección, probablemente no sólo por razones musicales sino también de necesidad narcisística de recuperar la fama que no se podía conseguir por las vías habituales del jazz.

En 1968 contrata a un segundo tecladista -Chick Corea, aún poco conocido- y aún a un tercero -el austríaco Joe Zawinul, famoso por su colaboración con el período más funky y comercial de "Cannonball" Adderley el ex saxofonista de Miles- quienes tocarían pianos eléctricos siguiendo las experimentaciones poco conocidas de Paul Bley en el free jazz. Reemplaza a Carter por Dave Holland y -más herético aún- incorpora una guitarra eléctrica con el inglés John McLaughin. El resultado se llamó "In a silent way", contaba con otro joven que haría carrera y que certificaría el excelente ojo de Davis para elegir talentos desconocidos, como el saxo Wayne Shorter. Compuesto de sólo dos temas, puede considerarse el primer album de lo que posteriormente se llamaría "fusión".  






Sin embargo, la consagración del nuevo estilo vendría con "Bitches brew", que ya se desprendería totalmente de los vestigios de cool que aún tenía el toque de Miles, quien además electrificaría su trompeta. Incorporados, con sobriedad, ritmos y acordes de rock y decidido totalmente a realizar una nueva música prescindiendo de lo ya hecho -incluyendo al free, con el que nunca comulgó demasiado- el líder se dedicó a escuchar las ideas frescas de sus veinteañeros colaboradores y les dio rienda suelta para crear.

En realidad, el mismo Miles no inventó nada. Otros músicos -jóvenes y de poco nombre- ya habían realizado grabaciones -después caratuladas como "acid jazz"- donde experimentaban con elementos rockeros, en un intento de acercarse a la música de moda. De ellos, el único destacado fue el vibrafonista Gary Burton. Pero fue el líder cuarentón y consagrado quien le daría la proyección necesaria al estilo, haciendo lo que Davis mejor sabía hacer: sintonizar con lo que se viene y organizar bandas de músicos con cabezas frescas para experimentar. La gran mayoría de los integrantes del conjunto de Miles serían líderes destacados en el futuro, dominando la escena en los 70 con conjuntos como "Return forever" de Chick Corea, en sus varias versiones; "Mahavishnu Orchestra" de McLaughin y "Wheather Report" con Zawinul y Shorter.

Ellos más los grupos de Hancock y Williams, y en menor medida, Holland, marcarían el rumbo, incorporando sonidos de otras culturas (gitana, india, brasilera, flamenca, africana, caribeña, etc.) que si bien ya habían influído en el jazz, desde los tiempos de Dizzy Gillespie, fue en este período cuando se integraron plena y naturalmente.

Miles siguió un camino bastante menos exigente después de "Bitches brew", que representó no sólo un resultado comercial muy inferior al de este disco, sino también una andanada de críticas como nunca antes había recibido. A partir de los 70, no realizó ningún trabajo que representara un hit, ni lo reconciliara con la crítica y con sus -antes- incondicionales seguidores. A la repetición de fórmulas cada vez más gastadas y al acompañamiento de músicos que se limitaban a seguirlo meramente en sus solos que parecían una caricatura del estilo milesiano. Si bien consiguió algún suceso de ventas en los 80 -"Tutu", "Amandla"- Davis parecía una sombra de sí mismo, que se vio obligado a abandonar su carrera por problemas de artrosis de cadera y atrofias musculares en sus brazos, falleciendo en 1991.

Dueño de un carácter insólitamente hosco -jamás sonrió en un recital ni habló con el público- reservado, calificado tanto arrogante como exageradamente tímido, Miles Davis fue uno de los más inteligentes líderes musicales, dueño de un estilo único y de una intuición inigualable para desarrollar su carrera, desechando siempre la facilidad y lo establecido, con la excepción del final de su extraordinaria trayectoria.